Mi casa

Mi casa
© Héctor Garrido

lunes, 12 de enero de 2015

GLOBALIZACIÓN

¿Perderá Cuba su identidad nacional en los próximos años? La pregunta parece tonta o ingénua pero me la han formulado periodistas de cinco o seis países en los últimos días, a partir de los acuerdos Obama-Raúl para restablecer relaciones diplomáticas. Normalmente no hago comentarios sobre política en los medios. Por una razón básica: lo decisivo en política es lo que se mantiene oculto tras el escenario. Lo que nunca conoceremos los mortales simples y comunes que andamos a pie por la calle. Así que prefiero mantenerme alejado de esa vorágine caótica e impredecible y concentrar mis neuronas en la literatura.  No obstante, hay temas que van mucho más allá de la circunstancial política nuestra de cada día y entran en el terreno de la filosofía de la política. Por ejemplo, la globalización. El soplo de un dólar que aletee en Wall Street puede remover 200 toneladas de lingotes de oro en Luxemburgo.Ya eso es filosofía pura. ¿O no?
Hace unos días un enviado de la CNN me hizo una larga entrevista. Por cierto, un poco extravagante. El camarógrafo me pidió grabarla al atardecer en el techo de mi casa en Centro Habana, desde donde se domina toda la ciudad (se ve algo en la foto que he puesto en la cabeza de este blog). Y una vez más surgió la pregunta provocativa y supuestamente espinosa: ¿Entrarán aquí los MacDonalds, KFK, Starsbuck, Walt Disney y etc. y se perderá esta gracia natural de los cubanos, que son tan alegres?
Me sonreí. Sí, los cubanos seguimos funcionando como un pulmón de oxígeno, felizmente. Mi respuesta no fue ingeniosa, sino objetiva y realista: Vivimos en un mundo globalizado. No podemos hacer como el avestruz y esconder la cabeza en un hoyo en el suelo, pensando que ya estamos a salvo. Las finanzas mundiales están globalizadas. De ahí depende todo lo demás. Sabemos sobradamente que los grandes inversores del mundo pueden poner o retirar dinero en cualquier país en pocos minutos. Pero sucede algo, los financieros se ponen nerviosos y retiran miles de millones en minutos y el país en cuestión cae en quiebra. Todo en segundos. Es increíble pero cierto. Somos frágiles y vulnerables como nunca antes. Cuesta trabajo encontrar dinero y lograr que se invierta en algo concreto y útil, pero después se puede evaporar en minutos y dejarnos peor que antes. Eso es, a mi modo de ver, lo peor del tema globalización.
Los que de verdad tienen el dinero ejercen una dictadura brutal y sanguinaria. Léase FMI y los grandes superbancos. Los gobiernos cada vez tienen menos espacio de soberanía nacional. Y después está el aspecto digamos cultural o sociológico: las grandes transnacionales entran a saco. Enormes tiendas de alimentos,de muebles, ropa, zapatos, medicina, electrónica. Todo en grandes superficies. Atraen a las masas y hunden a los medianos y pequeños comerciantes del país. Es una realidad objetiva. Hay millones que pasan a comprar libros y discos en FNAC, a comer hamburguesas y horribles batidos engordadores en MacDonalds, café americano en Starsbuck, muebles en IKEA, y se meten de lleno en la industria estandarizada del entretenimiento americano: música, películas, seriales, y hasta porno y noticias standard. Todo esto en detrimento de nunca llegar a una cultura verdadera y anti-standard. Así que creo que el asunto es grave y urgente, y estamos obligados a hablar sin dorar la píldora.
Pero toda causa genera un efecto. Al mismo tiempo que este proceso de seducción subliminal se produce por estas gigantescas y engatusadoras compañías, también hay millones que reaccionamos con criterio propio. Son personas con capacidad de análisis que individualmente dicen NO a la comida rápida e industrial que nos satura de colesterol y nos pone obesos como cerdos. Dicen NO en todo lo posible a las grandes superficies. Pero dicen NO hasta cierto punto. Porque quieras o no vives en este mundo globalizado. Casi estoy tentado a escribir: vives atrapado en este mundo, no puedes escapar a otro planeta porque no vivimos en un comic de Flash Gordon.
Por supuesto, este tema  no se puede agotar en el breve espacio de estas líneas, globalizadas y blogueras que, dentro de un minuto, cuando yo apriete un botón, leerán en Alaska y en Tierra del Fuego al mismo tiempo. Pero quiero recordar que en todo esto no hay inocencia alguna. Ni casualidad. El Club Bilderberg existe, se reúne y funciona con máxima eficiencia. No es un cuento. Así que los que nos oponemos a esa maquinaria de control desmesurado tenemos que al menos hablar en voz alta y hacer que muchos se enteren de la manipulación a la que estamos sometidos. Sin información no podemos reaccionar.
Y finalmente quiero bocetar una idea más filosófica y que me parece esencial dejar aquí. Me refiero al espíritu de la época. Que ante todo es un espíritu mercantil. Ese espíritu marca a cada individuo -yo incluido, por supuesto- que se cree libre cuando en realidad está atrapado por las ideas obsesivas de competir y consumir. Por tanto somos hiperactivos y neuróticos. Todo nos parece poco. Todos queremos más. Y más. Esa es la trampa esencial de nuestros tiempos. Somos ansiosos, desesperados, y vivimos pensando que se nos agota el tiempo. Cada día. No me alcanza el tiempo. Es un drama terrible que tenemos encima y nos come por dentro. Lo siento pero no encuentro un final optimista para esta nota. Disculpen. No hay happy end.

miércoles, 7 de enero de 2015

EL VICIO DE ESCRIBIR

Creo que escribir se convierte poco a poco en un vicio incontrolable. Tanto como fumar o beber ron. Escribir ayuda a ordenar las ideas. Yo siempre he llevado diarios. Eso me ayuda mucho. Escribo las rutinas intrascendentes del día a día. Lo que sucede alrededor y dentro de mí. También tengo este blog y además escribo poesía. Son mis tres variables mínimas de la escritura: diario, blog y poesía. Campos de experimentación donde uno escribe sin pensar mucho. La escritura  fluye y escribo automáticamente.  La variable media, para mí, es el cuento. Y la variable máxima es la novela.
Es muy difícil escribir una novela. Un poema sale a tropezones de alguna lectura, de una imagen, de un pensamiento, de algo que escucho por ahí. No sé. Hay muchos estímulos. Escribo un poco, a mano, y lo dejo, sin darle importancia. Un día o una semana después escribo más, lo redondeo. Y generalmente en pocos días o -con suerte- en pocas horas tengo un poema extraño, raro, misterioso, inexplicable, y me pregunto de dónde coño ha salido. ¿Todo eso estaba en mi cabeza? No lo creo. Yo no estoy tan loco. Pero, en fin, ya está escrito. Lo paso a máquina, lo cual es importante para mejorarlo más, y lo guardo en una carpeta. Después sólo hay que releerlo cada unos cuantos días para corregirlo una y otra vez y borrar los ripios e hilachas, que siempre cuelgan. 
Nunca se escribe un libro de poemas, por supuesto. La poesía no soporta tanto método. Si intento ponerle orden se encabrita y me tumba del caballo. Hay que dejarla medio silvestre, fuera del corral. Es decir, controlar agota la fuente misteriosa. Es mejor ignorar dónde está  esa fuente y seguir tirando un cubo con una cuerda en la oscuridad del pozo. Si se hace relajadamente, el cubo siempre saldrá con agua limpia, libre de fango. No hay que pretender jamás ordenar cartesianamente los poemas porque todo se jode. A mí me da mala suerte hasta contar los poemas que hay en la carpeta, o tratar de ordenarlos, o buscar un título pensando en un libro. Y ni pensar en leerle un poema en voz alta a otra persona. No. Secreto total. No. Nada de eso. Todo ad libitum. Que los poemas se sientan libres, independientes, nada de coacciones o intentos de controlar la situación. Libertad total. Los poemas son muy vulnerables. Frágiles como nadie se imagina.
En cambio, los cuentos soportan, requieren, y hasta exigen, un poquito de más control. Comienzan igual que los poemas: de una situación, de un recuerdo, de una historia real que alguien me ha contado. Tomo unos apuntes, sé por dónde empezar y cómo seguir, intuyo un final, o no. Generalmente no sé el final. Y me lanzo. Pero el cuento es breve y no me hace sufrir. Sigo el caminito que los personajes me indican. En la poesía no hay personajes. A veces sí, pero muy sutiles y deslavados, casi siempre son como fantasmas Juanrulfianos que flotan en el poema. Pero en el cuento mis personajes sí son de carne y hueso, duros. Son los que hacen todo el trabajo. Yo sólo los sigo obedientemente, para enterarme de todo. Es fácil. Faulkner aseguraba que cuando escribía una novela, los personajes cobraban vida después de la página 200. Entonces se deslizaban solos y él se convertía en simple testigo de lo que pasaba ante sus ojos. Es decir, que era capaz de escribir 200 páginas empujando a sus personajes y obligándolos a moverse. Pues no entiendo y tampoco me lo creo.  Tengo que esperar semanas, meses, años, hasta que los personajes ya tienen vida. Y cuando empiezo a escribir todo el mundo hace rato que está viviendo ahí en ese lugar. Yo abro una puerta y ahí está todo funcionando y latiendo. El problema es encontrar esa puerta.
Mi última novela, Fabián y el caos, ahora en proceso editorial, comenzó a asomar las orejas en 1991 y no me atreví a comenzar a escribirla hasta 2012. Para ser exacto: No es que no me atreviera, era mucho peor. Es que no sabía cómo escribirla. Tenía los personajes, el escenario, la época, la atmósfera, los vínculos, las relaciones, la trama básica y el superobjetivo (detesto esa palabrita pedante, pero es cierto, si no hay superobjetivo implícito todo se queda a ras del suelo). Pero la historia tiene que fluir sola. Hay que encontrar algo, que se sé qué es. Es un soplo de vida, que hace que todo se ponga en marcha suavemente, sin chirridos. Ese soplo de vida es el que marca la diferencia entre el escritor comercial, artesano, vulgar y simple, y el verdadero artista, que posee la gracia inexplicable del arte.
Pues la novela pudo arrancar, o su escritura pudo comenzar, porque una mañana mi mujer me contó algo que le sucedía con unos tíos en Madrid, en la época de Franco, cuando ella era muy joven. Y fue una iluminación repentina e inesperada.  Claro. Ahí comenzaba la novela. No donde yo pensaba que debía comenzar. Y me senté inmediatamente y me puse a escribir. Dos años para unas 200 páginas. Para escribir una novela se necesita mucha disciplina, autocontrol, y renunciar a muchas cosas en aras de lo que uno hace. La novela no permite que se le abandone. Me levanto por las mañanas. Tomo café y me siento a escribir. Horas y horas. Hasta el mediodía. Y esa disciplina durante meses. No hay otro método: Por las tardes hago ejercicios, veo amigos, paseo, voy a nadar, me estiro como un oso encogido después de 6 meses de hivernación. Exige mucho la novela. Y me hace sufrir porque  en todo el tiempo de escritura llevo una doble vida. Y encima, hacia el final siempre me pongo frenético y trabajo hasta por la noche. Es terrible porque se convierte en algo agónico. Por suerte, con los años escribo menos. Bueno, con los años todo se hace menos. En una entrevista que Elena Poniatowska le hizo a Julio Cortázar en los años 80 (Revista de la Universidad de México, octubre 2013), ella le pregunta:  "Julio, ¿tu capacidad de trabajo sigue siendo tan fenomenal?" Y él responde: "No, a medida que va pasando el tiempo es cada vez menos. Cuando empiezo un libro -hablemos de una novela que es un trabajo más continuado- y tengo una necesidad imperiosa de escribirlo, tardo muchísimo en decidirme a empezarlo, doy vueltas como un perro alrededor de un tronco de árbol, a veces semanas y meses hasta que, finalmente, la cosa empieza: es evidente, lo sé por experiencia, porque siempre me sucede lo mismo. El primer tercio del libro avanza a empujones, entro en una etapa de trabajo continuo y finalmente me olvido de comer y de dormir. Me acuerdo muy bien cuando escribí Rayuela, lo hice en un estado tal de posesión que no lograba alejarme de la mesa de trabajo".

lunes, 29 de diciembre de 2014

ARAÑAS CARNÍVORAS

Ahora todos tenemos una vida más larga. En Cuba, como promedio, los hombres llegan a 75 años y las mujeres a 78. Es una tendencia mundial. El problema viene, supongo, al rebasar los 80. Ya el cuerpo y el espíritu están muy machacados a esa edad. Y a veces suceden cosas terribles. Acabo de leer que aquella sueca fabulosa de La dolce vita, Anita Ekberg, vivía en las afueras de Roma en una casa a punto de venirse abajo. Ella, sin recursos, fue declarada en estado de indigencia e internada desde 2011 en un asilo de ancianos. Natural de Malmo, Suecia, quedó finalista en 1951  en el concurso Miss Universo. Participó en algunas películas hasta caracterizar a la liberal Sylvia, en La dolce vita, de Fellini, película que más que un clásico es todo un mito del cine. Su escena nocturna en la Fontana de Trevi es uno de los iconos visuales del siglo XX. Ahora la sueca acaba de cumplir 83 años, en un asilo. Nunca llegó a ser una actriz de primera línea. Vieja, pobre, fea y perdedora. No encontrarán su historia en ninguna revista. Sólo los triunfadores salen en las revistas, sonrientes. Gay Talesse siempre repite ese axioma. Y es cierto.
Un caso muy diferente el de Henry Miller. En los últimos años de su vida escribió 1500 cartas de amor y erotismo a una señora avispada y lista llamada Brenda Venus. Una de esas jóvenes escaladoras que persiguen a los viejos famosos, les mandan fotos de ellas desnudas. Si el anciano prefiere el vello púbico, usan una peluca. Hacen lo que sea hasta volver loco al anciano en cuestión para utilizarlo a su antojo. Este tipo de personajillos siempre cuentan con un punto débil del artista: el ego desmesurado. Esos son víctimas fáciles. Si son más humildes y serenos y no se creen Supermán es difícil que caigan en las redes de estas arañas carnívoras.
El libro con esas cartas lo tengo aquí: Querida Brenda. Las cartas de amor de Henry Miller a Brenda Venus. Seix Barral, Barcelona, 1986. La primera carta de HM es de 9 de junio 1976 y la última de 29 de septiembre 1980. Él tenía 89 años y falleció poco después, ese mismo año.
Esta buena señora lo hace quedar en ridículo publicando los ataquillos de celos y las ingenuidades de un pobre anciano inválido pero perdidamente enamorado de una mujer joven e implacable en sus propósitos. Por suerte para el lector, en medio de continuos lamentos por erecciones imposibles, sueños eróticos, caidas casi mortales en el baño, insomnios, estreñimiento y otros lamentos sobre achaques propios de la edad, HM intercala algunas perlas que alientan a seguir leyendo, como esta nota en respuesta a una petición de Brenda que quiere aprender a escribir. HM responde: "Me temo que nadie puede ayudar, excepto uno mismo. Lo primero de todo es aprender a leer correctamente... El arte es algo cotidiano. Es una forma de mirar la vida, la gente, las circunstancias. Ver lo mismo que todos, pero más. Ver lo que tú mismo pones". Según se desprende claramente de algunas cartas, la señora Venus lo que más anhelaba no era darle besitos a un viejo de 89  años, convertido en una ruina total, sino obtener los derechos de dos de sus libros para producir dos películas. Utilizó todas las conexiones de HM, desde Francois Truffaut en adelante. Creo que no pudo hacer nada porque HM murió antes de que ella lograra sus propósitos.
De todos modos, ese romance tardío de HM no es excepcional. Conozco muchos casos en Centro Habana de señoras ya muy ancianas perdidamente enamoradas de jovencitos que las explotan sin compasión. Así que no pasa nada. El mundo para que sea mundo debe tener de todo, decía mi abuela.

lunes, 22 de diciembre de 2014

MORGUE

De vez en cuando encuentro entre mis libros un pequeño folleto escalofriante, de 25 páginas, que dejo por aquí y por allá con la esperanza de que se pierda  definitivamente. Pero siempre reaparece con insistencia. A veces pienso que lo regalé y ya no lo veré más. Pero no. Siempre resurge. Se trata de Morgue, poemas de Gottfried Benn (1886-1965). Es un pequeño poemario que se publicó en Berlín en 1912 y causó un escándalo violento. El poeta tenía apenas 26 años y era médico de necropsias en una morgue. La edición de 500 ejemplares se agotó en una semana y fue prohibida y confiscada en 1916. Son apenas nueve poemas y muy pocos los han leído. Muy pocos conocen su existencia. Aunque supongo que ahora a través de internet será fácil leerlo completo. Son textos brutales que describen detalles minuciosos y repelentes de las autopsias o necropsias en una morgue. Copio uno a continuación:
                 HERMOSA  JUVENTUD
La boca de una niña que había estado mucho tiempo entre los juncos parecía tan carcomida.
Cuando le quebraron el pecho, el esófago estaba tan agujereado.
Por fin, en una pérgola bajo el diafragma
hallaron un nido de pequeñas ratas.
Una hermanita yacía muerta.
Las otras se alimentaban del hígado y del riñón,
bebían la sangre fría y pasaron aquí
una hermosa juventud.
Y hermosa y rápida las sorprendió la muerte:
a todas las lanzaron al agua.
!Ay, cómo chillaban los pequeños hocicos!
----------
En mi opinión son repelentes y morbosos y el autor tenía un punto de locura. Pero eso está muy bien. Ya sabemos que el arte sin locura no acaba de cuajar. Esa locura es la que hace saltar los condicionamientos sociales, hablar de lo inconfesable y alumbrar las zonas más oscuras y sucias del ser humano. Proceso que -pienso- es lo mejor que podemos encontrar en el arte y no en otro lugar. Hace muchos años mi amiga Marilyn Bobes, poeta y novelista cubana muy interesante, me regaló este folleto. Lo encontraba monstruoso y quería salir de él. La edición se debe a Editorial Pequeña Venecia, Caracas, 1991. Supongo que esa casa ya no existe. Tiene un erudito y breve prólogo debido a Verónica Jaffé, que además es la traductora.
Jaffé considera de un modo tajante: "...fue sobre todo esta Morgue la que representó para el naciente expresionismo alemán el salto definitivo hacia la modernidad. La destrucción y recombinación de los elementos líricos, la relación de lo horrible y lo bello, lo maligno y lo sublime y el rechazo visceral a la visión burguesa y tradicional del mundo, hicieron del poemario de Benn uno de los libros más importantes de la poesía alemana del siglo XX".
Y agrega: "El médico Benn, consciente de la vacuidad de todo ideal, logra con la destrucción del lenguaje poético niveles más profundos de comprensión... De la distancia existente entre el dolor real y el sueño ideal surge el presentimiento de una condición humana que trasciende las convenciones culturales aceptadas".
No creo que el médico-poeta tuviera estas maravillosas intenciones que vislumbra la ensayista, pero toda obra de arte se independiza y trasciende a su autor. Así que es casi seguro que la señora Jaffé tenga razón. Otro poema:
                           PEQUEÑO  ASTER
El cadáver del conductor
de un camión de cerveza
fue alzado sobre la camilla.
Alguien le había colocado entre los dientes
una pequeña flor
oscura-clara-lila.
Cuando le saqué el paladar y la lengua
desde el pecho
con un largo cuchillo
debajo de la piel
he debido rozarla
porque la flor se deslizó
hacia el cerebro vecino.
La guardé en el tórax
entre el aserrín
cuando lo cosían.
!Bebe hasta la saciedad en tu florero!
!Descansa en paz,
pequeño aster!

lunes, 15 de diciembre de 2014

ESCRIBIR A MANO

Hace poco murió Alistair MacLeod, uno de los pocos que quedamos en el mundo que escribimos a mano. Cada vez somos menos. Escribir a mano es toda una filosofía ante el hecho de escribir. Un texto escrito a mano, después pasado a máquina, y finalmente en computadora, funciona de un modo muy diferente que si desde el primer momento se escribe directo en el PC. Es así. Una realidad objetiva con un perfume poético.
Alistair MacLeod nació en Saskatchewan, Canadá, el 20 de julio 1936 y murió el 20 de abril 2014. Descendiente de escoceses emigrados a Canadá, vivió desde niño en la agreste zona de Cabo Bretón y se costeó sus estudios universitarios con trabajos rudos: minero, leñador, pescador, etc. En sus 77 años de vida escribió muy poco. Unos 20 relatos repartidos en tres libros y una novela que retuvo durante años, indeciso, hasta que el editor se la quitó de las manos y la publicó.
Era un tipo raro. Con la terquedad de los campesinos. Daba sus clases en una universidad y durante el verano se refugiaba para escribir en una cabaña perdida en los montes de Nueva Escocia. Así y todo los estudiosos lo ponen al mismo nivel de Alice Munro, Margaret Atwood y Michael Ondatjee, escritores canadienses de primera línea. Sólo que MacLeod se reservaba y era casi desconocido para el público.
Como sabemos la literatura funciona por zonas, por regiones. Cada cuerpo literario es un gran universo que se desarrolla lentamente y se enriquece con cada nueva generación de escritores. Y de ese modo se construye una memoria. Yo acabo de leer el librito de viajes de Samuel Johnson sobre las islas escocesas occidentales, escrito hace 240 años. Termino. Lo pongo en su sitio y entonces cae en mis manos Isla: todos los cuentos. (RBA, Barcelona, 2011), de Alistair MacLeod, que es un descendiente directo de aquellos campesinos aislados, tozudos, rudos y más bien pobres y mal alimentados de los que Johnson habla en su libro. Así que estos relatos excelentes de MacLeod mantienen los mismos temas y el mismo contexto. Una continuación del asunto. ¿Casualidad? ¿Telepatía? No sé. Da igual. Lo que me importa mucho es que MacLeod es de esos escritores en vías de extinción que escribían sin prisas, a mano, sintiendo el ritmo de las frases, el ritmo de las palabras. Y que sólo escribía de lo que conocía profundamente: la vida de él mismo, de su familia y de su gente.
Eso está bien. Así concibo la escritura. Me gusta escribir despacio, a mano, con largos periodos de silencio que sirven para decantar y sedimentar las experiencias. Ahora por ejemplo, lo comentaba en este blog en una nota anterior, estoy escribiendo poemas. Despacio. A mano. Los dejo por ahí unos días, los olvido, los reescribo una y otra vez hasta que al fin los paso a máquina. Tengo una vieja Underwood que, bien engrasada, funciona perfectamente. Sólo eso exige: unas gotas de aceite lubricante. Y así voy. Quizás en una vida anterior fui un monje japonés calígrafo y escritor de haikús.

LA PEQUEÑA VÍBORA

Yo era un joven y desconocido escritor cubano. Apenas con 34 años, en 1984. Visitaba por primera vez Ciudad de México. Me habían invitado a una Bienal Internacional de Poesía Visual y Experimental. Aproveché para llamar al Maestro. Quería conocerlo. Un escritor excelente, muy conocido, al que -por un respeto elemental- llamaré X. Pues bien, X con toda la generosidad del mundo me invitó a comer en su casa. Una deferencia que agradecí. Me dio la dirección y me pidió que llegara sobre la una de la tarde para tener tiempo de charlar antes de comer. Llegué puntual. Llevaba algunos de mis cuentos para entregarle. Él, si le gustaban, podría publicarlos en una revista literaria con buena distribución en toda América Latina.
La casita era deliciosa. Pequeña, graciosa, crecía hacia arriba en tres pisos ya que el terreno era pequeño. Nos instalamos en su pequeño estudio y brindamos  sin ahorrar el tequila mientras hablamos de nuestros gustos y preferencias literarias. Él tiraba hacia Proust. Y yo hacia Kafka. Todo fluía muy bien. Había buena química entre nosotros, muy relajados, como si fuéramos viejos amigos. Entonces asomó por la puerta su esposa para invitarnos a pasar al comedor. Para mi asombro era una mujer de mi edad o más joven aún. El Maestro X tenía ya 70 y pico largos y bien machacados. Su esposa estaba vestida y maquillada un punto por encima de lo conveniente, para no decir que parecía una puta porque sería demasiado grosero. Juro que no la miré con codicia ni lujuria. Siempre he sabido contenerme y me pongo tapones en los oídos cuando las sirenas asoman en las escolleras. Pero algo sucedió. No sé. El Maestro cambió su actitud. Yo sentí cómo las vibraciones entre nosotros crujían y saltaban chispas. Me concentré en la comida. En elogiar. En mirar sólo hacia el  Maestro e ignorar a la buena señora. Era bonita, morena, pechugona, culona, con una boca gruesa, húmeda,  con una sonrisa leve y capciosa. ¿Un objeto sexual? Sí. Definitivamente. Un delicioso objeto sexual muy muy apetecible. Y nada más. Y el Maestro era, con todo su derecho, un viejo pervertido y vicioso enredado con la mujer equivocada.
Todo se precipitó en medio de tensión y silencio. La comida terminó rápidamente, cosa inusual en México donde se disfruta tanto con cada nuevo y sorprendente platillo. Según Carpentier las únicas cocinas del mundo que merecen conocerse son la china, la francesa, la española y la mexicana. Lo demás no cuenta. Pero yo me sentía tan fuera de lugar, tan atravesao donde no debía estar, y era tan visible el berrinche que sufría el Maestro, que en cuanto terminamos el café violé las normas más elementales de cortesía, y dije: "Bueno, creo que me retiro". El Maestro suspiró profundo: "Pues muy bien, sí".
Y me fui. Jamás supe de ellos. Ni se publicaron los cuentos, por supuesto. Años después me enteré que el Maestro había muerto.  Supongo que hasta el último minuto tuvo a su lado a aquella pequeña víbora. manzana de la discordia, que le hacía sufrir y sentirse como un viejo incapaz de satisfacerla a plenitud. Cada vez que recuerdo aquel episodio me prometo no ser nunca un viejo verde y ridículo. Sólo que no sé a qué edad uno comienza a acercarse a ese peligro. ¿Alguien sabe?

martes, 9 de diciembre de 2014

LA NOVELA IMPOSIBLE

Estoy releyendo El nuevo periodismo, el libro que Tom Wolfe preparó en 1973. Con las ínfulas y el ego superinflado que padece desde que era un bebé recién nacido. Escribió un ensayo de 70 páginas, escogió algunas buenas crónicas publicadas en los ´60 en la prensa de USA y con todo eso armó un libro. Con su afilado sentido comercial afirmó que estos textos periodísticos están dirigidos  "a provocar pánico, a destronar a la novela como número uno de los géneros literarios". Y seguía su provocación ampliando el escándalo (sabe que si no hay escándalo no hay ventas, él es un producto típico de Manhattan). Así que afirmó que Saul Bellow, John Updike, "incluso el mejor del lote, Philip Roth" están sudando, deprimidos y sin saber que hacer ahora.
Tom Wolfe siempre ha sido un descarado -al igual que su colega Gay Talese- como también lo fue Truman Capote en sus tiempos. A la hora de promocionarse y del autobombo no tienen límites. El dinero les nubla la vista. Y lo simpático es que siempre hay millones que les creen y corren a comprar sus libros con la tinta aún fresca de la imprenta. Ellos montan el show, en pocas semanas venden unos cuantos millones de copias en 10 ó 15 idiomas y hábilmente hacen mutis. Bajan del escenario arrastrando dos o tres maletas rebosantes de dólares. Y vuelven a aparecer unos años después, para montar otra parafernalia con otro tema que tenga buen gancho.  Y se cuidan como gallos finos. Tanto Tom como Gay, así que aunque muy viejitos, van  a durar unos años más. Me caen bien, son unos jodedores y se divierten a cuenta de los incautos.
Compré este libro en una mesa de libros usados, en medio de la calle, en Tijuana, en el verano de 1990. Me costó unos centavos. Editado por Anagrama en 1976. Yo vivía unas cuantas semanas, alucinado en Tijuana y en Mexicali-Calexico. Todos los días me iba a la frontera, a hablar con la gente que cruzaba por las noches. Al atardecer se formaban grupos espontáneos a lo largo de la cerca, que tenía muchos hoyos y era sólo un símbolo de border. Cuando caía la noche los grupos se disparaban a correr por el desierto. Varios kilómetros. En la oscuridad, para intentar llegar a San Diego, cuyas luces se veían a lo lejos. Había que correr 15 ó 20 kilómetros. No sé bien. Creo que nadie sabía. La policía de emigración de USA, la "Migra" capturaba a unos cuantos y los devolvían a México donde eran víctimas de la policía mexicana que, a golpes, les quitaba dinero y todo lo que tuvieran. La mayoría lograba pasar. Era un teatro. en realidad USA necesita a esa gente para tener mano de obra barata, muy barata, en sus campos de fresas y tomates. Con salarios ínfimos y condiciones de vida infrahumanas como esclavos del siglo XIX. Son unos hipócritas.
Esto fue en 1990. Han pasado 24 años y ahora hicieron cortinas de hierro en toda aquella zona pero la gente muy pobre de Centro América y todo México siguen pasando por los ríos o como pueden.
Yo tenía entonces 40 años y mucha energía. Al regresar a La Habana escribí ocho crónicas muy fuertes sobre todo aquello. Pero la revista semanal donde yo trabaja como periodista sólo publicó tres. No se atrevieron a más. Me dijeron que la embajada mexicana podía protestar.
No sé dónde se metieron aquellas crónicas. Creo que se perdieron. Eran muy fuertes y convincentes. Por dos razones: Yo tenía un material muy duro y caliente. Y el libro de Tom Wolfe, que lo estuve leyendo todo el tiempo, me inyectó adrenalina y ácido directo en la yugular. Así que escribí como un salvaje. Sin concesiones. Por eso en la revista me cortaron las alas.
Bueno, en fin, ya pasó. Y yo estoy aquí riéndome y encantado de la vida. Y pensando,  ya que hablamos de USA, que tengo una espinita clavada en el corazón y creo que nunca me la  podré quitar: escribir una buena novela bien dura con los cubanos que se han ido al exilio en Miami. Lo único duro que se ha escrito es Boarding Home, de Guillermo Rosales. Creo que en estos 55 años son más de dos millones los que de una u otra forma, se han ido al exilio. Se calcula que  son más de un millón sólo en Miami. He estado viviendo algunas semanas en Hialeah. Suficiente para comprender que ningún escritor de los que se han ido se atreve con el tema. Hablo de novela dura y a full, no de tonterías para viejitas católicas. Los pueden linchar si se atreven a manchar el nimbo del éxito. Nada de empañar el American Dream.
Y los que no hemos pasado por  esos tragos amargos del exilio tampoco podemos escribir porque no tenemos ni idea. Así que presiento que esa novela nunca se escribirá. A veces los emigrantes tienen que esperar a tres generaciones en el país que los recibe para que surjan nietos capaces de violentar lo que sus abuelos y padres veneraron en su momento. Así que nadie sabe.