Mi casa

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© Héctor Garrido
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lunes, 22 de abril de 2019

DEMASIADO DISTRAÍDOS

En 1977 aún no existía internet, ni teléfonos móviles, tablets y toda la parafernalia que tenemos ahora. Pero ya en ese año, Saul Bellow (1915-2005), Premio Nobel de Literatura en 1976, se quejaba amargamente del enorme caos informativo que a diario tenía que soportar el ciudadano medio de este planeta. Al menos el ciudadano medio de USA y otros países desarrollados. 
En unas sesudas conferencias dictadas en marzo de ese año, y reproducidas en su libro Todo cuenta (Random House Mondadori, 2007), asegura: "La atención del público es como un continente invadido, conquistado, ocupado por una multitud de fuerzas: políticas, comerciales, técnicas, periodísticas, propagandisticas. Las enormes empresas designadas por la expresión "industria de la comunicación", informan, malinforman o desinforman al público sobre la política, las guerras y las revoluciones, sobre los conflictos raciales o religiosos, la educación, el derecho, la medicina, los libros, el teatro, la música, la cocina. Elaborar esa lista da una engañosa impresión de orden. Lo cierto es que nos hallamos en un insoportable estado de confusión, de distracción."
Y seguía: "...el New York Times contiene en un día laborable cualquiera más información que la que un contemporáneo de Shakespeare podía adquirir a lo largo de toda su vida... ¿Para qué queremos tal plétora de información? La mayor parte de ls noticias que nos ofrece el New  York Times no nos sirve para nada. Para envenenarnos, sencillamente."  Y tras abundar sobre el papel de la literatura como elemento sustancial de la cultura para ampliar nuestro horizonte y ayudarnos a pensar y a tener ideas  
propias, dice: "Lo que importa a los narradores de historias y novelistas son las esencias humanas descuidadas y olvidadas por un mundo distraído".
Bellow murió en 2005 cuando internet empezaba a extenderse y a conquistarnos con sus bondades. Y sigue. Todavía falta mucho. Mucho más. Según algunas fuentes, menos del 33% de la humanidad tiene acceso a internet. El precio que estamos pagando es alto. He preguntado a algunos jóvenes estudiantes de instituto preuniversitario, habaneros, de 18 años, de uno y otro sexo. ¿Cuántos libros has leído en toda tu vida? Se ríen, piensan un  poquito y me responden: "tres, cuatro, cinco, ninguno, dos." No son respuestas confiables, por supuesto. Probablemente es menos aún. Todos se están preparando para dentro de unos meses ingresar en la universidad en alguna carrera. Están al día con las redes sociales, las vidas de la farándula, la música, las series de TV, las películas de acción, pero les parece imposible dedicar unos días a leer un libro. Es que ni lo piensan, sencillamente. Para ellos, leer un libro es  algo tan extraño, difícil, imposible, como hacer un viaje a la Luna.
Cada día se lee menos. Es fácil encontrar las cifras de ventas de libros. Se reducen cada año. Jorge Herralde, ex de Anagrama, me decía hace unos meses: "Es que los jóvenes no dedican su dinero a comprar libros". Claro, lo invierten en supermóviles, tablets, etc. 
Trato de no ser catastrofista, pero, objetivamente,  a este paso, me parece que en  un máximo de 20-30 años, cuando mucho, ya no existirán los libros de papel, sólo los ebooks. Habrá menos escritores, menos editoriales, menos librerías y menos lectores.  Menos literatura. Menos pensamiento humanista. No debemos hacernos ilusiones. Es un proceso mucho más rápido e irreversible de lo que desearíamos. Y no será doloroso porque esos jóvenes que hoy tienen 18 años no aman los libros, así que no tendrán "pérdidas". Al contrario, se alegrarán de  no tener libros en casa. Así no habrá polvo y polillas en los estantes. Como mis padres se alegraron de dejar atrás los quinqués y faroles de queroseno y poder enceder una bombilla eléctrica sólo con un click en el interruptor. Mucho más limpio y fácil.
Algunos escritores ya se quejan de que venden mucho menos cada año. Javier Marías, por ejemplo, lo ha escrito en su página en El País Semanal. Otros son más discretos porque es desagradable reconocer rn público que cada año vendes menos libros. Pero, bueno, no podemos tener miedo al futuro. Hay que sonreir y seguir adelante. De momento, en julio próximo (2019), Anagrama publicará mi última novela, Estoico y frugal.  Cuenta una historia de Pedro Juan en Europa, concretamente, en España, Alemania e Italia, en el invierno de 1998. Un poco más adelante, Anagrama también publicará Diálogo con mi sombra, sobre el oficio de escritor. Que es un diálogo entre el personaje Pedro Juan y el escritor Pedro Juan Gutiérrez, sobre cuestiones específicas del oficio de la escritura de ficción. En fin, seguimos, sonríamos y no pensemos en el apocalipsis.





martes, 9 de diciembre de 2014

LA NOVELA IMPOSIBLE

Estoy releyendo El nuevo periodismo, el libro que Tom Wolfe preparó en 1973. Con las ínfulas y el ego superinflado que padece desde que era un bebé recién nacido. Escribió un ensayo de 70 páginas, escogió algunas buenas crónicas publicadas en los ´60 en la prensa de USA y con todo eso armó un libro. Con su afilado sentido comercial afirmó que estos textos periodísticos están dirigidos  "a provocar pánico, a destronar a la novela como número uno de los géneros literarios". Y seguía su provocación ampliando el escándalo (sabe que si no hay escándalo no hay ventas, él es un producto típico de Manhattan). Así que afirmó que Saul Bellow, John Updike, "incluso el mejor del lote, Philip Roth" están sudando, deprimidos y sin saber que hacer ahora.
Tom Wolfe siempre ha sido un descarado -al igual que su colega Gay Talese- como también lo fue Truman Capote en sus tiempos. A la hora de promocionarse y del autobombo no tienen límites. El dinero les nubla la vista. Y lo simpático es que siempre hay millones que les creen y corren a comprar sus libros con la tinta aún fresca de la imprenta. Ellos montan el show, en pocas semanas venden unos cuantos millones de copias en 10 ó 15 idiomas y hábilmente hacen mutis. Bajan del escenario arrastrando dos o tres maletas rebosantes de dólares. Y vuelven a aparecer unos años después, para montar otra parafernalia con otro tema que tenga buen gancho.  Y se cuidan como gallos finos. Tanto Tom como Gay, así que aunque muy viejitos, van  a durar unos años más. Me caen bien, son unos jodedores y se divierten a cuenta de los incautos.
Compré este libro en una mesa de libros usados, en medio de la calle, en Tijuana, en el verano de 1990. Me costó unos centavos. Editado por Anagrama en 1976. Yo vivía unas cuantas semanas, alucinado en Tijuana y en Mexicali-Calexico. Todos los días me iba a la frontera, a hablar con la gente que cruzaba por las noches. Al atardecer se formaban grupos espontáneos a lo largo de la cerca, que tenía muchos hoyos y era sólo un símbolo de border. Cuando caía la noche los grupos se disparaban a correr por el desierto. Varios kilómetros. En la oscuridad, para intentar llegar a San Diego, cuyas luces se veían a lo lejos. Había que correr 15 ó 20 kilómetros. No sé bien. Creo que nadie sabía. La policía de emigración de USA, la "Migra" capturaba a unos cuantos y los devolvían a México donde eran víctimas de la policía mexicana que, a golpes, les quitaba dinero y todo lo que tuvieran. La mayoría lograba pasar. Era un teatro. en realidad USA necesita a esa gente para tener mano de obra barata, muy barata, en sus campos de fresas y tomates. Con salarios ínfimos y condiciones de vida infrahumanas como esclavos del siglo XIX. Son unos hipócritas.
Esto fue en 1990. Han pasado 24 años y ahora hicieron cortinas de hierro en toda aquella zona pero la gente muy pobre de Centro América y todo México siguen pasando por los ríos o como pueden.
Yo tenía entonces 40 años y mucha energía. Al regresar a La Habana escribí ocho crónicas muy fuertes sobre todo aquello. Pero la revista semanal donde yo trabaja como periodista sólo publicó tres. No se atrevieron a más. Me dijeron que la embajada mexicana podía protestar.
No sé dónde se metieron aquellas crónicas. Creo que se perdieron. Eran muy fuertes y convincentes. Por dos razones: Yo tenía un material muy duro y caliente. Y el libro de Tom Wolfe, que lo estuve leyendo todo el tiempo, me inyectó adrenalina y ácido directo en la yugular. Así que escribí como un salvaje. Sin concesiones. Por eso en la revista me cortaron las alas.
Bueno, en fin, ya pasó. Y yo estoy aquí riéndome y encantado de la vida. Y pensando,  ya que hablamos de USA, que tengo una espinita clavada en el corazón y creo que nunca me la  podré quitar: escribir una buena novela bien dura con los cubanos que se han ido al exilio en Miami. Lo único duro que se ha escrito es Boarding Home, de Guillermo Rosales. Creo que en estos 55 años son más de dos millones los que de una u otra forma, se han ido al exilio. Se calcula que  son más de un millón sólo en Miami. He estado viviendo algunas semanas en Hialeah. Suficiente para comprender que ningún escritor de los que se han ido se atreve con el tema. Hablo de novela dura y a full, no de tonterías para viejitas católicas. Los pueden linchar si se atreven a manchar el nimbo del éxito. Nada de empañar el American Dream.
Y los que no hemos pasado por  esos tragos amargos del exilio tampoco podemos escribir porque no tenemos ni idea. Así que presiento que esa novela nunca se escribirá. A veces los emigrantes tienen que esperar a tres generaciones en el país que los recibe para que surjan nietos capaces de violentar lo que sus abuelos y padres veneraron en su momento. Así que nadie sabe. 

viernes, 23 de mayo de 2014

BELLOW CONTRA HEMINGWAY

Siempre me divierten  los sarcasmos de Saul Bellow  (1915-2005) cuando despotrica contra el  Hemingway frívolo, superficial y glamouroso. Concretamente sobre ese Hemingway tan  guerrero, triunfador y perfecto autorretratado en  París era una fiesta. En un artículo sobre París que Bellow publicó en The New York Times Magazine, (13 marzo 1983) recuerda que fue a París en 1948, en cuanto terminó la guerra, como otros cientos o miles de americanos. En esos años una avalancha de americanos invadieron a la Europa destruida de postguerra: intelectuales, escritores, artistas, negociantes, aventureros, gente aburrida, idealistas, comunistas, espías y agentes de la CIA, millonarias o ricachonas, gays en busca de efebos napolitanos. Había de todo. Algunos han escrito sus memorias. Entre esos estaba Bellow, pero marca la distancia de Hemingway: "Yo no iba a sentarme a los pies de Gertrude Stein. No fantaseaba con el bar del Ritz. No boxearía con Ezra Pound, como habría hecho Hemingway, ni escribiría en los bistros mientras los camareros me traían ostras y vino. Por Hemingway el escritor sentía una admiración sin límites; el personaje de Hemingway me parecía la quintaesencia del turista, convencido de ser el único americano a quien los europeos habían adoptado como a uno de los suyos". Y más adelante en ese mismo texto deja claro que era un tipo frugal y antisistema: "Había decidido que la sociedad mercantilista norteamericana no dictaría mis normas de vida". 
Saul Bellow, judío, procedente de familia emigrante pobre, siempre tuvo más conciencia política y sentido de clase que Hemingway que de joven lo tuvo mucho más fácil. Siempre me ha parecido además que Bellow era un poquito más amargado que el Papa, que era un derrochador y un loco inestable, borracho, arrogante, impetuoso y quizás bastante despreciable, según cuentan algunos de sus biógrafos. Muchos recuerdan que su mamá le vestía de niña hasta  casi los diez años porque la buena señora quería tener una niña de todos modos.  Si  mi madre me hubiera hecho eso, ahora tal vez me daría por salir de chica trasvesti en las noches habaneras. Nadie sabe. Un trauma infantil es del carajo.
Aunque fueron contemporáneos -(Hemingway 1899-1961)- vieron el mundo desde ángulos contrapuestos. Hemingway, por ejemplo, cuidaba al extremo la amenidad y la tensión de sus relatos. Sobre todo en sus cuentos, género en el que fue un maestro extraordinario, por sus novelas no doy ni un centavo cubano, es decir, nada. En cambio Bellow estaba convencido de que podía ser tedioso, aburrido y minucioso a lo largo de 60 páginas y que el pobre lector tenía que soportarlo. Ponía a prueba la paciencia y el estoicismo del lector.
En fin, creo que los escritores casi nunca nos tragamos unos a otros.  Yo tengo muy buenas amigas escritoras. Mujeres. Con ellas todo es maravilloso. Y nos queremos y somos cómplices. Pero entre los hombres tengo que esforzarme mucho para mantener alguna amistad a flote.  Y casi siempre naufraga. Creo que todos queremos ser  el macho alfa de la manada, y no soportamos intromisiones.  Esos roces corrosivos desaparecen como por ensalmo cuando uno  se muere. Ahí está el caso de García Márquez. Se murió y de repente descubrimos que tenía millones de amigos escritores que lo adoraban o aprendieron algo de él o tuvieron un momento de intimidad o se tomaron un vinito en casa de la Balcells, o él les dijo algo al oído. ¡Cojones! El único que no lo conoció fui yo. Soy el único que no he podido escribir mi crónica laudatoria. ¡El único! En los años 80 traté de entrevistarlo para la revista Bohemia pero él no quería -con toda su razón, lo reconozco- que un periodista joven lo molestara con las mismas preguntas y la misma tontería. Cada vez que lo llamaba a su casa en La Habana me salía al teléfono Mercedes Barcha y me decía: "Oh, lo siento, está en la ducha". Cuando me lo dijo tres veces, no aguanté la tentación y le dije: "Coño, se va a desteñir". Me colgó.