Mi casa

Mi casa
© Héctor Garrido
Mostrando entradas con la etiqueta Raymond Chandler. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Raymond Chandler. Mostrar todas las entradas

lunes, 17 de agosto de 2015

LOS ESCRITORES CALLEJEROS

Esta es una portada de Black Mask la famosa revista pulp que se publicó en Estados Unidos entre 1920 y 1951. Ahí escribieron todos. Raymond Chandler (1888-1949), Dashiell Hammett (1894-1961), y un largo etcétera. Sólo escribían esos cuentos para ganar un dinero y seguir adelante. Sin más pretensiones. Pero el tiempo   es un gran mitificador  y además ayuda a sedimentar. Por ejemplo del otro grande de esa época, James M. Cain (1892-1977)  sólo seguimos leyendo sus dos grandes novelas El cartero siempre llama dos veces y Pacto de sangre. Para mi gusto es mejor olvidar sus otras 21 novelas. Ahora estuve leyendo el ensayo El simple arte de matar (1950), de Raymond Chandler, que me gusta mucho y lo releo cada cierto tiempo. Sobre todo porque -con educación y elegancia- dice que los escritores ingleses de misterio -de aquel momento y anteriores, se entiende- no tenían ni idea de lo que escribían y suponían que los criminales  tienen dentro un mecanismo suizo de relojería y funcionaban como robots. Es decir, no eran creíbles. Para no hablar de sí mismo, dice que fue Hammett el que inició ese nuevo modo "callejero" de escribir: "...Hammett escribió para personas con una actitud decidida y agresiva ante la vida. No les daba miedo el lado turbio de las cosas; vivían en él. La violencia no los consternaba; la tenían en su misma calle. Hammett devolvió el asesinato  a la clase de personas que lo cometen por alguna razón, no sólo para proporcionar un cadáver. Y lo hacen  con los medios que tienen a mano, no con pistolas de duelo labradas a mano, curare o peces tropicales. Los plasmó en el papel tal como eran, y les hizo hablar y pensar en el lenguaje que utilizaban habitualmente."  El ensayo tiene otros momentos muy importantes porque pone las cosas en su lugar en cuanto al relato realista de género negro. Yo voy un poco más allá. A mi modo de ver  el  relato policiaco barato norteamericano se adelantó a los escritores "serios". Como no tenían pretensiones intelectuales no tenían nada que perder. Así que se lanzaron  a escribir del modo más callejero y real posible  y así marcaron pautas que después siguieron Sherwood Anderson, John Dos Passos, Gertrude Stein, Dreisser, y todos los demás realistas  que sobresalieron en  la literatura norteamericana de la primera mitad del siglo XX. Los grandes antecesores eran los realistas rusos y franceses  de fines del siglo XIX.  En Estados Unidos son los escritores "duros" y "baratos" del policiaco los que toman la iniciativa de desencartonar a los personajes, las tramas,  los escenarios y las situaciones. Lo cual era muy coherente con la realidad social que había en la vida diaria de Estados Unidos y que se reflejaba en unos periódicos atiborrados de crímenes reales, mafias, políticos corruptos, y sangre abundante. Estos escritores policiacos tenían mucho material a mano. No tenían que inventar nada. Sólo atreverse y escribir. Claro, han perdurado los que además de decisión tenían talento para desarrollar su arte de un modo verosímil y atractivo. Por eso hoy podemos leer las novelas de Chandler, Hammett y Cain y de unos pocos más, y todavía nos seducen. El tiempo las ha sedimentado. Favorablemente.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

EL DETECTOR DE MIERDA

Acabo de leer La camarera (The Cocktail Waitrees, 2012), la última novela que escribió James M. Cain (1892-1977). El famoso autor de Pacto de sangre (1943)y de El cartero siempre llama dos veces (1934). En total publicó en vida unos 19 títulos. Todos fueron folletines baratos de gran tirada, portadas estridentes y nada más. Y otros 4 folletines que le han endilgado después, aprovechando que ya el tipo no puede opinar. Lo mejor que escribió fue El cartero y Pacto, que siguen siendo dos novelas de culto en el género negro,  que me gustan mucho y releo cada unos cuantos años. Lo demás se ha olvidado, como es lógico. Ya tenía casi 83 años cuando emprendió la escritura de La camarera. No le salía. Se conservan los manuscritos donde cambiaba todo una y otra vez. Pasó dos años luchando con aquello hasta que al fin  murió sin terminarla. O sí la terminó pero él sabía que no funcionaba. Nunca llegó a una versión definitiva. Ahora un editor astuto, Charles Ardai, recuperó el manuscrito que se había quedado olvidado en la oficina del agente de Cain. El editor -en un epílogo- confiesa que tuvo que editar a fondo porque había muchas variantes para cada párrafo. Al fin  nos da un texto que parece un Frankestein. Es una novela inconsistente, floja, tonta, nada convincente, con una protagonista que actúa de un modo irreal y dando traspiés. En fin, Cain queda muy mal parado con este adefesio.
Nos cuenta mister Ardai: "En 1975 James M. Cain tenía casi 83 años, moriría al cabo de dos años, su estrella que se había elevado tan meteóricamente en los años 30 y 40, cayó con la misma velocidad meteórica. Se trasladó del este de Hollywood a Hyattsville, Maryland, donde sufrió una dolorosa enfermedad cardíaca que lo iba consumiendo: angina de pecho."
Y en esa situación intenta escribir en primera persona sobre una mujer común y corriente -Joan Medford- que pretende salir adelante en la vida y se ve enredada en situaciones difíciles con dos o tres asesinatos por el medio. Pero ya el escritor no es el mismo. En algún momento fue considerado por unos pocos,  uno de los tres grandes de la ficción negra de USA. Los otros  serían -obvio- Raymond Chandler y Dashiel Hammett. Creo que  es un exceso calificar a Cain al mismo nivel de los otros dos. Ni de lejos. Pero no voy a entrar en detalles. Por cierto, Chandler, que era muy venenoso, odiaba a Cain y escribió sobre él: "Es todo lo que detesto en un escritor...". Pero es mejor no escuchar nunca a un escritor hablando sobre otro escritor vivo. Los muertos siempre son estupendos.
Bueno, pues el ancianito tuvo el buen tino -evidentemente tenía el cerebro claro- de saber que su novela no funcionaba y jamás la entregó para la imprenta. Ya el escritor estaba agotado. O no tenía suficiente fuerza para  escribir sobre un tema tan duro. En fin, lo que fuera. No funcionaba. Y él lo sabía. Y su agente y su editor en aquel momento lo respetaron y no la publicaron.
Ahora  viene este editor, la "rescata", la rearma a su antojo y la publica. ¡Un fiasco!
Sucede con frecuencia. Los escritores escribimos mucho. Es un vicio. Escribir algo todos los días. Yo, por ejemplo, me inventé este blog y además llevo un diario. Así no escribo cuentos, poemas y novelas sin parar, como un loco. ¡No! Escribo en el diario todas las barbaridades que se me ocurren y todo queda en casa. Así y todo, dejaré mucho sin publicar. Libros enteros que están por ahí, escondidos. Todos dejaremos mucho sin publicar. Hay que respetar a los lectores. Y, sobre todo, respetarse uno mismo. Tomar distancia y decir: "Esto que acabo de escribir es una mierda". Y no creer que somos infalibles y estupendos las 24 horas del día los 7 días de la semana. Ya lo decía Hemingway: "Hay que tener encendido siempre el detector de mierda".