Mi casa

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© Héctor Garrido
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viernes, 9 de septiembre de 2016

SOBRE EL REALISMO


Me gusta creer que todo lo que escribo es autobiográfico. Incluso cuando escribo en tercera persona sobre gente muy diferente a mí siento que también estoy revelando fragmentos de mi vida porque siempre son personajes creados a partir de personas de mi entorno. Ningún escritor es inocente. No se inventa nada a partir de cero. No es nada extraño. Le sucede a todos los escritores. Es el gran problema de los escritores. Acabo de leer una entrevista que The Paris Review hizo a Raymond Carver hace algunos años. Dice Carver: "La narrativa que más me interesa posee rasgos que la refieren al mundo real...siempre hay algo, algún elemento, algo que me han contado o que he presenciado que acaba constituyendo el punto de arranque". Y más adelante: "Por supuesto, uno ha de saber bien lo que está haciendo cuando convierte en ficción las cosas de su vida. Ha de ser inmensamente osado, muy hábil e imaginativo, y estar deseoso de contarlo todo sobre sí mismo".
Claro, contar historias que han sucedido realmente, implica involucrar a otras personas. Es decir, hay que contar algo que sabemos de las vidas ajenas. Si creemos que merece la pena hay que arriesgarse y hacerlo. O quedarnos callados para no molestar. Hace unos días le pregunté por email a una prima que vive en Miami que me contara algo de unos tíos nuestros ya fallecidos hace años. Ellos se fueron de Cuba en los años ´60 y los perdí de vista. Jamás supe nada. No tengo intenciones de escribir sobre ellos. Al menos no lo he pensado conscientemente. Sólo quería saber algo de un modo sano y familiar. Mi prima me contestó largamente. Me dio muchos detalles y al final del email me escribe, socarrona y jocosa: "Recuerdo mucho más. Pero si quieres escribir un libro ahí tienes para empezar, porque con los escritores nunca se sabe".
Y sí. Ella tiene razón. Un escritor funciona con su memoria. Es lo esencial. Y se convierte en un vicio averiguar datos, situaciones, anécdotas de gente que uno conoce porque todo puede convertirse en literatura. Hay que archivar en la memoria. Yo a diario escribo apuntes de situaciones, de recuerdos, de comentarios que acabo de escuchar. Siempre tengo libretas y bolígrafos a mano. Me siento más tranquilo cuando escribo esos apuntes y no los confío sólo a la memoria. Me parece que en una libreta están a salvo por si algún día los necesito. Pero en realidad lo que hago al escribirlos es guardarlos en mi subconsciente. Es un archivo estupendo. Ahí se quedan en alguna gaveta. Y saltan cuando uno los necesita. Por asociación de ideas. Es un método infalible. Un almacén enorme que tengo siempre a mano. Con el paso de los años he descubierto que escribir poesía también es un modo de guardar apuntes de mi vida y de los alrededores. Lo comprendí cuando hace un par de años me puse a seleccionar poemas de nueve cuadernos que he publicado para preparar una selección. Finalmente ha sido publicada por la editorial Verbum, de Madrid, en 2015. Se titula La línea oscura, poesía seleccionada 1994-2014. Y para mí funciona casi como una autobiografía. En fin. La escritura surge allí donde hay antagonismo y conflicto. Y a partir de ese principio se escribe, como un proceso continuo de reflexión y de pensamiento. Tomar fotos también es un modo de hacer apuntes. La foto que  encabeza esta nota es el teatro Campoamor, a un costado del Capitolio de La Habana. Así está hoy en día, 2016. Ese edificio y su historia puede ser un punto de partida de una novela. Regalo la idea al que le interese.

martes, 5 de mayo de 2015

LIBROS DESHUESADOS - TRASH BOOKS

Es un término inventado por mi amigo Enrique Vila Matas: Libros deshuesados. Dice que eso es lo que quieren ahora muchos editores españoles. Libros fáciles de digerir "porque hay que vender". Libros que no obliguen al lector a pensar ni a poner en función su imaginación. Bueno, lo cierto es que cada año -en América del Norte y Europa-  se venden menos libros en papel y un poquito más en digital. Esto último facilita el pirateo. No se sabe qué pasará dentro de unos años. La inmensa mayoría de los españoles no lee libros. Les basta con el fútbol. Hay encuestas y cifras. Y algo peor aún: en las encuestas los que no leen dicen tranquilamente: "No me interesa leer". Y ya. Así de simple. Mucho se ha escrito sobre el tema. Vivimos en una época muy visual. Mucha TV, cine, fotografía, y sobre todo internet, que nos acostumbra a leer textos breves. Con este panorama, es lógico suponer que el libro y la lectura estén en peligro. Y que dentro de un tiempo -nadie sabe cuánto- poquísimas personas serán capaces de concentrarse lo suficiente para leer y disfrutar un libro de 300 páginas.  Esto puede traer consecuencias graves en las posibilidades de desarrollar criterios propios. La lectura es esencial para desarrollar nuestra imaginación, y para tener open-mind y ser más invulnerables y autosuficientes intelectualmente. Y menos manipulables.
No obstante, a pesar de todo lo escrito arriba, para mi gusto el panorama editorial español sigue siendo intenso, muy diverso y vertiginoso. Se edita tanto y tan variado que es imposible estar al día. Es cierto que hay una avalancha creciente de libros-basura que se venden mucho. Algunos, incluso, pasan enseguida a convertirse en telenovelas. Es decir, que son perfectos en su idiotez. Más perfección imposible. Hay de todo. Desde esos libros deshuesados -prefiero llamarlos trash books- hasta traducciones impecables de los más exquisitos escritores de todo el mundo. Es un privilegio. No es así en el mundo anglosajón donde se regodean en mirarse el ombligo todo el tiempo. Por ejemplo, recuerdo que Farrar Straus and Giroux, de New York, publicó la edición en inglés de Trilogía sucia de La Habana en enero de 2001. Unos meses antes me enviaron a La Habana el grueso catálogo de ese año. Cuando digo grueso catálogo quiero decir que el catálogo era todo un libro de 400 páginas o más. Pues bien, de esos cientos de libros  casi todos eran anglosajones. Sólo había tres latinos: Un libro de Carlos Fuentes, uno de Elena Poniatowska y el mío. 
Así que en España tenemos de todo, incluidas cosas simpáticas. En un stand de una pequeña -casi micro- feria de libros en Canarias, encuentro este libro: Diez narradores cubanos que no son Pedro Juan Gutiérrez ni...etc. Es una colección de cuentos de jóvenes cubanos nacidos en la década de 1970. He leído algunos de sus textos pero no voy a opinar porque no me asienta el papel de profesor, mucho menos el de crítico. No voy a decir si son convincentes o dejan indiferente al lector. Lo que sí es decisivo es que algunos se atreven a escribir  y se ponen socarrones y provocativos, como debe ser. Nadie debe escribir para complacer. Hay que molestar, pinchar, incordiar, sacar de sus casillas al lector y ponerlo a prueba. El pecado capital de un escritor es ser complaciente.
Estos jóvenes se arriesgan, toman el pulso al tiempo y al espacio que les ha tocado. Ya eso es suficiente. "Contar buenas historias. Esa es la única responsabilidad del escritor", decía Raymond Carver.