Mi casa

Mi casa
© Héctor Garrido

jueves, 2 de abril de 2015

THE SHOW OF THE WINNER


Por la mañana llamé a un primo que vive en el pueblo de mi familia. Hablé con su esposa y me alertó: “Por las tardes está borracho. Bebe mucho. No lo llames por las tardes. Me tiene preocupada porque se sienta en un sillón y habla solo. Bebe y habla solo. Después se acuesta y no come. No sé qué hacer”. Yo pensé: Cualquier día el hígado se revienta y se acabó. Pero hay que ser más positivo. Le dije: “Pues no sé qué decirte. Llamo sólo para saber cómo están, pero ya veo…” Hablamos un poco más. Después por la tarde salí y me tomé una cerveza. Mucho calor y humedad, en pleno diciembre. Me agota. 
En el bar había un tipo alardeando, sentado en una mesa. Joven, con cadenas de oro, fuerte y musculoso pero con una barriga cervecera. Y una puta bellísima encima de él. Sabía escoger. Una puta cinco estrellas. El tipo mantenía una charla interminable, más bien un monólogo, con el camarero, que le escuchaba con atención por las propinas y porque no había más clientes. El tipo habla del dinero que gana y lo bien que le va en Miami. Y lo fácil que es quedar fuera de todo y que te aparten como a un perro. Un tipo espontáneo. Habla muy alto, y se pavonea. Tiene mucha necesidad de ser escuchado. Yo, en otra mesa, alejado, le oía perfectamente. Hizo toda la historia de cómo se fue de aquí y lo duro que fue al principio hasta que se encaminó. “Sin blandenguería, dice, si te pones blandito te machacan y te hacen picadillo. Aquello es pa gente dura. Tienes que machacar tú antes que te machaquen”. 
Pedí una segunda cerveza, para seguir escuchando. Era un espectáculo gratuito. The Show of The Winner! Todo una performance. En un rincón hay un televisor grande, transmite una reunión internacional de políticos que hablan y prometen sin parar, se regodean en sus embustes y mentiras. Pero el volumen está en cero. El barman cogió el control remoto y puso un canal de música latina. Baladas tropicales de amor. Culos , tetas, playas, bocas seductoras, todo espléndido y prometedor bajo los cocoteros. 
Entonces el mulato se calló y empezó a besarse con la puta. Llamó al bartender, le dio una propina de diez dólares y empezó de nuevo a hablar en voz muy alta, por encima de la música. Sobre el negocio de autos usados y de grúas de carretera. “Yo manejo una grúa. Gano mucho dinero pero son 24 horas, 7 días a la semana. No descanso. En la cabina de mi grúa tengo un letrero que dice: Time is money. ¿Sabes lo que significa eso?”, le pregunta a la mulata. Ella le dice que no. Él se ríe a carcajadas y le contesta, muy alto, rabioso: “Que pasan los días y no puedo hacer el amor con mi esposa. Está muy bien. Una mulata muy rica. Se parece a ti. Tenemos dos hijos pero sigue igual que cuando tenía 20 añitos.  Llego muerto de cansancio. Me ducho y me duermo. Y eso es duro. Siempre me despiertan de madrugada. Siempre. De madrugada cobro el doble. Es así”. Y la puta le dice: “Bueno, papi, pero ahora estás descansado. Ya no tomes más. Vamos”. Pero él sigue hablando. Y bebiendo ron. Queda muy poco en el fondo de la botella y le pide al barman que le traiga otra: “Añejo, 10 años, reserva especial. ¡Esto es hasta mañana! ¡Aquí hoy no cerramos! ¡No cerramos nunca! Twenty four hours seven days at week!". 
---Este texto forma parte de un libro que escribo ahora y que se titula La línea oscura.                          


sábado, 28 de marzo de 2015

LES FEMMES, LES SOEURS


Hay libros que se van quedando en nuestras vidas. Igual sucede con algunos amigos, algunos enemigos, y con algunos intrascendentes. Persisten. Y uno poco a poco envejece y gana paz interior. Uno se reconcilia. Pero toda esa gente sigue deslizándose a nuestro lado. No se alejan. Uno de esos libros extraños y persistentes es un cuaderno de fotos: Les femmes, les soeurs. Son fotos de Erica Lennard, impreso en París, en 1976.
Muchos años después, en agosto de 2007, estuve un buen tiempo en la casa de Ramón Alejandro, un viejo amigo que vive en París, en el boulevard de Clichy, frente al Moulin Rouge. Fue un verano lluvioso y frío. Por las tardes me quedaba en casa, solo, con una botella de vino. Entre un montón de libros encontré Les femmes, les soeurs. Sólo son algunas amigas fotografiadas en diversos lugares de América y de Europa, a lo largo de la década del ´70. A veces desnudas, a veces vestidas. Silenciosas, melancólicas, dormidas. Corren los años patidifusos. Ellas no se rasuran. Nadie se rasuraba entonces. El mundo iba un poco más lento que hoy. El espíritu mercantil  todavía no se había instalado de un modo tan implacable y definitivo. Catherine, que está en esa foto junto a una ventana, era la compañera de Ramón Alejandro. Ya no vive. Pero Ramón me ha hablado tanto de ella, que sí la conocí y la recuerdo. Ahora yo estoy en el apartamento donde ella tuvo a su familia. Al final del libro Marguerite Duras escribió algunas palabras: "Je le vois dans la photo de Erica: l'inscription d'une tragedie latente, toujours, dans chaque photo elle est là, dans le ciel au-dessus des femmes, la mer".
Han pasado ocho años desde aquel verano y aquel encuentro con estas mujeres. Ahora mi compañera consiguió un ejemplar de este libro en una librería de uso, en Cleveland. Lo enviaron por correo y llegó justo a tiempo para mi cumpleaños. Así que,  tranquilo, de nuevo recorro estas fotos, y recuerdo que en esos años yo también era melancólico y romántico y vivía convencido de que nada tiene principio ni fin. El infinito. Yo, en los ´70, vivía en el infinito. Después muchas cosas cambiaron. No podía ser de otro modo. Gracias, Erica, por hacer esas fotos y por dejarnos este libro tan sutil.

FOTOS ERÓTICAS

Aquí les dejo algunas fotos del libro LA  SEDUCCION DE  LA  MIRADA, que comenté en una entrada anterior.

lunes, 9 de marzo de 2015

UN LIBRO IMPRESCINDIBLE

En unas pocas tiendas especializadas de La Habana se está vendiendo en estos días una primera y limitada edición de un libro de arte hermoso y necesario: LA SEDUCCION DE LA MIRADA, Fotografía del cuerpo en Cuba, 1840-2013, de Rafael Acosta De Arriba, Ediciones Polymita, 2014.
Es un bellísimo y elegante volumen de 378 páginas con un conjunto de más de 400 fotos realizadas por fotógrafos cubanos. Un trabajo titánico elaborado con paciencia y perseverancia a lo largo de muchos años de investigación y coleccionismo.
Nunca antes se había hecho algo así. Es la primera colección exhaustiva de fotografías cubanas sobre el tema. Rafael ha centrado su indagación en artistas que dan una visión propia, creativa, original, sobre el cuerpo humano.  Saltar de ahí al porno es una tentación fácil (recuerdo a Araki, por ejemplo) pero ese facilismo comercial Rafael lo evade y se mantiene dentro de un rigor estético punzante y que, a saltos, provoca escalofríos.
Sin dudas un libro poético, audaz, que llena un vacío en un país especialmente sensual. Un país mestizo donde es tan importante la belleza del cuerpo, la sexualidad y el erotismo como expresión de nuestras raíces más auténticas.
Si consigo los permisos de reproducción, en las próximas semanas colocaré en este blog una pequeña muestra de estas fotos. Y será mejor que seguir escribiendo ahora. Para hacer cierto aquello de que una imagen vale por mil palabras. Así que por ahora quedamos en suspenso.

lunes, 2 de marzo de 2015

LOS TAMBORES YORUBA

Los tambores empezaron a sonar el viernes por la mañana. Y debían silenciarse el lunes. Incesantes. Los negros no se cansaban. Todos los toques, para todos los orishas y los santos del monte y del panteón yoruba. Mis padres eran campesinos blancos, de Pinar del Río. No sabían nada de religiones de esclavos africanos. Habíamos llegado pocos días atrás a Matanzas, zona de cultura mestiza total. En Matanzas se encuentra de todo en cuanto a religiones y creencias. Nosotros vivíamos en una sola habitación pequeña, al fondo de un solar, o cuartería, (o corrala, en Madrid), en la calle Velarde. Era un barrio duro y pobre pero no había dinero para pagar algo mejor. A la entrada del solar, en un cuarto privilegiado porque tenía puerta directa a la calle (se le llamaba "asesoria" no sé de dónde venía esa palabra), vivía un babalao (sacerdote) famoso. Hacía el santo a militares de alto rango y a gente adinerada. Por eso aquellas fiestas de iniciación eran a todo trapo. Los tambores no se callaban y todo el que pasara por la calle tenía que entrar a saludar, comer y beber. No se podía pasar de largo e ignorar aquello. Toda esa parafernalia comenzaba siempre un viernes y terminaba el lunes.
Mi padre vendía helados. Lejos de casa. En el otro extremo de la ciudad. Yo tenía apenas cuatro años. Mi hermano tres. Mi madre se aterró cuando -por el patio- vio parte de los sacrificios de animales (chivos, gallos, gallinas, palomas, carneros, jicoteas, etc) en medio de violentas liturgias de cantos y bailes africanos, con machetes, sangre abundante y todo lo demás. Era un mundo, todo un universo, incomprensible para ella, que era católica. Aquello le pareció algo infernal y diabólico. Se aterró, lógicamente. 
La noche del viernes no nos dejaba dormir. Los tambores sonando sin cesar. Mi madre nos encerró en el cuarto y nos leía incesantemente lo único que tenía a mano, supuestamente para entretenernos: un comic basado en la novela El potro salvaje, de Zane Grey. ¿Cuántas veces lo leyó? No sé. Millones de veces. Habitualmente nos dormíamos sobre las nueve  de la noche. Mi padre llegó como siempre, sobre las dos de la madrugada. Y se asombró cuando encontró a los niños despiertos, convertidos en dos zombis. Nos caíamos de sueño. Esa noche y aquella novela de Zane Grey no la olvido jamás. Supongo que las noches de sábado y domingo todos emigramos hacia el negocio de mi padre para huir de aquella locura.
Yo, en cambio, me sentía atraído. Recuerdo que en algún momento me acerqué a la fiesta y estuve curioseando entre tanta gente borracha y con ataques porque algunos "pasaban" muertos. Son espíritus que se encarnan y hacen temblar a la gente como si recibieran corrientazos de 440.
No tenía miedo alguno. Al contrario. Me sentía en mi medio natural. Hoy sigo pensando que son liturgias poéticas, imaginativas, viscerales y extremas, como sucede en casi todas las religiones fundacionales. Así que comí dulces, saludé en el altar tocando una campanita, lo miré todo sin prisa, y regresé a casa a contar mi aventura. Mi madre quería darme un purgante y me azotó duro con una chancleta de palo: "¡Eres muy atrevido y muy curioso! ¿Por qué hiciste eso?". Ahora que lo pienso, fue la primera censura que sufrí en mi vida por contar las cosas duras y molestas que suceden a mi alrededor. Aunque había algo más: se decía que alguna secta robaba niños para matarlos y ofrecerlos en sacrificio a sus dioses. Y en efecto, después he sabido de algunos casos reales de este tipo, que por supuesto, jamás llegan a la aburrida y rutinaria prensa cubana y casi nadie se entera. Así que el terror de mi madre no era gratuito.Y para colmo unos días después aquel babalao fue a mi casa y le propuso a mi madre: 
-Señora, yo no sé cuáles son sus creencias, pero este niño viene con una gran fuerza de nacimiento y va a ser alguien grande. Si le hacemos el santo vamos a ayudarlo...
Mi madre, patiseca, lo cortó:
-En esta casa somos católicos y no creemos en nada de eso.
-Está bien, señora. Sólo quiero decirle que si algún día se deciden yo quiero tener el privilegio de ser el padrino del niño y además lo pago todo. Ustedes no tiene que poner nada. Si no se le hace el santo pasará más trabajo porque el camino de él es de oro pero tiene muchas piedras. Piedras grandes y precipicios profundos. Pero va a ser alguien grande de todas maneras.
Han pasado 60 años de aquella profecía. No  soy "alguien grande" pero han sobrado piedras, obstáculos y precipicios profundos. Así que parte de la profecía se ha cumplido rigurosamente.  Y lo agradezco porque sortear tantos obstáculos en mi vida me ha puesto musculoso y me ha hecho ganar coraje. Si algo desprecio es a la gente timorata. Los que no se atreven.

martes, 24 de febrero de 2015

LA PRIMERA NOVELA

La primera novela que quise escribir fue una historia real que se desarrolló ante mis ojos a lo largo de varios años. Entre 1970 y 1980 más o menos, en un barrio pobre de las afueras de La Habana. Era la historia muy cruda de una muchacha bonita, inteligente, alegre y muy sexy. Fuimos novios y amantes muy lujuriosos y divertidos durante esos años. El relato se abría hacia su familia y algunos vecinos, estremecidos todos por situaciones inesperadas, inevitables y muy destructivas.
La pobreza, el subdesarrollo, la incultura y el azar se conjugaron como un pulpo gigante para atraparlos a todos, inmovilizarlos y destruirlos. Gente amable y  sencilla destrozada. Es una historia apasionante aunque contada así parece una novela de Balzac. 
Ahí nació el germen de toda mi obra: la pobreza, la miseria, el subdesarrollo hincando el diente y acabando con vidas que pudieron ser mejores y más fructíferas. Por supuesto, en esos años no sabía cómo escribir una novela. Hoy tampoco sé cómo se hace. Nadie sabe. He escrito poco. Unos cuantos libros de poesía y de cuentos y apenas cinco novelas. Pero sucede que cada novela es absolutamente diferente a las anteriores.Así que le doy largas  durante años y años. No me atrevo a empezar porque es como entrar en un camino desconocido por un bosque muy tupido y sin señales donde me voy a perder. Un camino que no sé adonde conduce. No tengo ni idea de qué puede pasar. Y eso me crea mucha incertidumbre y me aterra. Hasta que al fin reúno fuerza para empezar y seguir adelante, agónicamente, día tras día. Escribir una novela es muy duro. Creo que le pasa a muchos escritores. En estos días estoy releyendo un best seller de 1982: El olor  de la guayaba, en el que Plinio Apuleyo Mendoza entrevista a García Márquez. Este último insiste sobre los muchísimos años que le llevó rumiar todos sus libros, sin poder empezar porque no sabía cómo. Habla de 18 años para Cien años de soledad y 17 años para El otoño del patriarca. Y tiempos similares para los otros.
Digo que es agónica la escritura de una novela porque hay que convivir con el desasosiego, la incertidumbre, los miedos y penurias de un grupo de gente situada al borde del abismo, en situación límite.  Y a veces esa maldita compañía se prolonga hasta 2 años. O más. Cualquiera puede enloquecer. Yo terminé llorando cuatro días cuando escribía el final de El Rey de La Habana. Pensé que era una debilidad mía. Mi lado femenino actuando. Pero ahora me entero de que García Márquez se echó a llorar horas y horas cuando el viejo coronel Aureliano Buendía  muere en Cien años de soledad. Así que ya se me quitó mi sensación de tipo debilucho.
En su ensayo Leer y escribir el escritor caribeño de origen hindú V.S. Naipaul, premio Nobel 2001, expresa claramente: "En mis fantasías de ser escritor no había idea alguna de cómo empezar realmente a escribir un libro. Supongo -no podía estar seguro- que en aquella fantasía había una vaga noción de que una vez escrito el primer libro, los demás seguirían como si tal cosa. Descubrí que no era así. No lo permitía el material. En aquellos primeros tiempos cada nuevo libro suponía enfrentarse con el antiguo vacío una vez más y volver al principio. Los libros posteriores surgieron como el primero, impulsado únicamente por el deseo de escribirlos, con una percepción intuitiva, inocente o desesperada de las ideas y los materiales, sin comprender plenamente a dónde podían llevarme. El conocimiento llegaba con la escritura. Con cada libro profundizaba en el conocimiento y en la emoción, y eso desembocaba en una forma de escritura diferente. Cada libro suponía una etapa en el proceso de descubrimiento, era irrepetible".
Lo peor que me sucede con aquella primea novela que intuí hace unos 40 años es que no se me olvida. Recuerdo todos los detalles, todos los olores, los sabores, los ruidos. Todo. Cada cierto tiempo toda aquella gente reaparece en sueños, más bien pesadillas. Regresan siempre. Hace unos pocos años fui a visitarlos. Después de 30 años sin vernos. Ella me reconoció enseguida. Ahora vivían en otra casa. Aquellos niños pequeños ahora son hombres con hijos. Y. No sé. Creo que viven dentro de mí y me persiguen hasta que un día me decida y empiece a escribir esa novela. Creo que tengo que decidirme y empezar.

lunes, 9 de febrero de 2015

SLOPPY JOE´S BAR

Buena parte de mi infancia la pasé en los bares. Mi padre tuvo un bar restaurante de 1949 a 1954. Se llamaba El Camagüey y estaba en un lugar céntrico de la ciudad de Pinar del Río. Nosotros vivíamos atrás, en una pequeña casita con un patio lleno de plantas y flores. Una de mis diversiones preferidas era salir al bar a mirar a la gente, conversar de lo que puede conversar un niño de tres o cuatro años, y bailar porque la victrola no paraba: boleros, mambo, cha cha chá todo el día. Trabajaba una sola camarera: Nena. Muy buena persona y muy eficiente. Pero muy fea y con unas gruesas gafas de miope. Creo que mi padre la escogió para enfatizar sin dejar lugar a dudas de que aquel no era un bar de putas.  Pinar del Río era una pequeña ciudad de provincia, con gente amable y amistosa y poco dinero circulando. Después, en 1954, el negocio quebró, y nos fuimos a Matanzas a vender helados Guarina. Mi padre obtuvo la franquicia de esa marca para toda la provincia. Era un depósito grande, lleno de neveras enormes, carritos de helados y una camioneta con nevera. Había espacio además para dos o tres automóviles usados que mi padre reparaba. Los dejaba como nuevos y los revendía. Era su segundo negocio. Yo tenía que barrer y limpiar todas las tardes aquella nave enorme. Y además secaba y ordenaba los cartuchos de papel grueso en que venían envasados los helados. Cientos de cartuchos cada día que yo reciclaba (término que no se usaba en aquella época). Después los vendía en algunas fruterías cercanas y sacaba un dólar por cada cien cartuchos. Mi padre siempre insistía en inculcarme una disciplina de trabajo.
A una cuadra estaba el Sloppy Joe´s Bar de Matanzas. En la calle Magdalena entre Contreras y Manzano. A media cuadra empezaba La Marina, el barrio de las putas, que se extendía a lo largo de la margen derecha del río Yumurí. Era un bar con mucho swing. Se parecía a El Camagüey. Nada de glamour sofisticado ni decoraciones. Todo lo contrario. Un bar común y corriente pero con un aura muy especial. Con una clientela de marineros de todo el mundo, estibadores del puerto y putas. Más la gente normal del barrio. Era grande, amplio, con una barra larga al fondo y un solo bartender siempre sonriente que se deslizaba ligero y eficaz. Mi padre me llevaba por las tardes. Preparaban unas galletas de soda con jamón español, queso y pepinillos que no cabían en la boca. Eran enormes. En un rincón había un puesto para vender periódicos, revistas y muñequitos (después se llamarían comics). Y ahí encontré mi lugar. Aquellas galleticas "preparadas" más los comics. Fue una gran infancia. En el puesto se podía cambiar comics usados si añadías cinco centavos a cada cuaderno. Era un buen negocio. Yo vendía helados con mi padre, más los cartuchos de papel. Así ganaba algún dinero para invertirlo en comics sobre todo. Creo que leía un promedio de veinte comics diarios.
Después pasaron los años y por las tardes hacía tiempo sentado por allí -ya era uno más del barrio- para mirar y admirar a una mujer bellísima, muy parecida a Anna Magnani, que sobre las cinco de la tarde aparecía, sin prisas, caminando lentamente. Era una belleza de mujer, trigueña, con el pelo negro y largo, un vestido strapple bien apretado,  ojeras negras y profundas y una expresión dura y cansada en el rostro. Supongo que tenía muchos clientes y siempre estaba extenuada. Era atractiva-destructiva. Han pasado más de 50 años y no se me olvida. Cada vez que puedo la menciono. Aparece en muchos de mis textos, como un fantasma que me persigue. En el dedo índice tenía siempre enganchado un aro con la llave de su casa y le daba vueltas ostensiblemente. Gesto muy vulgar pero efectivo para indicar que tenía el cuarto disponible y quizás incluido en el precio.
Yo era un niño de diez años más o menos. Después avanzó la década de los ´60. Cerraron los bares, se aplicó una especie de Ley Seca, se acabaron los comics y las galleticas preparadas. Prohibieron la prostitución y muchas cosas más. Hubo bastante hambre en esa década. La gente se iba masivamente del país. Los tiempos se pusieron frenéticos y ruidosos. Los cambios fueron brutales. En todo. Todo, absolutamente todo, cambió. A mí me llevaron a un largo servicio militar en 1966.
Años después me enteré de que existieron tres Sloppy Joe´s Bar. Uno en Cayo Hueso, Florida, muy famoso, con Hemingway incluido. Otro en La Habana. Y el de Matanzas. El de La Habana lo reabrieron hace poco. Está a unos pasos del Parque Central. Tiene un letrero que asegura que lo inauguraron en 1917 y que es el primero de todos los Sloppy Joe. Ahora tiene unos precios prohibitivos, un aire de grandeza sofisticada y a uno le parece que ha entrado a un escenario teatral y no a un bar. Entran turistas incautos que no saben nada de nada. Nunca segundas partes fueron buenas. Y supongo, más bien espero, que el Sloppy Joe de Matanzas no lo reabran nunca  jamás. Ya no tiene sentido. Sería como si en Pompeya intentaran que la ciudad funcione de nuevo.