Aquí les dejo algunas fotos del libro LA SEDUCCION DE LA MIRADA, que comenté en una entrada anterior.
Mi casa
© Héctor Garrido
sábado, 28 de marzo de 2015
lunes, 9 de marzo de 2015
UN LIBRO IMPRESCINDIBLE
En unas pocas tiendas especializadas de La Habana se está vendiendo en estos días una primera y limitada edición de un libro de arte hermoso y necesario: LA SEDUCCION DE LA MIRADA, Fotografía del cuerpo en Cuba, 1840-2013, de Rafael Acosta De Arriba, Ediciones Polymita, 2014.
Es un bellísimo y elegante volumen de 378 páginas con un conjunto de más de 400 fotos realizadas por fotógrafos cubanos. Un trabajo titánico elaborado con paciencia y perseverancia a lo largo de muchos años de investigación y coleccionismo.
Nunca antes se había hecho algo así. Es la primera colección exhaustiva de fotografías cubanas sobre el tema. Rafael ha centrado su indagación en artistas que dan una visión propia, creativa, original, sobre el cuerpo humano. Saltar de ahí al porno es una tentación fácil (recuerdo a Araki, por ejemplo) pero ese facilismo comercial Rafael lo evade y se mantiene dentro de un rigor estético punzante y que, a saltos, provoca escalofríos.
Sin dudas un libro poético, audaz, que llena un vacío en un país especialmente sensual. Un país mestizo donde es tan importante la belleza del cuerpo, la sexualidad y el erotismo como expresión de nuestras raíces más auténticas.
Si consigo los permisos de reproducción, en las próximas semanas colocaré en este blog una pequeña muestra de estas fotos. Y será mejor que seguir escribiendo ahora. Para hacer cierto aquello de que una imagen vale por mil palabras. Así que por ahora quedamos en suspenso.
lunes, 2 de marzo de 2015
LOS TAMBORES YORUBA
Los tambores empezaron a sonar el viernes por la mañana. Y debían silenciarse el lunes. Incesantes. Los negros no se cansaban. Todos los toques, para todos los orishas y los santos del monte y del panteón yoruba. Mis padres eran campesinos blancos, de Pinar del Río. No sabían nada de religiones de esclavos africanos. Habíamos llegado pocos días atrás a Matanzas, zona de cultura mestiza total. En Matanzas se encuentra de todo en cuanto a religiones y creencias. Nosotros vivíamos en una sola habitación pequeña, al fondo de un solar, o cuartería, (o corrala, en Madrid), en la calle Velarde. Era un barrio duro y pobre pero no había dinero para pagar algo mejor. A la entrada del solar, en un cuarto privilegiado porque tenía puerta directa a la calle (se le llamaba "asesoria" no sé de dónde venía esa palabra), vivía un babalao (sacerdote) famoso. Hacía el santo a militares de alto rango y a gente adinerada. Por eso aquellas fiestas de iniciación eran a todo trapo. Los tambores no se callaban y todo el que pasara por la calle tenía que entrar a saludar, comer y beber. No se podía pasar de largo e ignorar aquello. Toda esa parafernalia comenzaba siempre un viernes y terminaba el lunes.
Mi padre vendía helados. Lejos de casa. En el otro extremo de la ciudad. Yo tenía apenas cuatro años. Mi hermano tres. Mi madre se aterró cuando -por el patio- vio parte de los sacrificios de animales (chivos, gallos, gallinas, palomas, carneros, jicoteas, etc) en medio de violentas liturgias de cantos y bailes africanos, con machetes, sangre abundante y todo lo demás. Era un mundo, todo un universo, incomprensible para ella, que era católica. Aquello le pareció algo infernal y diabólico. Se aterró, lógicamente.
La noche del viernes no nos dejaba dormir. Los tambores sonando sin cesar. Mi madre nos encerró en el cuarto y nos leía incesantemente lo único que tenía a mano, supuestamente para entretenernos: un comic basado en la novela El potro salvaje, de Zane Grey. ¿Cuántas veces lo leyó? No sé. Millones de veces. Habitualmente nos dormíamos sobre las nueve de la noche. Mi padre llegó como siempre, sobre las dos de la madrugada. Y se asombró cuando encontró a los niños despiertos, convertidos en dos zombis. Nos caíamos de sueño. Esa noche y aquella novela de Zane Grey no la olvido jamás. Supongo que las noches de sábado y domingo todos emigramos hacia el negocio de mi padre para huir de aquella locura.
Yo, en cambio, me sentía atraído. Recuerdo que en algún momento me acerqué a la fiesta y estuve curioseando entre tanta gente borracha y con ataques porque algunos "pasaban" muertos. Son espíritus que se encarnan y hacen temblar a la gente como si recibieran corrientazos de 440.
No tenía miedo alguno. Al contrario. Me sentía en mi medio natural. Hoy sigo pensando que son liturgias poéticas, imaginativas, viscerales y extremas, como sucede en casi todas las religiones fundacionales. Así que comí dulces, saludé en el altar tocando una campanita, lo miré todo sin prisa, y regresé a casa a contar mi aventura. Mi madre quería darme un purgante y me azotó duro con una chancleta de palo: "¡Eres muy atrevido y muy curioso! ¿Por qué hiciste eso?". Ahora que lo pienso, fue la primera censura que sufrí en mi vida por contar las cosas duras y molestas que suceden a mi alrededor. Aunque había algo más: se decía que alguna secta robaba niños para matarlos y ofrecerlos en sacrificio a sus dioses. Y en efecto, después he sabido de algunos casos reales de este tipo, que por supuesto, jamás llegan a la aburrida y rutinaria prensa cubana y casi nadie se entera. Así que el terror de mi madre no era gratuito.Y para colmo unos días después aquel babalao fue a mi casa y le propuso a mi madre:
-Señora, yo no sé cuáles son sus creencias, pero este niño viene con una gran fuerza de nacimiento y va a ser alguien grande. Si le hacemos el santo vamos a ayudarlo...
Mi madre, patiseca, lo cortó:
-En esta casa somos católicos y no creemos en nada de eso.
-Está bien, señora. Sólo quiero decirle que si algún día se deciden yo quiero tener el privilegio de ser el padrino del niño y además lo pago todo. Ustedes no tiene que poner nada. Si no se le hace el santo pasará más trabajo porque el camino de él es de oro pero tiene muchas piedras. Piedras grandes y precipicios profundos. Pero va a ser alguien grande de todas maneras.
Han pasado 60 años de aquella profecía. No soy "alguien grande" pero han sobrado piedras, obstáculos y precipicios profundos. Así que parte de la profecía se ha cumplido rigurosamente. Y lo agradezco porque sortear tantos obstáculos en mi vida me ha puesto musculoso y me ha hecho ganar coraje. Si algo desprecio es a la gente timorata. Los que no se atreven.
martes, 24 de febrero de 2015
LA PRIMERA NOVELA
La primera novela que quise escribir fue una historia real que se desarrolló ante mis ojos a lo largo de varios años. Entre 1970 y 1980 más o menos, en un barrio pobre de las afueras de La Habana. Era la historia muy cruda de una muchacha bonita, inteligente, alegre y muy sexy. Fuimos novios y amantes muy lujuriosos y divertidos durante esos años. El relato se abría hacia su familia y algunos vecinos, estremecidos todos por situaciones inesperadas, inevitables y muy destructivas.
La pobreza, el subdesarrollo, la incultura y el azar se conjugaron como un pulpo gigante para atraparlos a todos, inmovilizarlos y destruirlos. Gente amable y sencilla destrozada. Es una historia apasionante aunque contada así parece una novela de Balzac.
Ahí nació el germen de toda mi obra: la pobreza, la miseria, el subdesarrollo hincando el diente y acabando con vidas que pudieron ser mejores y más fructíferas. Por supuesto, en esos años no sabía cómo escribir una novela. Hoy tampoco sé cómo se hace. Nadie sabe. He escrito poco. Unos cuantos libros de poesía y de cuentos y apenas cinco novelas. Pero sucede que cada novela es absolutamente diferente a las anteriores.Así que le doy largas durante años y años. No me atrevo a empezar porque es como entrar en un camino desconocido por un bosque muy tupido y sin señales donde me voy a perder. Un camino que no sé adonde conduce. No tengo ni idea de qué puede pasar. Y eso me crea mucha incertidumbre y me aterra. Hasta que al fin reúno fuerza para empezar y seguir adelante, agónicamente, día tras día. Escribir una novela es muy duro. Creo que le pasa a muchos escritores. En estos días estoy releyendo un best seller de 1982: El olor de la guayaba, en el que Plinio Apuleyo Mendoza entrevista a García Márquez. Este último insiste sobre los muchísimos años que le llevó rumiar todos sus libros, sin poder empezar porque no sabía cómo. Habla de 18 años para Cien años de soledad y 17 años para El otoño del patriarca. Y tiempos similares para los otros.
Digo que es agónica la escritura de una novela porque hay que convivir con el desasosiego, la incertidumbre, los miedos y penurias de un grupo de gente situada al borde del abismo, en situación límite. Y a veces esa maldita compañía se prolonga hasta 2 años. O más. Cualquiera puede enloquecer. Yo terminé llorando cuatro días cuando escribía el final de El Rey de La Habana. Pensé que era una debilidad mía. Mi lado femenino actuando. Pero ahora me entero de que García Márquez se echó a llorar horas y horas cuando el viejo coronel Aureliano Buendía muere en Cien años de soledad. Así que ya se me quitó mi sensación de tipo debilucho.
En su ensayo Leer y escribir el escritor caribeño de origen hindú V.S. Naipaul, premio Nobel 2001, expresa claramente: "En mis fantasías de ser escritor no había idea alguna de cómo empezar realmente a escribir un libro. Supongo -no podía estar seguro- que en aquella fantasía había una vaga noción de que una vez escrito el primer libro, los demás seguirían como si tal cosa. Descubrí que no era así. No lo permitía el material. En aquellos primeros tiempos cada nuevo libro suponía enfrentarse con el antiguo vacío una vez más y volver al principio. Los libros posteriores surgieron como el primero, impulsado únicamente por el deseo de escribirlos, con una percepción intuitiva, inocente o desesperada de las ideas y los materiales, sin comprender plenamente a dónde podían llevarme. El conocimiento llegaba con la escritura. Con cada libro profundizaba en el conocimiento y en la emoción, y eso desembocaba en una forma de escritura diferente. Cada libro suponía una etapa en el proceso de descubrimiento, era irrepetible".
Lo peor que me sucede con aquella primea novela que intuí hace unos 40 años es que no se me olvida. Recuerdo todos los detalles, todos los olores, los sabores, los ruidos. Todo. Cada cierto tiempo toda aquella gente reaparece en sueños, más bien pesadillas. Regresan siempre. Hace unos pocos años fui a visitarlos. Después de 30 años sin vernos. Ella me reconoció enseguida. Ahora vivían en otra casa. Aquellos niños pequeños ahora son hombres con hijos. Y. No sé. Creo que viven dentro de mí y me persiguen hasta que un día me decida y empiece a escribir esa novela. Creo que tengo que decidirme y empezar.
lunes, 9 de febrero de 2015
SLOPPY JOE´S BAR
Buena parte de mi infancia la pasé en los bares. Mi padre tuvo un bar restaurante de 1949 a 1954. Se llamaba El Camagüey y estaba en un lugar céntrico de la ciudad de Pinar del Río. Nosotros vivíamos atrás, en una pequeña casita con un patio lleno de plantas y flores. Una de mis diversiones preferidas era salir al bar a mirar a la gente, conversar de lo que puede conversar un niño de tres o cuatro años, y bailar porque la victrola no paraba: boleros, mambo, cha cha chá todo el día. Trabajaba una sola camarera: Nena. Muy buena persona y muy eficiente. Pero muy fea y con unas gruesas gafas de miope. Creo que mi padre la escogió para enfatizar sin dejar lugar a dudas de que aquel no era un bar de putas. Pinar del Río era una pequeña ciudad de provincia, con gente amable y amistosa y poco dinero circulando. Después, en 1954, el negocio quebró, y nos fuimos a Matanzas a vender helados Guarina. Mi padre obtuvo la franquicia de esa marca para toda la provincia. Era un depósito grande, lleno de neveras enormes, carritos de helados y una camioneta con nevera. Había espacio además para dos o tres automóviles usados que mi padre reparaba. Los dejaba como nuevos y los revendía. Era su segundo negocio. Yo tenía que barrer y limpiar todas las tardes aquella nave enorme. Y además secaba y ordenaba los cartuchos de papel grueso en que venían envasados los helados. Cientos de cartuchos cada día que yo reciclaba (término que no se usaba en aquella época). Después los vendía en algunas fruterías cercanas y sacaba un dólar por cada cien cartuchos. Mi padre siempre insistía en inculcarme una disciplina de trabajo.
A una cuadra estaba el Sloppy Joe´s Bar de Matanzas. En la calle Magdalena entre Contreras y Manzano. A media cuadra empezaba La Marina, el barrio de las putas, que se extendía a lo largo de la margen derecha del río Yumurí. Era un bar con mucho swing. Se parecía a El Camagüey. Nada de glamour sofisticado ni decoraciones. Todo lo contrario. Un bar común y corriente pero con un aura muy especial. Con una clientela de marineros de todo el mundo, estibadores del puerto y putas. Más la gente normal del barrio. Era grande, amplio, con una barra larga al fondo y un solo bartender siempre sonriente que se deslizaba ligero y eficaz. Mi padre me llevaba por las tardes. Preparaban unas galletas de soda con jamón español, queso y pepinillos que no cabían en la boca. Eran enormes. En un rincón había un puesto para vender periódicos, revistas y muñequitos (después se llamarían comics). Y ahí encontré mi lugar. Aquellas galleticas "preparadas" más los comics. Fue una gran infancia. En el puesto se podía cambiar comics usados si añadías cinco centavos a cada cuaderno. Era un buen negocio. Yo vendía helados con mi padre, más los cartuchos de papel. Así ganaba algún dinero para invertirlo en comics sobre todo. Creo que leía un promedio de veinte comics diarios.
Después pasaron los años y por las tardes hacía tiempo sentado por allí -ya era uno más del barrio- para mirar y admirar a una mujer bellísima, muy parecida a Anna Magnani, que sobre las cinco de la tarde aparecía, sin prisas, caminando lentamente. Era una belleza de mujer, trigueña, con el pelo negro y largo, un vestido strapple bien apretado, ojeras negras y profundas y una expresión dura y cansada en el rostro. Supongo que tenía muchos clientes y siempre estaba extenuada. Era atractiva-destructiva. Han pasado más de 50 años y no se me olvida. Cada vez que puedo la menciono. Aparece en muchos de mis textos, como un fantasma que me persigue. En el dedo índice tenía siempre enganchado un aro con la llave de su casa y le daba vueltas ostensiblemente. Gesto muy vulgar pero efectivo para indicar que tenía el cuarto disponible y quizás incluido en el precio.
Yo era un niño de diez años más o menos. Después avanzó la década de los ´60. Cerraron los bares, se aplicó una especie de Ley Seca, se acabaron los comics y las galleticas preparadas. Prohibieron la prostitución y muchas cosas más. Hubo bastante hambre en esa década. La gente se iba masivamente del país. Los tiempos se pusieron frenéticos y ruidosos. Los cambios fueron brutales. En todo. Todo, absolutamente todo, cambió. A mí me llevaron a un largo servicio militar en 1966.
Años después me enteré de que existieron tres Sloppy Joe´s Bar. Uno en Cayo Hueso, Florida, muy famoso, con Hemingway incluido. Otro en La Habana. Y el de Matanzas. El de La Habana lo reabrieron hace poco. Está a unos pasos del Parque Central. Tiene un letrero que asegura que lo inauguraron en 1917 y que es el primero de todos los Sloppy Joe. Ahora tiene unos precios prohibitivos, un aire de grandeza sofisticada y a uno le parece que ha entrado a un escenario teatral y no a un bar. Entran turistas incautos que no saben nada de nada. Nunca segundas partes fueron buenas. Y supongo, más bien espero, que el Sloppy Joe de Matanzas no lo reabran nunca jamás. Ya no tiene sentido. Sería como si en Pompeya intentaran que la ciudad funcione de nuevo.
lunes, 26 de enero de 2015
BAELO CLAUDIA
La primera vez que vi unas ruinas romanas in situ fue en el verano de 1994. Baelo Claudia, una pequeña ciudad a orillas del Mediterráneo, que cayó en desgracia en el siglo II de nuestra era. Yo visitaba el caserío aledaño, en la playa de Bologna. Esto es a medio camino entre Cádiz y Tarifa, al sur de España. Al frente, a sólo 14 kilómetros, Africa, los montes Atlas. Baelo Claudia vivía básicamente de la pesca del atún en los meses de verano. En esa época se llenaba de trabajadores, de pescadores, artistas, músicos, putas (había una zona de burdeles y tabernas), comerciantes ambulantes, etc. Todos atrás del dinero. Enviaba a Roma pescado salado y salsa garum, una exquisitez, un lujo como hoy puede ser el caviar.
Estuve allí acompañado por B, impetuosa y frenética malagueña. Uno de esos romances vertiginosos que mueren rápido, asfixiados por el caos y la demencia. Duran apenas unas semanas, tiempo suficiente para el frenesí sexual. Locura de sexo todo el día saturado con alcohol y otras sustancias. Fue la etapa más convulsa de mi vida. La más venenosa y paranoica. Los años ´90 fueron una prueba difícil para los cubanos. En noviembre 1989 cayó el Muro de Berlín, en 1991 se desmoronó la URSS y se acabó el comunismo. Debacle total en Cuba. En mi caso se agregaba un huracán personal con tres muertes de seres queridos y un divorcio esquizofrénico.
En medio de esos terremotos conocí a B y me fui con ella a Málaga. B tenía doce años menos que yo, le metía al alcohol y a todo lo demás en la misma costura. Yo no me quedaba atrás, y éramos un manojo de nervios muy nerviosos.
En algún momento de julio logramos aclararnos un poco y nos fuimos cuatro días a Bologna. El agua helada aunque había sol. No podía nadar. Y tampoco podía pasar todo el día retozando en la cama. Me escapaba a las ruinas arqueológicas. Hoy en día (acabo de estar allí de nuevo en mi cuarta o quinta visita) está cercado, han construido un museo, tienen un programa serio y metódico para seguir excavando y han diseñado un recorrido bien señalizado para los visitantes. Todo eso lo han hecho en los últimos 20 años. En 1994 era mucho menos. Unos cuantos arqueólogos trabajando con ahínco. Yo -no recuerdo cómo- me hice amigo de uno de los arqueólogos, que me explicó todo lo que sabía del lugar hasta ese momento. Un pequeño curso básico sobre cultura romana. Después, hacia la una, nos íbamos a un chiringuito en la playa a comer sardinas a la brasa y a tomar cervezas. Por suerte siempre surgen amigos en lugares inesperados, que me salvan de las brujas y me ayudan a encontrar el norte de nuevo.
En esos días aprendí algo esencial: las cuencas del Mediterráneo y el Caribe han funcionado siempre con mecanismos muy parecidos de intercambios e influencias culturales recíprocas. Comprender a fondo las estructuras sociales, políticas, económicas, etc, de estas primeras ciudades nos ayuda a desmenuzar los rígidos esquemas y etiquetas que tanto gustan a los investigadores. Y sobre todo, nos ayuda a comprender que la historia es un continuum y nunca compartimientos estancos. Así que un pescador actual de Cuba se puede parecer demasiado en todo a uno de aquellos pescadores de Baelo Claudia, para poner un ejemplo.
Además, hay cierta similitud entre un escritor y un arqueólogo. Un escritor facilita un flujo contínuo de ideas a sus lectores para ayudar a estos a desarrollar mejor su propio proceso civilizatorio. La labor esencial de un escritor no es entretener, sino proporcionar material a los lectores para ayudarlos a crear criterios propios.
El trabajo del arqueólogo es investigar y relacionar con sagacidad y talento los vestigios que encuentran (casi siempre muy escasos) y de ese modo explicar aproximadamente la vida cotidiana de la gente que vivió en el lugar. Una labor paciente, creativa y singular. Aquel arqueólogo amigo me dijo algo muy simpático: "A veces vengo aquí por las noches. Solo. Y me siento entre estas piedras. Espero que algún espíritu se apiade de mí y me cuente algo interesante. Pero nada. Es inútil. no aparecen". Era un chiste. Pero no tanto.
lunes, 19 de enero de 2015
SOMOS UNA PLAGA
Mis abuelos tuvieron 9 hijos. Cada pareja. En cada casa murió uno. Menos mis padres. Resultado: tengo 14 tíos. Esos tíos tuvieron, cada uno, de 3 a 5 hijos. Nunca los he contado pero tengo alrededor de 60 primos. Ya mi generación se contuvo más. Y tuvimos dos hijos como promedio. Y esos niños ahora tienen un hijo o ninguno. Esa disminución demográfica se ha registrado no sólo en mi familia sino en toda Cuba, hasta en la zona oriental, donde son extremadamente alegres y prolíficos. Ya este año Cuba ingresa en un fenómeno que los demógrafos llaman "inversión negativa", es decir que cada año mueren más personas de las que nacen.
Antes ha sucedido en casi todos los países europeos y en algunos de otros continentes. Por supuesto, los gobiernos se aterran en cuanto esto sucede porque ven surgir dos amenazas: Unos pocos jóvenes trabajando para mantener a muchos viejos. Y lo peor: No hay que ser experto en matemática para comprender que a la larga el país en cuestión se extinguirá hasta desaparecer. Entran en pánico y adoptan varias medidas para ayudar a "solucionar" el problema. Dos de esas medidas: extender la edad de jubilación, lo cual no está mal porque ahora vivimos más y con mejor calidad de vida. Y la idea supergenial: ayudas económicas abundantes a las madres que tengan más hijos. Entonces ahora vemos en los aeropuertos a algunas alemanas y noruegas con cinco hijos alborotando alrededor y ella preñada con un gran barrigón, cansada y aburrida de todos esos niños. Total, da igual. El Estado lo paga todo. Para mí es patético y contraproducente. Además de que me apena la cara de extenuación total de esas mujeres.Los políticos siempre actúan así. Quieren resolver los problemas en 4 años, obtener resultados en pocos meses y utilizar esos "éxitos" en su próxima campaña para ser reelegidos. Porque todos quieren ser reelegidos. He leido por ahí que la política es el mejor negocio del mundo. Las consecuencias posteriores les importan un bledo. El que viene atrás que invente su maquinaria.
Hay lugares donde sucede lo contrario. Africa, por ejemplo, es hoy un desastre. Cada mujer tiene como promedio 5,8 hijos. ¿Por qué? Por tradición, por falta de anticonceptivos, por incultura, por desinformaciòn, por no saber, por analfabetismo, por no poder acceder a clínicas donde puedan abortar, porque el marido no tiene mucho más que hacer que montarla dos o tres veces al día, es lo que le toca al macho, tener a la mujer siempre preñada y metida en la casa.
En los últimos años se han publicado numerosos libros muy acertados sobre el tema y todos los autores coinciden en que el principal problema de la humanidad hoy es el exceso de población. De ahí surge todo lo demás. Demasiada gente con necesidad de agua potable, alimentos, viviendas, escuelas, hospitales, trabajo, transporte, etc.
Yo lo comparo con una familia. Viven mejor en un apartamento promedio de cualquier ciudad del mundo una familia de tres o cuatro personas que si son 12 en ese mismo espacio. Eso mismo le sucede al planeta. Demasiada gente. Somos una plaga. Acabamos con todo, como estupendos depredadores que somos.
Creo que la mejor solución es educar. Hacer comprender a las parejas mediante la información sistemática que es contraproducente tener más de dos hijos. Y por supuesto, como se ha hecho en Cuba desde hace décadas, facilitarles anticonceptivos gratuitos, derecho total al aborto también gratis. Y pedirles que por favor no escuchen a los religiosos irresponsables y demagogos que están en contra del aborto. Es la mejor solución, con resultados efectivos a mediano y largo plazo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

.jpg)


.jpg)