Mi casa

Mi casa
© Héctor Garrido

miércoles, 16 de mayo de 2018

TOM WOLFE

Aquí estoy en julio de 1990 en el border México-USA. Mi pie izquierdo está en USA y el derecho en Aztlán. Esto es en las afueras de Mexicali, la ciudad dividida. La fracción norteamericana se llama Calexico. Yo tenía 40 espléndidos años y me había ido a México DF, invitado a una bienal de performances y poesía visual-experimental. Me sobraron 200 dólares de un dinero de bolsillo que me habían dado.   Decidí viajar al norte en autobuses,  quedándome con los amigos, y con los amigos de los amigos. Fue un viaje tremendo. Quizás algún día me decido y escribo un libro con todos los detalles y el asombro y la magia que surgió ante mí en aquellos días. Fue un momento decisivo, me marcó a fondo y cuando regresé a La Habana todo cambió en mi vida y ya nada fue igual que antes. 
Ahora seré breve.  Una tarde en Tijuana, aburrido y con mucho calor, miraba frijoles saltarines. El movimiento fuerte era por las noches y las madrugadas, con algunos amigos y con una stripper que era mi novia, para decirlo de algún modo. Los frijoles estaban en una tienducha donde tenían de todo. En una mesa había una tonga de libros usados. Creo que los vendían a tres por un dólar. Entre ellos vi El nuevo periodismo, de Tom Wolfe. La edición de Anagrama de 1977, en la colección Contraseñas. Y sin pensarlo dos veces lo escondí debajo de la camisa y me lo robé. Por cierto, ahora no lo encuentro en mi biblioteca así que, obvio, alguien me lo robó. Ladrón que roba a otro ladrón tiene cien años de perdón.  
Esa misma tarde empecé a leerlo. Y me abrió los ojos.  Hacía 17 años que trabajaba como periodista en Cuba. Para alejarme de las rutinas aburridas del oficio, escribía crónicas cada vez que podía. Crónicas muy literarias. Casi cuentos. Tom Wolfe, como todo lo norteamericano, estaba prohibido en mi país. Así  como el concepto de "Nuevo periodismo". Por razones obvias. Quizás "prohibido" no es la palabra exacta. En la Escuela de Periodismo de La Universidad de La Habana, no se mencionaba nada de esto. No existía. Aunque, para ser justo, años  después hicieron una pequeña edición de este libro. En fin, al leer  el ensayo de Wolfe y los textos, aprendí a mezclar conscientemente  recursos de la escritura de ficción con las técnicas del periodismo. 
En el border tomé notas para escribir algunos reportajes. A mi regreso a La Habana escribí 8 crónicas de México. Muy fuertes. En la revista donde trabajaba publicaron tres. La directora me dijo: "No podemos publicar ni una más. La Embajada de México se va a quejar".
¿Qué pasó? Que el libro de Tom Wolfe fue como ácido directo en la yugular. Me contaminó. Ya nunca fui el mismo periodista de antes. Y unos años después, en septiembre de 1994, empecé a escribir los cuentos que en 1998 se publicarían, también en Anagrama, como Trilogía sucia de La Habana. Aunque  fue en Corazón mestizo (Planeta, 2007), un viaje antiturístico por Cuba, donde empleé más a fondo las técnicas del Nuevo Periodismo.
Ahora, el pasado lunes 14 de mayo 2018, Tom Wolfe murió en NYC, con 87 años. Lo recuerdo como un Maestro. Para mí fue tan importante como leer a Truman Capote, a Norman Mailer, a John Dos Passos, a Gay Talese,  a unos pocos más. Siempre lo reconozco tranquilamente: Invento lo menos posible en mis libros. Todo lo tomo de la realidad circundante y de mi propia vida. Lo amaso todo con un aderezo mínimo y de ahí sale algo nuevo y potente. Con uso conciso del idioma. Sin derrochar palabras, sin perder tiempo en explicaciones, sugiriendo apenas para que el lector tenga que poner de su parte. El uso preciso del idioma lo aprendí sobre todo en una agencia cablegráfica de noticias donde trabajé de 1980 a 1988. Así que los libros que nos ha dejado Tom Wolfe son un regalo maravilloso que debemos agradecer.

martes, 1 de mayo de 2018

EL OLOR DEL AZUCAR

Aquí estoy en La Habana Vieja, concretamente en la Avenida del Puerto, en una de las locomotoras antiguas que ha rescatado la Oficina del Historiador de La Ciudad. Creo que son unas 200 máquinas ya restauradas y protegidas  como patrimonio histórico.
El principal recuerdo que me traen estas máquinas es un intenso olor dulzón a azúcar prieta (sin refinar) acabada de fabricar y todavía pegajosa. Yo vivía en Matanzas, en la calle Pavía, frente a la bahía. Los trenes hacia el puerto, cargados de azúcar en sacos o a granel, procedentes de los centrales azucareros, pasaban a escasos diez metros frente a  mi casa. Y dejaban una estela de olor dulce del azúcar mezclado con el olor característico del carbón de hulla o carbón de piedra. 
Tengo una memoria olfativa especial, quizás igual que todos,  pero a mí me  parece especial porque activa siempre una cadena de recuerdos. A partir de un olor y un recuerdo vienen otros y otros. Es como una autobiografía invisible. Absolutamente invisible ya que no se basa en documentos ni nada material. Es sólo un recuerdo guardado en ciertas zonas del cerebro. Aunque no veo todo esto desde un punto de vista científico, sino poético. Son maravillosos recuerdos poéticos. Fragmentos de mi vida, trozos olvidados que regresan cuando los olores destapan algo. En literatura creo que quien mejor utilizó esto fue Patrick Suskind con su estupenda novela El perfume donde los olores son tan protagonistas como el psicópata que centra la historia.  Recuerdo con alta precisión los olores  de algunas mujeres, de lugares donde he trabajado, de ciudades específicas, de casas donde he vivido. A veces sueño con olores. Muchas veces son los olores de una mujer -más que la vista o el tacto- los que  excitan y descontrolan mi líbido.  Y así las asociaciones de ideas son interminables. Infinitas como el Universo. Del olor dulzón del azúcar recién hecha y el ruido de las locomotoras yo pasaba a los olores del barrio de La Marina, el barrio de las putas, a una cuadra de mi casa.
Hace unos días el periodista Ciro Bianchi me invitó a su tertulia en el Centro Dulce María Loynaz, en La Habana.  Hablamos de mis libros, y de Matanzas, mi ciudad natal. En algún momento me comentó que necesitaba información sobre el barrio de La Marina pero al parecer no hay nada escrito. Y le contesté: "Era el barrio de las putas así que encontrarás muy poco o nada". Yo recuerdo que mis padres me prohibían tajantemente entrar en ese barrio, que empezaba en la esquina de las calles Magdalena y Manzano y se extendía hacia la ribera derecha del río Yumurí. En el siglo XIX era una zona pantanosa y muy insalubre, de mangles, cangrejos y mosquitos. Aquí vinieron a asentarse los negros y negras esclavas libertos  en las haciendas azucareras a partir del 7 de octubre de 1886 cuando se abolió la esclavitud. Por supuesto, se creo allí un barrio de gente paupérrima, sin oficios, sin estudios, sin recursos económicos.
Mis incursiones en La Marina, a escondidas para que mis padres no se enteraran, fueron frecuentes. Me  atraía aquel lugar tan diferente a nuestro barrio de clase media. Allí los olores pasaban del olor intenso a comida de una fonda de chinos a los muy desagradables de zanjas y fosas rebosantes de aguas negras y el olor a pudrición de la orilla del río. Después, en 1959, la Revolución prohibió la prostitución y el barrio poco a poco cambió. Ahora hay desde 1996 un proyecto para intentar una mejoría de las condiciones de vida que todavía dejan mucho que desear. Y así podría seguir de un olor a otro, de un recuerdo a otro. Ahora le toca a Los Muñekitos de Matanzas, el genial grupo de guaguancó que funciona desde 1956, con quienes tanto bailé en los carnavales, todos ellos vivieron siempre en La Marina. Y así.  Mi catálogo de olores  es interminable. Un largo y hermoso poema.

martes, 24 de abril de 2018

EL TEATRO SHANGAY Y CONFUCIO

Esta foto la tomé ayer en el Barrio Chino de La Habana. Es el Parque Confucio (551 a.C - 479 a.C.), con una estatua de bronce del gran pensador  chino. Lo curioso es que el  modesto parque lo hicieron en el pedazo de terreno que ocupó hasta los años '60 del siglo pasado el mítico Cine Teatro  Shangay. Está en la esquina de las calles Zanja y Campanario. Era un teatro porno y un antro de vicio y perversión. Quizás por eso atraía a todos, desde simples chinos que entraban a pajearse hasta Ava Gardner y  muchos otros famosos de la época. No hay nada o casi nada escrito sobre este lugar. Es una memoria urbana que se disuelve en el tiempo.  Al parecer el teatro fue creado por los chinos del barrio a fines del siglo XIX para exhibir obras del teatro cantonés. Después hacia la segunda década del siglo XX fue comprado por un cubano y convertido en algo más comercial, divertido y libertino, como correspondía al ambiente habanero de aquella época. Empezó con variedades musicales y muy rápido subió de tono.  En esa época cientos de mujeres francesas venían a La Habana para trabajar directamente de prostitutas, lo cual también, convenientemente, han olvidado nuestros remilgados historiadores. Asi que las francesas aportaron algo del picante del Moulin Rouge. Lo cierto es que me molesta esa actitud burguesa y elitista de los historiadores cubanos. ¿Realmente piensan que un país sólo está construído por héroes y guerreros de machete en mano? ¿Y la gente humilde dónde la dejan? ¿No tienen historia las putas, los fracasados, los  ludópatas, los locos?
Hace más de diez años estuve buscando información sobre este teatro. La necesitaba para mi novela Nuestro GG en La Habana. No hay libros, ni artículos, nada que entre en detalles. Finalmente un viejito de mi barrio, Centro Habana, me dijo algo concreto sobre los horarios, los precios, cómo funcionaba con películas porno toda la tarde y ya por la noche, después de las once, comenzaba el show porno. Mientras pasaban películas y la sala estaba oscura pululaban por allí muchachas muy jóvenes con un rollo de papel sanitario en la axila. Eso indicaba que por diez centavos podían masturbar a cualquiera. Nicolás, así se llamaba el viejito, me contó cómo era el show de Supermán y muchos más detalles. No tuvo reparos en contarme sus experiencias en aquel lugar. Pero tres días después murió de un ictus cerebral. Así que mi fuente de investigación antropológica me duró poco tiempo. Ahora en internet se encuentran retazos, pero nada  realmente sólido ni bien documentado. 
Más recientemente Sinesio Rodríguez, también vecino, y ya con ochenta y tantos años, me contó su experiencia allí, recién llegado a La Habana desde Santiago de Cuba, alrededor de 1950, encontró trabajo en la orquesta del teatro. Sinesio era saxofonista.  Me dijo: "Yo era muy joven e impetuoso. Lo que más me gustaba eran los stripteases, que eran completos. En esa época las mujeres no se rasuraban el pubis. Hacían una sesión de desnudos titulada "Un viaje alrededor del Mundo". Salía sucesivamente una china, una cubana blanca y una negra, una americana y una india, que en realidad era mexicana pero pasaba por hindú. A mí se me iba la vista y casi no miraba la partitura. Figúrate, los músicos, en el foso frente al escenario, estábamos en primera línea, a dos metros de cada mujer. Yo primera vez que veía algo parecido. En fin, que en una tarde me aprendí todas las partituras de memoria. Y ya. Resuelto el problema. Inolvidable. La que más me gustaba era la americana con sus pelos rubios, uff, qué belleza".
Hoy una frase de Confucio pintada en la pared del parque resume filosóficamente: "Cada cosa tiene su belleza, aunque no todos pueden verla".
De todos modos, insisto con los historiadores cubanos. Si alguno se decide a investigar el tema a fondo y escribir sin tapujos puede usar este título propio para un best seller: Vicio y perversión en el Shangay. Con ese título venderá libros como churros. Ahí lo dejo. Es un regalo. Pero tienen que darse prisa porque los viejitos y viejitas se están muriendo apresuradamente.
Aunque, quizás, y pensándolo mejor, a quien toca ese trabajo de registrar en los bajos fondos y en la suciedad de las alcantarillas, corresponde más a los escritores que  a los historiadores. Sospecho que es tarea más de escritores y en todo caso de antropólogos y sociólogos. En definitiva, la literatura es ante todo una maravillosa y perfecta memoria de cada pueblo. Por eso un país que se precie debe tener y cuidar a sus escritores audaces, que se atrevan, sin miedo. En fin, quien sea, pero lo cierto es que no hay ni una buena y profunda investigación sobre el apasionante barrio chino habanero, lo cual incluiría, claro, el teatro Shangay. Ya es hora de que algún audaz lo intente.

domingo, 22 de abril de 2018

EXTRATERRESTRES: AMABLES O FURIOSOS

 
   Cerca de tu casa hay otra casa. No sabes si está habitada o no. Pero la curiosidad te mata. No resistes la tentación y un buen día te decides. Vas y tocas a la puerta. Sólo quieres, ingenuamente, tener un gesto amable y, quizás, iniciar una buena amistad. De ese modo abres una Caja de Pandora con cuatro posibilidades: Uno, no hay nadie en casa, nadie responde, no pasa nada. Dos, hay alguien en casa pero se esconden y no abren la puerta, tampoco pasa nada. Tres, alguien abre, sonriente y amable, te recibe cordialmente y comienza una buena amistad. Y cuarta posibilidad: hay alguien en casa pero con pésimo humor, te abre la puerta, te mete un piñazo en la nariz y te golpea hasta dejarte casi muerto, encima va a tu casa y la incendia con toda tu familia dentro. Y todo empezó por tu apacible y bienintencionada idea de saludar a los vecinos.
     Esto último es lo que podría pasarnos a los terrícolas por estar enviando mensajes a ciegas hacia el espacio exterior intentando conectar con otras "civilizaciones inteligentes", según explicó Seth Shostak, director de SETI (Programa de búsqueda de civilizaciones inteligentes), dirigido por la NASA. De SETI se desprendió un grupo de disidentes que crearon METI International, un programa también de búsqueda pero mucho más activo ya que en noviembre 2017 dirigieron la primera señal a un exoplaneta potencialmente habitable: el conocido por GJ273b, a unos 12 años luz de la Tierra. En abril 2018 están emitiendo una segunda fase de transmisiones escrito en código binario. El mensaje incluye 33 melodías electrónicas y un tutorial científico y matemático. Se espera que sea recibido por los destinatarios el 11 de marzo de 2030. 
    Douglas Vakoch, director de METI explicó a la periodista Silvia Hernando, de El País, España, que "Intentamos entablar relación con alguna civilización que pueda encontrarse en una estrella cercana y quizás nos está escuchando a escondidas. Cualquier civilización con capacidad para hacernos daño ya podría haber detectado las señales de radio y televisión que se alejan de nuestro planeta desde hace un siglo. Así que los extraterrestres han tenido tiempo de sobra para aniquilarnos. Y no lo han hecho".
    Sus colegas de SETI piensan lo contrario. Al lanzar estos mensajes podríamos enojar a una cultura violenta y susceptible, que encima podría sacarnos millones de años de ventaja en términos evolutivos. "Además -dice Shostak- ¿qué le dices a alguien a quien no conoces y que ni siquiera es de tu especie?". Así que mejor es callarnos o seguir emitiendo señales al espacio sin un objetivo específico, desde el radio telescopio de Arecibo, en Puerto Rico (foto de arriba). Bueno, esta polémica entre los sesudos de SETI y de METI es por lo menos inquietante.
    Los soviéticos enviaron el primer mensaje de este tipo en noviembre de 1962. Después, en 1974 se envió el primer mensaje desde el gigantesco radiotelescopio de Arecibo, que todavía hoy sigue su camino hacia el cúmulo de estrellas M13, situadas a 25 mil años luz. En los últimos 50 años se ha enviado una decena de mensajes. Pero hasta ahora no hay respuesta. Quizás sea mejor que continúe ese silencio total.

lunes, 26 de marzo de 2018

PARÍS ERA MUJER



Aquí estoy en París frente a la mítica librería Shakespeare and Company, de Silvia Beach, con una hermosa historia. En realidad la librería original estaba en la calle Odeón, cerca de esta nueva versión, frente al Sena. Pero bueno, de algún modo es un recordatorio de aquel lugar trascendental. Acabo de leer París era mujer, de Andrea Weiss (Editorial Egales, Barcelona, 2017). Es un libro curioso y muy informativo sobre las mujeres que vivieron, crearon y se apoyaron entre 1900 y 1960 más o menos, en París. Concretamente en la orilla izquierda del Sena. Mujeres anticonvencionales, artistas, creadoras, periodistas, fotógrafas, editoras, casi todas lesbianas, que decidieron alejarse del poder patriarcal y vivir en completa libertad y sin ataduras. Por aquí pasan desde Gertrude Stein y Alice B. Toklas, Djuna Barnes, Silvia Beach y Colette, hasta otras menos conocidas y menos recordadas pero igual de atormentadas e impetuosas. El libro cuenta además con abundancia de fotos y documentos. Conocemos las biografías y la obra de muchas de estas mujeres pero lo interesante es que este libro nos presenta las relaciones íntimas, personales, entre ellas. Los amoríos, decepciones, roturas, infidelidades, los triunfos y derrotas. Todo. O casi todo. Y cómo se apoyaron unas a otras para publicar sus libros y llevar adelante sus proyectos. Unas hipermillonarias como Peggy Gugenheim y otras sin un centavo como Djuna Barnes.
El libro es fruto de una larga y copiosa investigación que realizaron Weiss y Greta Schiller para el documental París era una mujer, en los años '90. Lo cierto es que en las primeras seis o siete décadas del siglo XX no sólo fueron estas mujeres -casi todas norteamericanas- con criterios propios y en busca de su verdadera identidad, quienes se escaparon del férreo control y asfixiante poder patriarcal y protestante (wasp) de sus familias. No sólo ellas. También lo hicieron hombres escritores y creadores como Truman  Capote, Gore Vidal, Hemingway, Paul Bowles, William Burroughts, y muchos más. Unos buscando satisfacer sus gustos homosexuales, otros como Hemingway, Henry Miller, Saul Bellow, etc, buscando espacios culturales más libres, aventuras, expansión, guerras y aire fresco renovador.
Fueron tiempos marcados por la necesidad de romper con atavismos anquilosantes, que de algún modo implicaban censura para estos espíritus rompedores y vigorosos. Aquellas mujeres y hombres inconformes y siempre obstinados y tercos jugaron un papel al abrir nuevos caminos. Ellos sabían que la libertad hay  que buscarla y desplegarla por uno mismo porque censura y obstáculos  hay en demasía en cada época y en cada lugar.
Creo que es lo que siempre hacemos los creadores. Romper, demoler, construir algo nuevo. Las artes evolucionan gracias a la persistencia de los herejes que se atreven a desafiar. El arte se estanca cuando hay demasiados timoratos, mediocres, académicos, vigilando el cumplimiento estricto de las  reglas, los preceptos y la sintaxis.

lunes, 15 de enero de 2018

IMPÚDICOS Y OBSCENOS

Estoy leyendo en estos días La Habana para un infante difunto, de Guillermo Cabrera Infante (1929-2005) que sin dudas, es uno de los libros más obscenos e impúdicos de la literatura cubana. No lo había leído hasta ahora, aunque siempre he tenido algún ejemplar a mano en mi biblioteca. Es de 1979. La verdad es que -para mi gusto- es demasiado voluminoso y mete miedo: 500 y pico de páginas con letra diminuta y difícil de leer. En cambio he leído varias veces Tres tristes tigres y Mapa dibujado por un espía, mucho más divertidos, por cierto.
GCI se había exiliado en 1965, así que después de 14 años de exilio, casi todos en Londres porque Franco no le dio asilo en España, el escritor se dedica a recordar, con una memoria prodigiosa y con pelos y señales, a cada uno de sus vecinos en Zulueta 408, más bien sus aventuras de adolescente y joven que intenta descubrir el sexo, también en los cines y otros lugares. Obsesionado de un modo enfermizo por el sexo solitario o acompañado y viviendo en una zona de La Habana-Centro especialmente pobre y promiscua. El solar (en Cuba es un edificio con pequeñas habitaciones, baños y cocina colectivos, hacinamiento y pobreza extrema) estaba frente  al Instituto de La Habana ya en los años de 1940 cuando empieza el relato. Ahí se mantiene el sólido edificio del Instituto y sigue en sus funciones de centro educacional. Yo paso por allí con  frecuencia, en alguna gestión. La última vez hace dos semanas. Buscaba cola blanca para pegar papeles. Hago collages (los llamo poemas visuales) y necesitaba el pegamento. No hay. Recorrí unas cuantas tiendas. Al fin apareció en una pequeña tienda cerca de Zulueta 408, donde GCI y su familia vivían  apretujados y pobres paupérrimos pasando hambre y necesidades de todo tipo. El padre y la madre eran comunistas estalinistas. El padre un inútil además, ganaba 40 pesos al mes de linotipista en el periódico de los comunistas de entonces. "Que eran muy comunistas pero aplicaban sin compasión las leyes explotadoras del capitalismo",  escribe GCI en algún momento en el libro. Aquel edificio -el solar- fue derribado. Hoy es la trasera de un gimnasio de boxeo que se llama "Kid Chocolate", cuyo frente da a Prado, al lado del cine Payret.
La Habana... ha recibido muchos elogios pero para mí es un libro aburrido debido a que es innecesariamente minucioso, lento y reiterativo como un elefante viejo y cojo. GCI se recrea en los detalles pero le falta sustancia y chispa. A veces me salto párrafos enteros y hago lectura oblicua saltando de línea en línea. Obscenidad explícita tiene tanta como Antes que anochezca, de Reinaldo Arenas, y Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro. Se acerca peligrosamente a alguno de mis libros, sobre todo a Trilogía sucia de La Habana y a El Rey de La Habana.
LLegados a este punto me pregunto lo esencial: ¿Existe una filosofía de la obscenidad? ¿Tenemos necesidad de lo obsceno? ¿Nos aporta algo? Mucho se ha escrito sobre el tema, ya sabemos. Y nuestra mente enseguida recala en el Marqués de Sade, en Celine, Bukowski, Henry Miller. En idioma español no hay grandes obscenos. Somos más bien pocos porque la Iglesia se ha ocupado durante dos mil años de inyectarnos suficiente culpabilidad. Estamos sobresaturados de culpabilidad. Ahora  respondo mis preguntas: Sí, la obscenidad es necesaria, tan necesaria como el amor, la muerte, el ansia de poder y cualquiera de los grandes temas de la literatura y el arte. La literatura es un instrumento de exploración del ser humano. Un escritor consecuente con su oficio no debe detenerse ante la oscuridad. Luces y sombras. Día y noche. Ying y Yang. Todo hay que conocerlo. Todo hay que decirlo. Oscuridades y tinieblas. Somos un maravillloso amasijo de luces y sombras y toca al escritor experimentar, indagar, exponer...y después asumir las consecuencias por ser provocativo y molesto. Así que en el fondo el problema de este libro de GCI no es su obscenidad extrema sino que es aburridísimo y tan tedioso como una historia clínica.

lunes, 8 de enero de 2018

ENA LUCÍA PORTELA

Ena Lucía Portela (La Habana, 1972), es una narradora y ensayista habanera que ha publicado algunas novelas muy interesantes como Pájaro, pincel y tinta china, de 1998, y Cien botellas en una pared, de 2003. La primera ha sido traducida a nueve idiomas. Ena Lucía escribe desde la reflexión, la poesía y el misterio sutil. Nunca es estridente y en sus mejores momentos me recuerda a Djuna Barnes y a Elfriede Jelinek. Esto es sólo una percepción de lector. No soy un estudioso, Dios me libre. Ahora Ena acaba de publicar un tomo de ensayos titulado Con hambre y sin dinero, en ediciones Unión, de La Habana. Aclaremos  que en Cuba desde principios de los años 60 se ha hecho imposible opinar con criterios propios, por razones obvias. Un pensamiento uniforme, rígido, repetitivo, es un mal caldo de cultivo para la cultura  y las ideas. Ena intenta romper ese molde. Ya hay muchos osados que continuamente lo intentan. Correr la frontera del silencio. Un poquito cada día. En este libro publica un ensayo sobre mi novela El Rey de La Habana. Lo había publicado originalmente en una revista de la universidad de Puebla, en 2003. Ahora, 15 años después, se asombra de que esa novela no haya generado más trabajos críticos. Y subraya: "Nuestra academia, tozuda y arrogante, no da su brazo a torcer en lo referido  a la obra de Pedro Juan. Más yo tampoco. Tiempo al tiempo, compañeritos, que quien ríe último...". Agradezco a Ena por su augurio. Yo también creo que esa novela y Trilogía sucia de La Habana le cambiaron el canon de visión única y estrecha a los compañeritos estudiosos y no se atreven a opinar. No se atreven. No encuentran las etiquetas que debieran pegar a esos libros. jajajajaja, yo me río. Eso es todo. En fin. Tiempo al tiempo, como dice Ena.
A mi modo de ver, hay un ensayo en este libro que merece toda nuestra atención: ella describe  con valor, objetividad y cierta serenidad, el mal de Parkinson que padece desde que tenía 20 años, es decir desde 1992 aproximadamente. Muy valiente y admirable Ena que lleva 25 años conviviendo con esta enfermedad y sigue escribiendo  sin desmayo. Desde aquí toda mi admiración y mis mejores pensamientos, Ena, para acompañarte.