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© Héctor Garrido
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sábado, 1 de octubre de 2022

GRAHAM GREENE Y SUS ESCAPES

   

Al parecer los escritores cuando ya hemos publicado bastante, buscamos escribir sobre lo ya escrito, en un intento por entender lo que hemos hecho. Es decir, a ciegas hemos escrito y publicado unos cuantos libros.

Comprendí esto cuando empecé a escribir Diálogo con mi sombra, sobre el oficio de escritor. Me preparé en unas pocas semanas y dediqué algún tiempo a buscar  libros sobre el oficio de escribir.  Me quedé asombrado. Decenas de escritores notables han escrito sus experiencias y conclusiones. Desde Milán Kundera hasta Norman Mayler. No pequeños ensayos sino libros, en algunos casos muy amplios y detallados.

Ahora acabo de leer Vias de escape.  Graham Greene (1904 - 1991) en este libro, de 1980, comenta  detalles de su vida utilizando las condiciones en que preparó la escritura de algunas de sus novelas. No revela detalles íntimos. Sólo un poquito. Habla de sus experiencias con el opio, la cocaína, el alcohol, las mujeres, su vicio por los burdeles y las prostitutas, sus infidelidades que, asegura, echaron por tierra su matrimonio. También habla varias veces sobre su melancolía maníaco-depresiva. Todo esto de un modo agradable y superficial, sin entrar a fondo.

GG escribía porque necesitaba dinero. Viajaba continuamente y le gustaba dilapidar en sus vicios. Por tanto, lo reitera continuamente, tiene que escribir novelas que se vendan. Es decir, convencionales, sin experimento alguno, que gusten al editor y a todos los lectores, que no incomoden a nadie. Quería caer bien a todos y vender. 

Bajo estas premisas, algunas de sus novelas son interesantes y entretenidas. Unas pocas. El resto no merece la pena. Nuestro hombre en La Habana, por ejemplo, es un desastre de personajes encartonados que no convencen a nadie. La película mucho peor. Visitó varias veces la ciudad, también fue a otras ciudades cubanas. Frecuentó el teatro porno Shangay, vio el show de Supermán, tomó cocaína, jugó y perdió dinero en todos los casinos y mucho más. Al final llegó a la conclusión de que "Es una ciudad donde todos los vicios son posibles, es decir, el escenario ideal para una novela". 

A mi me interesa mucho más como personaje lleno de contradicciones, miedos y angustias, que como novelista. GG evadió siempre a algunos periodistas que querían escribir su biografía. No le interesaba exponerse y descubrir sus pecados. Insistía en que era católico. Lo reitera una y otra vez a lo largo de este libro. Y asegura que es compatible su religión con su vida y su escritura, aunque nunca revela cómo lograba ésto. 

Hacia el final, en el Epílogo, descubro que durante más de veinte años un hombre se hacía pasar por él y de ese modo estuvo con muchas mujeres o pidió dinero y otras tropelías. Pero era hábil y nunca pudo atraparlo. Era como un fantasma astuto que quizás se llamó también Graham Greene. Lo cierto es que aprovechaba la fama de GG y usurpaba su personalidad.

Yo no sabía esto cuando escribí mi novela Nuestro GG en La Habana. Que arranca precisamente con un equívoco en el hotel Inglaterra, de La Habana. Un señor británico llamado George Greene, se aprovecha de una confusión y se hace pasar por el escritor famoso. Esta farsa sólo duró unos pocos días y se resolvió, pero en la vida real fueron años y nunca tuvo solución. Una vez más: la realidad supera a la ficción.

martes, 11 de mayo de 2021

ESCRIBIR DESPACIO

Graham Greene tenía un método infalible para escribir controladamente, sin excesos ni defectos: Escribía 500 palabras cada día, unas 50 líneas, lo cual significaba poco más de una hora de trabajo. Ni mucho ni poco. Así le quedaba tiempo para vivir. Y él era un buen vividor, en el sentido más amplio del término. Cuando se hizo mayor redujo a 300 palabras al día. Escribía de lunes a viernes, siempre a ese ritmo. De ese modo hizo 30 novelas, cinco libros de cuentos, además de biografías, ensayos, teatro y hasta libros para niños. Además de viajar mucho y ser un bon vivant.
Alejo Carpentier aconsejaba algo parecido: él decía que si cada día escribes una cuartilla de 30 líneas (unas 300 - 320 palabras) en un año tendrás 350 cuartillas.
Creo que estas medidas están vinculadas al temperamento del escritor. Si eres más joven te comportarás con más ímpetu, desespero y energía, no sólo para escribir sino en todos los aspectos de la vida. Los jóvenes lo quieren todo ahora mismo.
Después, con los años, ya no hay tanto ímpetu. Todo va más despacio. Ya no hay necesidad de apresurarse. Recuerdo que Julio Cortázar contaba en una entrevista con Elena Poniatowska  que escribió Rayuela en un estado de desespero tal que casi no podía levantarse de la silla ni para comer. Después, con más de 60 años, ya iba mucho más lento. Y le costaba decidirse a empezar.
Lo importante es mantener un nexo con el texto que escribimos. Si lo dejamos mucho tiempo perdemos ese contacto y será muy difícil, o imposible, continuar la escritura. Hay que obligarse a la disciplina diaria. Al menos de lunes a viernes y una hora por lo menos. 
Yo no cuento palabras. Lo hacía siempre en el periodismo porque tenía que escribir de acuerdo al espacio disponible. Pero ya eso pasó, por suerte, hace mucho. Lo que sí respeto, cuando escribo una novela, que requiere continuidad, es una disciplina de escribir de dos a cuatro horas cada día. Y releer, corregir, ampliar, modificar y volver 500 veces sobre lo escrito. Ya sin prisas. El Rey de La Habana lo escribí desesperado en 57 días de julio y agosto de 1998. Fue algo enfermizo y casi sobrenatural. No entro en detalles. Hoy sería incapaz de semejante proeza. Hoy soy mucho más lento. Y me cuido  de no caer en excesos de locura como en aquellos tiempos atroces.
Y lo otro esencial en este proceso es la desconexión, el descanso. Es decir, si escribí tres horas y ya estoy cansado, cierro y a otra cosa, sobre todo caminar, nadar, hacer algo físico y olvidarme del texto. Olvidarlo y no preocuparme. Está fluyendo y va a seguir fluyendo en su momento. Seguro. No hay la más mínima duda. Hay que descansar y olvidar hasta mañana. Esencial es escribir descansado, por eso la mañana es preferible. Y también la soledad y el silencio. Nada de distracciones. Esto último a veces es imposible. Chejov escribió siempre en una esquina de la mesa del comedor, en una casa llena de niños, mujeres, y hasta cuñados siempre medio borrachos, entre discusiones, gritos y conversaciones.
Claro, a veces uno despierta a las 3 de la mañana, va al baño a orinar, y sin saber cómo, la mente está pensando en lo que le ha sucedido al personaje principal. Entonces tengo que coger una libreta que siempre está a mano, para escibir un boceto de esa idea. Y de nuevo a la cama, tranquilo, a dormir unas horas más. 
Es así. No creo que Graham Green, por muy british que fuera, pudiera desconectar totalmente de sus personajes.  Cuando están vivos al lado de uno se ponen pesaditos y quieren que uno siempre esté hablando con ellos. Son egoístas. No quieren quedarse encerrados en casa y en silencio. No. Quieren hablarnos todo el tiempo y decirnos cosas de su vida. Aprovechan que uno les presta atención para hablar y hablar y hablar. No paran de hablar.



 

martes, 17 de julio de 2018

EL NEGOCIO SALVAJE DE LOS LIBROS

Acabo de leer El agente confidencial, una pésima novela de Graham Greene, pero que ha tenido decenas y decenas de ediciones en muchas lenguas. En una Introducción que GG escribió en 1971,  explica: "Esta es una novela escrita en seis semanas en 1938". Después sigue diciendo que la guerra se acercaba, él se había anotado como voluntario y no podía irse a la guerra y dejar a su familia en Londres sin recursos. Escribía "lentamente" El poder y la gloria,  novela que él sabía se vendería poco aunque es uno de sus grandes libros. Así que escribió una novelita comercial, rápida, de usar y tirar, para resolver la situación económica de su familia, mientras escribía una gran obra por necesidad intelectual, interior. Esta Introducción es un ensayo excelente y guardo el libro sólo por ese texto ya que me dan deseos de tirarlo por la ventana y desaparecerlo de mi vista.
GG siempre lo tuvo claro, con su magnífico y brillante pragmatismo anglosajón. Tenía los pies bien plantados en la tierra. Sabía hacer libros malos, y algunos peores, como Nuestro Hombre en La Habana, pero comerciales,  que hasta se convertían en películas y le daban un dinero extra. Y libros mucho más elaborados y complejos y por tanto menos vendibles. Él mismo en algún momento hizo dos listas con los títulos que corresponden a cada "sección". Por cierto, él les llamaba "divertimentos", palabra más elegante que "comerciales".
En general, de ese modo ha funcionado hasta ahora el mundo editorial. Un lector bien entrenado sabe lo que va a encontrar en la mesa de Novedades de una librería y en la mesa de best sellers. Los buenos lectores, además, siguen a sus autores preferidos y a sus editoriales preferidas. En España, por ejemplo, y en el mundo iberoamericano, todos sabemos lo que publica Planeta y Plaza Janés, y lo que publica Anagrama, Siruela, Salamandra, Tusquets  y unas cuantas editoriales más. Lamentablemente la gran mayoría de los que compran libros se guían por la publicidad o simplemente no quieren leer libros "complicados". Y por "complicados" o "difíciles" entendemos Milán Kundera y Cortázar. No digamos ya Lezama Lima u Octavio Paz.
Al parecer cada día será peor. Es decir, de acuerdo a como pinta el panorama editorial creo que los libros de calidad se irán perdiendo poco a poco. Se irán arrinconando en un lugar oscuro. El diario "El País" acaba de entrevistar al señor Markus Dohle, consejero delegado del megagrupo Penguin Random House, que compró en estos días a Alfaguara y a Ediciones B. El megagrupo posee en todo el mundo 320 sellos (40 de ellos en España), vende 800 millones de ejemplares al año entre papel, audiobooks y ebooks, en 100 países. El buen señor dice que quiere seguir expandiéndose y que busca incesantemente oportunidades para comprar más y más sellos. Más adelante informa que "América Latina es uno de nuestros mercados emergentes más importantes".
El señor Dohle no habla de calidad. Sólo de cifras, ventas, dinero, números. Eso es todo. Es un hombre de negocios. Cada uno de estos megagrupos cuando compra un sello impone sus reglas, que en realidad es una sola: dinero.
La capacidad de riesgo que tuvieron en su momento  los grandes editores españoles en Anagrama, Tusquets, Seix Barral, Siruela, Salamandra, Lumen, etc, fue lo que permitió disponer hoy de un catálogo inmenso, variado  maravilloso, en nuestro idioma. Sacaban cuentas porque no eran bobos pero también se arriesgaban. 
Un ejemplo, para que me entiendan mejor: Si Julio Cortazar fuera ahora un joven con Rayuela bajo el brazo buscando editor no lo encontraría. Le aconsejarían que convirtiera su novela en un texto "potable" y que se entendiera porque está lleno de defectos e incongruencias que dificultan su lectura. Así de simple. Los grandes negociantes de hoy no son editores. Sólo quieren ganar mucho dinero en poco tiempo. No están para exquisiteces.
Me molesta ser el pájaro negro de las malas noticias pero veo el capitalismo salvaje con sus reglas aplastantes entrando como una aplanadora en el mundo editorial. Creo que no podemos esperar nada bueno en el futuro a mediano y largo plazo. Ojalá me equivoque.