Mi casa

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© Héctor Garrido

viernes, 18 de octubre de 2019

DIARIOS DE JOHN CHEEVER (1)

Hace un par de días entré en el micro Fnac de Marbella (Andalucía) para curiosear un poco y de paso comprobar si tienen a la vista mi última novela, publicada en Anagrama en junio pasado. Este chequeo medio neurótico lo hacemos todos los escritores aunque, claro, ninguno lo reconozca en público.  Bueno, pues Estoico y frugal no estaba a la vista. Volví a mirar en todos  los estantes y no.  Sólo tenían la Trilogía sucia de La Habana y El Rey de La Habana. Muy serio le pregunté a un empleado que sacaba libros de unas enormes cajas plásticas y las colocaba en los estantes. Y su respuesta fue con una gran sonrisa (esto parece un spot publicitario pero fue así como sucedió): "Sí, aquí está. Se nos ha agotado dos veces y lo pedí de nuevo". Y sacó diez o doce ejemplares y los colocó en el estante. "Ah, bien, muchas gracias", le contesté, ya tranquilizado. Y es que he recibido en estos  días dos quejas de lectores mexicanos del DF que han buscado la novela en Ghandi y en la librería del Fondo de Cultura Económica y no la tienen. Así que entré al pequeño FNAC andaluz inyectado con ácido en la yugular. Pero tuve un  "Final feliz" como en los masajes que me dan las filipinas en el centro de masajes aquí al frente. Todo bien.
Entonces fijé la vista en una nueva edición de los Diarios de John Cheever. Cuando salió en español por primera vez, creo que en 1993, no la compré porque en ese momento estaba aburrido de Mr. Cheever. Había intentado leer sus cuentos y no podía. Para mi gusto demasiado clase media alta. Yo tengo muy arraigado el concepto de que la literatura es un asunto de la clase media. Escritores, lectores, traductores, críticos (sólo los editores y distribuidores llegan inevitablemente a millonarios), los demás, incluidos los libreros pequeños, somos clase media. Y cuidao, porque si pierdes el sexto sentido puedes caer a ser un adulto mayor de renta baja o muy baja. Y además, un escritor serio lo único que puede hacer es escribir sobre aquello que más conoce, es decir, sobre sí mismo y sus alrededores. También puede, si se ve muy apretao, escribir una novela policiaca y venderla a una editorial grande y comercial. Y después aguanta lo que viene. "Aguanta el marrón" dicen en España.
Pero a pesar de tener claros estos conceptos me jodía ese regodeo mezquino de Cheever con los privilegios  que le proporcionaba el contexto en que había nacido. Y jamás salía de ese pequeño y retorcido mundo. Sospecho que  en el fondo de mi alma unas gotas de envidia (no sana sino agresiva) oscurecían mi visión sobre el tema y hacía que me cayera mal el Mr. Cheever, apodado "El Chejov" de los suburbios.
Después, con los años y la vida, perdí esa inflexibilidad e intolerancia, y comprendí que Cheever no podía hacer otra cosa y estaba bien lo que hacía. Además escribía cuentos para ganarse la vida y publicarlos en The New Yorker, una revista muy bien diseñada para agradar a la clase media americana que, como The Paris Review, y lo digo por experiencia propia, exigen al escritor que cumpla determinadas reglas de corrección política, como si uno fuera un cabrón escritor de guiones de telenovelas. Así que ahora me leo a Cheever en diminutas micro dosis porque sigo sin soportarlo con 400 páginas de un golpe. 
Es que escribía sus cuentos con la fórmula New Yorker donde dos más dos tiene que dar cuatro siempre y obligatoriamente. Si al escritor le conviene que esa suma de cero o siete no puede ser. Tiene que aguantarse y escribir algo previsible, académico, convencional y dentro de la correción política más mierdera y dañina y encaminada a recibir premios y aplausos.
Entonces, decía, cogí el libro, leí unas cuantas líneas ad libitum y me gustó. Me pareció que era otra cosa. Lo compré y lo estoy leyendo. Y sí. Es otra cosa. Muy interesante. Creo que lo comentaré en la próxima nota en este blog. 

lunes, 30 de septiembre de 2019

LOS OBJETOS DESAPARECIDOS

 Este libro lo compré en el Museo Magritte, de Bruselas, en 2012. Me encanta mirarlo de vez en cuado. Y comprobar la enorme velocidad de los cambios en el siglo XX. Este libro está hecho a partir de catálogos franceses y belgas de venta por correo de principios del pasado siglo. No hay nada plástico. Como sabemos, el plástico, aunque se inventó desde fines del siglo XIX, se extendió sólo después de la II Guerra Mundial, es decir desde 1945. 
Pero en este catálogo todo está construido con madera, metal, textiles, vidrio y cuero. Todo es más duradero, más sólido. Después de la Guerra el plástico fue invadiendo lentamente nuestra vida hasta hacerse imprescindible. Y ya sabemos hoy el grado de contaminación con plásticos que sufrimos. También cambió la filosofía de vida. Autos, aviones, cine, televisión, psicología, internet, velocidad. Todo, absolutamente todo  a nuestro alrededor está diseñado y previsto para que vivamos con más rapidez, más comunicados, con inmediatez. Y eso está muy bien. Es el lado bueno del asunto. El lado malo es que siempre hay algo nuevo que podemos desear. Nos mantienen narcotizados con el futbol, el beisbol, las redes sociales. El espíritu de la época es el mercantilismo y la tecnocracia. Atrás queda el humanismo y la vida espiritual. Para muchos es un anacronismo de mal gusto hablar de "vida espiritual".
Es difícil hoy vivir con lentitud, con paz interior y darnos tiempo para disfrutar de un libro precioso como este catálogo. Yo sí saco tiempo para recordar un poco cómo fue mi infancia, qué había en mi casa. Qué aparatos y objetos usábamos entonces. Nací en 1950, es decir que he tenido tiempo suficiente para ser testigo y actor de muchos de estos cambios. Y lo agradezco.

50 AÑOS DE ANAGRAMA

A veces me cuesta ir a fiestas y reuniones multitudinarias.  No le encuentro sentido a una reunión donde hay cientos de personas hablando y sonriendo en medio del ruido. De todos modos, la fiesta en Barcelona por el 50 aniversario de Anagrama, el pasado jueves 26, fue algo especial. Desde 1998 esa editorial comenzó a publicar mis libros, que no se podían editar en Cuba. Así que gracias al agudo olfato de Jordi Herralde seguí escribiendo y publicando. Por ahora son nueve títulos de narrativa en estos años. Hay más.
La vocación de la editorial es buscar y publicar lo difícil, lo que rebasa los límites que impone la correción política. Los libros que van más allá de lo convencional. Los escritores que escriben asépticamente, con la punta de los dedos, no caben en este grupo. Muy pocas editoriales en el mundo se atreven a sacrificar ventas en aras de romper limitaciones, convencionalismos y censuras y darle algo diferente al lector.
Un editor que crea en uno es esencial. Un escritor no puede escribir para guardar los manuscritos en una gaveta. Cuando veo el libro ya impreso y terminado deja de ser mío. Siento que no me pertenece. Ya quedó atrás y trato de olvidarlo rápido. Porque un libro no se escribe solo. Lo escribo con sangre, sudor y lágrimas, así que es mejor olvidarlo y pasar a otra cosa. En ese proceso de escribir-publicar-olvidar llevo  21 años. 
Herralde tiene ya 86 años y hace unos años vendió la editorial a Feltrinelli. Pero se mantiene el perfil de siempre. El catálogo histórico por los 50 años, que regalaron a los que fuimos a la fiesta, es impresionante. Desde que comenzaron en 1969 tuvieron que enfrentar la censura impuesta por la dictadura de Franco, pero siguieron adelante, con valor y tenacidad. A partir de 1974, con la democracia, las cosas fueron más fáciles  y la editorial se consolidó en todos  los sentidos. 
En la fiesta se me acercaron muchas personas a saludarme, a decirme que leen mis libros y los guardan. Me cuentan anécdotas y me tratan como si fuéramos amigos de toda la vida. Y lo agradezco. Que la lectura de un libro te haga sentir que ya nos conocemos de toda la vida es algo mágico. Yo sonrío, satisfecho como un gato ronroneando. Y le deseo mucha salud y larga vida a Jordi y a su compañera Lali Gubern, y al  pequeño team de Anagrama. Seguimos.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

PAUL BOWLES

Acabo de leer uno de los libros más instructivos de Paul Bowles: Memorias de un nómada (Without Stopping), que publicó en 1972. El editor le añadió un Índice Onomástico con los nombres de más de 300 escritores y artistas importantes que aparecen en el libro y que Bowles conoció y trató, desde Gertrude Stein hasta Truman Capote,  Krishnamurti y Peggy Guggenheim. Con una infancia, en Nueva Inglaterra, USA,  marcada por un padre odiosamente severo y una madre anodina, Bowles con 16 años escapó a París. Rechazó tanto a sus padres que simplemente se alejó e hizo su vida  a su manera. Su "técnica" consistía en acercarse a artistas destacados que le pudieran enseñar algo más. De ese modo Aaron Copland, por ejemplo, fue fundamental para aprender a componer música. Vivió de 1910 a 1999, cuando murió en Tánger a los 89 años. 
Tuvo una relación muy libre con Jane Bowles (1917 -1973) quien era bisexual y murió en un sanatorio en Málaga a los 56 años debido en buena medida a sus excesos con el alcohol y a las secuelas de un derrame cerebral que sufrió en 1957. Ella escribió apenas una novela excelente, un puñado de relatos y una obra de teatro. Paul, en cambio, no paraba. Escribía, viajaba y componía música incesantemente y creo que de un modo  paranoico. Necesitaba escapar continuamente. No podía parar. Sospecho que escapaba de sí mismo.
Como sabemos, los escritores y artistas norteamericanos en la primera mitad del siglo XX se fugaban a Europa. Y también a Africa, Asia y América Latina, en busca de aire fresco. La sociedad norteamericana les parecía demasiado opresiva. Se entiende. Casi todos habían nacido en represivas familias WASP. Bowles lo expresa claramente en muchas ocasiones a lo largo del libro. Sólo iba a Estados Unidos cuando tenía algún trabajo específico. Y en cuanto terminaba y cobraba se largaba de nuevo en el primer barco que saliera de los muelles. Inventaba siempre nuevos destinos. Le daba igual llegar a La Habana que a Panamá o a París, o Tánger.
Estas Memorias, por supuesto ocultan cuidadosamente todo lo escabroso en la vida de Bowles, como su homosexualidad, por ejemplo. Queda mucho entre líneas. De todos modos, es un mito. Su vida y su obra son muy atractivos y han generado miles de artículos, reseñas, libros, documentales y recuerdos de todo tipo. Hacia el final del libro, escribe: "...desde que empecé este libro llevo meses seguidos en Tánger eligiendo, de entre el inmenso número de fragmentos de recuerdos desenterrados, los que pueden servir a mi propósito. Los utilizo para reconstruir pieza a pieza un esquema ordenado, procurando no forzar en él ninguna parte que no encaje." Y está muy bien, a pesar del lógico pudor que permea cada página. Está muy bien y se agradece. 

domingo, 22 de septiembre de 2019

LA CUEVA DEL GATO

Aquí estoy hoy domingo, al mediodía, muy cerca de la entrada a la Cueva del Gato, esto es a unos kilómetros de Ronda, Andalucía. En la Galería del Caballo hay un ciervo pintado en ocre, de una edad aproximada de 20 mil años. Es decir, una pintura rupestre del Paleolítico Superior.  Y más adentro se han encontrado restos arqueológicos de 12 mil a 3 mil años, aunque todo muy expoliado por la falta de cuidado desde que en 1914 se descubrió el lugar. Un poco más adentro hay un conjunto de pinturas rupestres de épocas neolíticas y  calcolíticas. Pero no han sido bien estudiadas. Ahora el acceso está muy limitado y las autoridades han desplegado suficientes medidas de protección y conservación. De hecho no pude entrar. Hay que reservar con  tiempo suficiente.
Por dentro de la cueva transcurre el río Guadares que al salir se une como afluente al Guadairo. Y cerca, relativamente, está la famosa Cueva de La Pileta, con abundantes pinturas rupestres bien estudiadas, consideradas las más importantes en arte rupestre del Mediterráneo. Aunque en realidad el conjunto más importante y atractivo de pinturas rupestres en España está en la Cueva de Altamira, en Cantabria. Un lugar impresionante. Lo visité hace unos quince años y es impactante. Es un conjunto que totaliza 18 cuevas con pinturas al norte de España. Diez en Cantabria, cinco en Asturias y tres en el País Vasco. Las pinturas en estas cavernas están datadas entre 35 mil y 11 mil años. Altamira (descubierta en 1868) sobre todo, al igual que Lascaux (descubierta en 1940) integran hasta ahora lo más completo y amplio en pinturas rupestres, sobre todo Lascaux, considerada como el mayor museo del mundo en arte rupestre.
Me apasionan las pinturas rupestres. Son como una síntesis de magia y misterio inexplicable. ¿Exorcismo? ¿Divinidad? ¿Conjuro? O sólo un agradecimiento, una fiesta mientras comían los animales cazados. O quizás una mezcla de todo eso. Y más. Ante estas pinturas maravillosas uno comprende la delicada fragilidad del ser humano. El miedo ante el misterio y el valor y la tenacidad ante el hecho de seguir vivos cada día. Espléndidamente vivos, agradeciendo. Y seguir. Y seguir. Eternamente.

lunes, 16 de septiembre de 2019

NUEVOS POEMAS

Tomados de mi último libro de poesía   El arte de ganar y perder, inédito.
                                                             LA  SOPRANO

Las pequeñas flores secas de las acacias caen y forman remolinos en el aire. Dentro tienen semillas minúsculas. Diseminan su historia sobre la tierra. Entro al edificio y asciendo una escalera, tres pisos. Oigo a una soprano. Un canto amortiguado tras una puerta apenas entornada. No resisto la tentación y abro con cuidado. Hay cuatro personas sentadas a una mesa, es una audición. Y la soprano, alta, corpulenta, con grandes pechos. Su voz ocupa todo el espacio. Es agradable esa  mujer y canta algo hermoso aunque, claro, no sé qué es. Cierro la puerta y sigo en busca del baño. Al fondo del pasillo me han dicho. Mientras orino veo las acacias a través de una ventana y oigo muy lejos  a la soprano.


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                                    GENTE  MIRANDO  AL VACÍO.

Me han regalado un libro esta tarde. Una serie de fotos que Walker Evans tomó en La Habana en 1933. Estamos en 2018. Exactamente 85 años. Y nada. Todo sigue igual. O casi. Mendigos, putas, gente mal vestida, edificios cubiertos de moho y suciedad. Gente mirando al vacío. Gente detenida. Gente que no sabe qué pasa. Gente en una esquina, arraigados en una losa de cemento. Se respira con dificultad por la humedad y el calor. Nada. No pasa el tiempo. Vamos a tomar una cerveza me dice el amigo que me regaló el libro. Tomamos una cerveza y hay silencio. Presiento que se despide.

Y así fue. Pasó un año y no supe nada más. Un día lo encontré en la calle. Sucio. Caminaba lentamente, ido del mundo. Le costó recordar mi nombre. Bueno, yo se lo dije. Después me dijeron que sufre Alzheimer y camina por las calles sin rumbo. Vive solo, y se pierde, alucinado, como esos personajes en las fotos de Walker Evans.

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                                                   UN  PERÍODO  DE  ESTUPOR

Veo un viejo documental donde entrevistan largamente a Ingmar Bergman. Dice que su casa  tiene 66 metros de largo y que él padece de problemas de sueño. Está solo en casa. Se levanta de noche y camina de un lado a otro. A veces piensa que hay espíritus que se  comunican con él y le dicen algo. Habla despacio, en sueco, con largas pausas. Me gusta la suavidad de ese idioma. Me recuerda cuando viví allí en el verano de 1999. Yo entraba lentamente en un período de estupor. Era como entrar en un agujero profundo y oscuro.  Al fin me fui y regresé a mi país, todo lo contrario de Suecia: estridente, pobre, tumultuoso, con gente imprevisible y disparatada, que me ayudaban a salir del hueco negro. Ahora este  anciano habla lentamente sobre espíritus que le dicen algo por las noches. Después lo utiliza en sus películas. Y yo pienso en el estupor, que lo envuelve todo, como un sedante a medianoche.

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                                                          BLOOMSBURY            


Estuve buscando la casa de Virginia Woolf, pero sólo han dejado unas antiguas cabinas rojas de teléfono.  Están vacías y sucias. Escenografía para turistas. Premoniciones de la intriga. Sucias cabinas donde los dueños de burdeles cercanos (o los encargados o los de marketing, quién sabe)  pegan pequeñas stickers con fotos de putas tetonas y provocativas, y las indicaciones para llegar en cinco minutos o llamar y concertar una cita. Me hago una foto y me voy al hotel, muy cerca, en Tavistock Square. Pido un scotch en el bar. Hay una luz mortecina y polvorienta. Un bar con cierto aire miserable y perdido, sólo para borrachines pobres. Saco un recibo que me dieron hoy en alguna tienda, y, al dorso, escribo: Atento a las derrotas, a los pequeños percances familiares, a la angustia lacerante, controlo el resplandor para que no disminuya. Oh, qué sonriente, el hombre optimista y sardónico que se niega a hundirse. A trasmutar en garrapata. Esta noche oscura las pesadillas me hacen despertar asustado y lejos de casa. No sé. Áspero como un tiburón, me sumerjo en aguas profundas y heladas. El whisky es malísimo y este lugar es real pero parece un jodío invento de pésima novelita policiaca, ¿Qué hago?


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                        FINIS   TERRAE

                                                                 
                                                               
                                                                                     

Salíamos cuando faltaba poco para la noche. Una vieja chaqueta de cuero, una bufanda gruesa y una gorra de lana. Él tenía una ruta ya estudiada que sabía de memoria. Y era compleja. Por dentro del bosque. Un sendero estrecho, enlodado. Y nosotros muy rápido. A grandes zancadas. Después teníamos que atravesar un largo trecho junto al mar, sobre los arrecifes. Las olas resonaban duro contra la costa. Era un lugar inhóspito, irascible como una trampa de misterio. La luz del faro a lo lejos. Se hacía de noche cerrada y seguíamos. Aprisa. Sudando. Sin hablar. Concentrados. Me aflojaba un poco la bufanda, y seguía sudando. Yo siempre pensaba en lobos hambrientos y en asesinos agazapados en los matorrales. El sentido poético de la vida irradiando su bondad y su malignidad. Después de una cena ligera no había nada más que hacer. Y yo no quería hablar de mi vida. Intentaba olvidar y poner distancia. Que es lo que hago siempre. Intento olvidar. Me iba a mi habitación y los escuchaba gimiendo un buen rato. Varias veces me dijo: Es una mujer insoportable pero tiene un buen polvo. Y sí. Pasaban una hora gimiendo y gozando cada noche. Yo me masturbaba y me quedaba dormido como una piedra. Era feliz en aquella época. Después me alejé de aquel lugar y jamás supe de ellos.  Como una visión fantasmal.


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lunes, 26 de agosto de 2019

CONSEJOS DE DOSTOIEVSKI

Fiodor M. Dostoievski (1821-1881) publicó un Diario de escritor (Alba Editorial, Barcelona 2016, traducción y notas de Víctor Gallego). Se trata de un conjunto de artículos, cuentos, apuntes, en sus palabras: "¿De qué voy a hablar? De todo lo que me llame la atención y me haga reflexionar". Es decir, un cajón de sastre, publicado primero en la revista El Ciudadano, mensual, en 1873. Después lo publicó en entregas mensuales también, y edición propia, en 1876 y 1877. Además de un número en 1880 y otro en 1881. Él murió el 28 de enero de 1881.
Uno de los artículos, publicado en octubre de 1876, titulado "Un caso que no es tan sencillo como parece", se refiere a una campesina de veinte años, llamada Ekaterina Kornílova, que se había casado con un viudo quien la humillaba recordándole que su primera esposa era mucho mejor que ella en todos los aspectos. Después de soportar aquello un buen tiempo, Ekaterina, por venganza, maltrataba a la hija de su marido, su hijastra, de seis años, hasta que un día la empujó por una ventana en un cuarto piso. La niña milagrosamente salvó la vida. De todos modos la condenaron a dos años y ocho meses de trabajos forzados en Siberia y a vivir allí el resto de su vida. Dostoievski analiza todo el asunto minuciosamente y ofrece sus propias ideas. Después visita a la joven, que está embarazada con cuatro meses de gestación, en la cárcel, habla con ella y escribe un segundo artículo en diciembre.
Al final de este nuevo artículo regaña agriamente a sus contemporáneos novelistas: "La verdad es que no entiendo donde tienen los ojos nuestros novelistas. ¡Ahí tienen un tema, ahí tienen una verdad como un puño para escribir paso a paso! Aunque, después de todo, me he olvidado de esa antigua regla: no es el tema lo que importa, sino la mirada; si sabe uno mirar, encontrará el tema, y si uno no tiene ojos, si está ciego, no encontrará nada en ningún sitio. Ah, la mirada es muy importante: lo que para unos es un poema para otros no es más que un montón de basura".
Esto es rigurosamente cierto. Lo que él llama "mirada" yo le llamo "asombro". Cuando llegué a vivir en Centro Habana en 1986 me quedé asombrado. Yo tenía 36 años y ya había tenido una vida bastante intensa pero nunca había vivido en un barrio tan extremo, con gente tan violenta y agresiva. Quedé asombrado por todo lo que pasaba allí día a día. Así estuve varios años hasta que ocho años después, en 1994, empecé  a escribir unos cuentos basados, es decir escritos a partir de, la vida cotidiana a mi alrededor. Escribí durante tres años hasta que completé un libro titulado Trilogía sucia de La Habana. Y fui soltando aquella carga pesada. Después escribí otros cuatro libros (El Rey de La Habana, Animal tropical, El insaciable hombre araña, Carne de perro). Y completé el Ciclo de Centro Habana. Así que tiene razón Dostoievski, todo depende de la mirada, todo depende del asombro. Claro, después hay que tener algo más porque un libro no se escribe solo. 
Por cierto, me parece que el barrio se ha suavizado un poco en estos más de treinta años. En aquellos años había más brutalidad, más peleas, asesinatos, suicidios, gente ignorante, pervertidos de todo tipo. Ahora, la situación económica ha mejorado un poquito y creo que eso contribuye a más relax. Es sólo una apreciación mía, a simple vista. En el barrio hay algunos pequeños negocios privados, algunos alquilan habitaciones a turistas, otros tienen restaurantes, otros más se han ido a vivir en otros países y envían remesas a sus familias, en fin, hay otra dinámica social y económica. Menos mal.