Mi casa

Mi casa
© Héctor Garrido

lunes, 16 de septiembre de 2019

NUEVOS POEMAS


                                                             LA  SOPRANO

Las pequeñas flores secas de las acacias caen y forman remolinos en el aire. Dentro tienen semillas minúsculas. Diseminan su historia sobre la tierra. Entro al edificio y asciendo una escalera, tres pisos. Oigo a una soprano. Un canto amortiguado tras una puerta apenas entornada. No resisto la tentación y abro con cuidado. Hay cuatro personas sentadas a una mesa, es una audición. Y la soprano, alta, corpulenta, con grandes pechos. Su voz ocupa todo el espacio. Es agradable esa  mujer y canta algo hermoso aunque, claro, no sé qué es. Cierro la puerta y sigo en busca del baño. Al fondo del pasillo me han dicho. Mientras orino veo las acacias a través de una ventana y oigo muy lejos  a la soprano.


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                                    GENTE  MIRANDO  AL VACÍO.

Me han regalado un libro esta tarde. Una serie de fotos que Walker Evans tomó en La Habana en 1933. Estamos en 2018. Exactamente 85 años. Y nada. Todo sigue igual. O casi. Mendigos, putas, gente mal vestida, edificios cubiertos de moho y suciedad. Gente mirando al vacío. Gente detenida. Gente que no sabe qué pasa. Gente en una esquina, arraigados en una losa de cemento. Se respira con dificultad por la humedad y el calor. Nada. No pasa el tiempo. Vamos a tomar una cerveza me dice el amigo que me regaló el libro. Tomamos una cerveza y hay silencio. Presiento que se despide.

Y así fue. Pasó un año y no supe nada más. Un día lo encontré en la calle. Sucio. Caminaba lentamente, ido del mundo. Le costó recordar mi nombre. Bueno, yo se lo dije. Después me dijeron que sufre Alzheimer y camina por las calles sin rumbo. Vive solo, y se pierde, alucinado, como esos personajes en las fotos de Walker Evans.

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                                                   UN  PERÍODO  DE  ESTUPOR

Veo un viejo documental donde entrevistan largamente a Ingmar Bergman. Dice que su casa  tiene 66 metros de largo y que él padece de problemas de sueño. Está solo en casa. Se levanta de noche y camina de un lado a otro. A veces piensa que hay espíritus que se  comunican con él y le dicen algo. Habla despacio, en sueco, con largas pausas. Me gusta la suavidad de ese idioma. Me recuerda cuando viví allí en el verano de 1999. Yo entraba lentamente en un período de estupor. Era como entrar en un agujero profundo y oscuro.  Al fin me fui y regresé a mi país, todo lo contrario de Suecia: estridente, pobre, tumultuoso, con gente imprevisible y disparatada, que me ayudaban a salir del hueco negro. Ahora este  anciano habla lentamente sobre espíritus que le dicen algo por las noches. Después lo utiliza en sus películas. Y yo pienso en el estupor, que lo envuelve todo, como un sedante a medianoche.

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                                                          BLOOMSBURY            


Estuve buscando la casa de Virginia Woolf, pero sólo han dejado unas antiguas cabinas rojas de teléfono.  Están vacías y sucias. Escenografía para turistas. Premoniciones de la intriga. Sucias cabinas donde los dueños de burdeles cercanos (o los encargados o los de marketing, quién sabe)  pegan pequeñas stickers con fotos de putas tetonas y provocativas, y las indicaciones para llegar en cinco minutos o llamar y concertar una cita. Me hago una foto y me voy al hotel, muy cerca, en Tavistock Square. Pido un scotch en el bar. Hay una luz mortecina y polvorienta. Un bar con cierto aire miserable y perdido, sólo para borrachines pobres. Saco un recibo que me dieron hoy en alguna tienda, y, al dorso, escribo: Atento a las derrotas, a los pequeños percances familiares, a la angustia lacerante, controlo el resplandor para que no disminuya. Oh, qué sonriente, el hombre optimista y sardónico que se niega a hundirse. A trasmutar en garrapata. Esta noche oscura las pesadillas me hacen despertar asustado y lejos de casa. No sé. Áspero como un tiburón, me sumerjo en aguas profundas y heladas. El whisky es malísimo y este lugar es real pero parece un jodío invento de pésima novelita policiaca, ¿Qué hago?


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                        FINIS   TERRAE

                                                                 
                                                               
                                                                                     

Salíamos cuando faltaba poco para la noche. Una vieja chaqueta de cuero, una bufanda gruesa y una gorra de lana. Él tenía una ruta ya estudiada que sabía de memoria. Y era compleja. Por dentro del bosque. Un sendero estrecho, enlodado. Y nosotros muy rápido. A grandes zancadas. Después teníamos que atravesar un largo trecho junto al mar, sobre los arrecifes. Las olas resonaban duro contra la costa. Era un lugar inhóspito, irascible como una trampa de misterio. La luz del faro a lo lejos. Se hacía de noche cerrada y seguíamos. Aprisa. Sudando. Sin hablar. Concentrados. Me aflojaba un poco la bufanda, y seguía sudando. Yo siempre pensaba en lobos hambrientos y en asesinos agazapados en los matorrales. El sentido poético de la vida irradiando su bondad y su malignidad. Después de una cena ligera no había nada más que hacer. Y yo no quería hablar de mi vida. Intentaba olvidar y poner distancia. Que es lo que hago siempre. Intento olvidar. Me iba a mi habitación y los escuchaba gimiendo un buen rato. Varias veces me dijo: Es una mujer insoportable pero tiene un buen polvo. Y sí. Pasaban una hora gimiendo y gozando cada noche. Yo me masturbaba y me quedaba dormido como una piedra. Era feliz en aquella época. Después me alejé de aquel lugar y jamás supe de ellos.  Como una visión fantasmal.



lunes, 26 de agosto de 2019

CONSEJOS DE DOSTOIEVSKI

Fiodor M. Dostoievski (1821-1881) publicó un Diario de escritor (Alba Editorial, Barcelona 2016, traducción y notas de Víctor Gallego). Se trata de un conjunto de artículos, cuentos, apuntes, en sus palabras: "¿De qué voy a hablar? De todo lo que me llame la atención y me haga reflexionar". Es decir, un cajón de sastre, publicado primero en la revista El Ciudadano, mensual, en 1873. Después lo publicó en entregas mensuales también, y edición propia, en 1876 y 1877. Además de un número en 1880 y otro en 1881. Él murió el 28 de enero de 1881.
Uno de los artículos, publicado en octubre de 1876, titulado "Un caso que no es tan sencillo como parece", se refiere a una campesina de veinte años, llamada Ekaterina Kornílova, que se había casado con un viudo quien la humillaba recordándole que su primera esposa era mucho mejor que ella en todos los aspectos. Después de soportar aquello un buen tiempo, Ekaterina, por venganza, maltrataba a la hija de su marido, su hijastra, de seis años, hasta que un día la empujó por una ventana en un cuarto piso. La niña milagrosamente salvó la vida. De todos modos la condenaron a dos años y ocho meses de trabajos forzados en Siberia y a vivir allí el resto de su vida. Dostoievski analiza todo el asunto minuciosamente y ofrece sus propias ideas. Después visita a la joven, que está embarazada con cuatro meses de gestación, en la cárcel, habla con ella y escribe un segundo artículo en diciembre.
Al final de este nuevo artículo regaña agriamente a sus contemporáneos novelistas: "La verdad es que no entiendo donde tienen los ojos nuestros novelistas. ¡Ahí tienen un tema, ahí tienen una verdad como un puño para escribir paso a paso! Aunque, después de todo, me he olvidado de esa antigua regla: no es el tema lo que importa, sino la mirada; si sabe uno mirar, encontrará el tema, y si uno no tiene ojos, si está ciego, no encontrará nada en ningún sitio. Ah, la mirada es muy importante: lo que para unos es un poema para otros no es más que un montón de basura".
Esto es rigurosamente cierto. Lo que él llama "mirada" yo le llamo "asombro". Cuando llegué a vivir en Centro Habana en 1986 me quedé asombrado. Yo tenía 36 años y ya había tenido una vida bastante intensa pero nunca había vivido en un barrio tan extremo, con gente tan violenta y agresiva. Quedé asombrado por todo lo que pasaba allí día a día. Así estuve varios años hasta que ocho años después, en 1994, empecé  a escribir unos cuentos basados, es decir escritos a partir de, la vida cotidiana a mi alrededor. Escribí durante tres años hasta que completé un libro titulado Trilogía sucia de La Habana. Y fui soltando aquella carga pesada. Después escribí otros cuatro libros (El Rey de La Habana, Animal tropical, El insaciable hombre araña, Carne de perro). Y completé el Ciclo de Centro Habana. Así que tiene razón Dostoievski, todo depende de la mirada, todo depende del asombro. Claro, después hay que tener algo más porque un libro no se escribe solo. 
Por cierto, me parece que el barrio se ha suavizado un poco en estos más de treinta años. En aquellos años había más brutalidad, más peleas, asesinatos, suicidios, gente ignorante, pervertidos de todo tipo. Ahora, la situación económica ha mejorado un poquito y creo que eso contribuye a más relax. Es sólo una apreciación mía, a simple vista. En el barrio hay algunos pequeños negocios privados, algunos alquilan habitaciones a turistas, otros tienen restaurantes, otros más se han ido a vivir en otros países y envían remesas a sus familias, en fin, hay otra dinámica social y económica. Menos mal.

lunes, 22 de julio de 2019

HASTA LUEGO, ROBERTO

Roberto Fernández Retamar (La Habana, 1930), falleció aquí en La Habana el pasado sábado 20 de julio 2019, por la tarde. Tenía 89 años y escribía sus memorias, que dejó inconclusas.
Hace unos meses le pregunté a su hija Laidy:
-¿Cómo está después de la pérdida de Adelaida?
-Imagínate. Toda la vida juntos. Está un poco deprimido pero se ha puesto a escribir sus memorias. Y tiene una memoria increíble.
Nos quedamos en silencio un rato. Después seguimos hablando de cualquier tema, para eludir el presagio que teníamos en mente.
Siempre digo que mi aprendizaje en el oficio de escritor lo hice completamente solo y que nunca molesté a ningún escritor para que leyera mis textos y me diera su opinión.  Pero esto no es totalmente cierto. En los años '80, Roberto y yo establecimos un ritual de comunicación. Nos veíamos por casualidad, casi siempre en la Casa de Las Américas, y nos estrechábamos las manos. Siempre me decía, con su voz profunda y grave y con un tono amable y casi cariñoso:
-Oh, Gutiérrez, hace tiempo que no leo nada suyo.
-Ah, tengo algunos poemas nuevos.
-Tráigalos. Déjeme leer algo suyo.
No puedo recordar cómo o por qué empezamos ese rito. Pero sí recuerdo bien que se repitió tres o cuatro veces. Yo no había publicado jamás un poema ni un cuento. Escribía a mano, corregía, pasaba en limpio y guardaba. Todo, o casi todo, me parecía malo e impublicable. Ni soñar con publicar en la revista Casa, que dirigía Roberto. Yo era un simple periodista que escribía cuentos y poemas pero no publicaba. En el fondo, no me interesaba publicar por publicar. Le daba largas. No debe haber prisa por publicar cuando uno es joven y está aprendiendo el oficio. Así es mejor, para no arrepentirse después. 
Un buen día me llamaron de Casa de Las Américas. Que fuera a recoger un cheque y dos ejemplares de la revista. Pregunté por qué. Y me contestaron: hay tres poemas suyos en este número.  Era el número 151, de julio-agosto de 1985.
Una vez pasada la emoción y cobrado el cheque, comprendí que de todos los poemas que le había entregado a Roberto, estos eran los mejores, con más misterio y garra. Todos dejaban la parte mayor del iceberg por debajo, oculto  a la vista. Y eso me gustaba. Los copio a continuación:
      HOMBRE EN PENUMBRAS
Este hombre tan serio
parece perdido en la penumbra del auto
frente al atardecer
sólo lo salvan sus ojos
dos ventanas tranquilas y pequeñas
en un castillo inaccesible
ahora el sol
hace una cinta de luz
sobre el cuello y la boca
extraña marca
que deja a este hombre
aún más solo y veloz en la carretera

     SÁBADO POR LA TARDE
Una muchacha afeitándose las piernas
en el apartamento del frente
y otra lavando ajustadores y calzoncillos
no es un panorama muy variado
tal vez íntimo
pero como se repite cada sábado por la tarde
la misma muchacha con su cuchilla
y la otra con el detergente
hoy prefiero cerrar la ventana
entonces comienzo a escuchar
inquietantes escuadras de helicópteros
hacia el suroeste
hay maniobras en la costa

      PLUSVALÍA
Están los guardianes que cuidan las manzanas
están los muchachos que quieren robar las manzanas
están los trabajadores que cultivan las manzanas
están los hambrientos que compran las manzanas
y está el dueño de todas las manzanas
con los hilos enganchados en los dedos

Los he copiado como están en la revista. Tienen 35 años. He resistido la tentación de corregirlos. En aquel momento eran los mejores de mi cosecha. Fue una lección que me dio Roberto. Al ver mis poemas impresos, seleccionados por otro, dejaron de ser míos. Se alejaron. Me enfrié y comprendí por dónde debía seguir tirando del hilo de Ariadna. Una lección importante y decisiva que siempre agradecí. Te recuerdo siempre con tu sonrisa amable y sincera, Roberto. Gracias. Y hasta luego. 
(La foto nos la hizo Laidy en diciembre de 2016).

lunes, 15 de julio de 2019

SOMOS DEMASIADOS

La población del planeta en este momento, mediados de 2019, alcanza los 7 mil 700 millones, según anunció la ONU en su documento Perspectivas de la población mundial, 2019. La previsión es que seremos 9,700 millones en 2050 y 11 mil millones en 2100. Otros cálculos estiman 11,400 millones en 2050 y 15,300 millones en 2100.
En 2017 más de 50 científicos laureados con el Nobel, encuestados por The Times, dijeron que la superpoblación humana y la degradación ambiental son las dos mayores amenazas que enfrenta la humanidad. En noviembre de ese año más de 15 mil científicos de 184 países indicaron que el rápido crecimiento humano es el motor principal de muchas amenazas que pesan hoy sobre nosotros. En sentido general, la comunidad científica está de acuerdo con estos criterios, pero lo cierto es que no se habla en voz alta sobre el tema. Abundan los libros e investigaciones pero en este momento casi ningún país tiene políticas de control.
Cada día somos más y necesitamos más alimento, más agua, más viviendas, más empleos, más transporte. Más de todo. Y por tanto nos autodestruímos al agotar todo lo que nos rodea. Lo comparo con un matrimonio que vive en un apartamento pequeño. Con uno o dos hijos las cosas pueden ir bien, pero si se descuidan y tienen siete u ocho hijos la vida se les convierte en un infierno: Discuten por todo, pelean y surgen todo tipo de reclamaciones y ofensas. Así es como vivimos en este planeta.
Pero los gobiernos tienen un enfoque economicista y tecnocrático sobre el asunto. Los gobiernos de los países europeos que enfrentan despoblación pagan subsidios a los matrimonios que tienen más hijos. Así vemos a una alemana o una noruega con cuatro ó cinco hijos y uno más en el vientre. Por lo regular son personas con bajo nivel cultural y económico. Viven de los subsidios. Las mujeres africanas, en cambio, tienen 5,4 hijos como promedio. Y es todo lo contrario. Una buena parte de esos niños pasan hambre y miserias de todo tipo. Muchos de ellos, ya jóvenes, intentan llegar como sea a Europa. Creen que allí vivirán mejor.
Es un problema muy complejo y con muchas aristas. ¿Por qué son precisamente los más pobres los que tienen más hijos? Pues ante todo por falta de información y de educación. Son mujeres sin acceso a estudios ni a trabajos, que se dedican a ser madres y esposas sobre todo. Pero influye además la religión, las tradiciones, la ausencia de anticonceptivos y de recursos médicos accesibles. 
Si los gobiernos y los expertos se reunieran para hablar con seriedad y amplitud sobre el tema surgirían soluciones efectivas, más humanistas y solidarias. Es un problema global. No podemos resolverlo a nivel de cada país. Hay que buscar e implementar soluciones mancomunadas. Y existen esas soluciones. Sólo hay que ponerse de acuerdo para implementarlas. El planeta Tierra no es infinito. Tiene determinada capacidad. No podemos seguir por este camino absurdo. Hay que frenar y generar vías de diálogo humanista, no tecnocrático ni economicista.  Es hora de hablar en voz alta.

lunes, 8 de julio de 2019

DESATAR LOS DEMONIOS

Creo que la discusión más apasionante entre escritores se basa en si hay que controlar a los personajes o si es mejor dejarlos que se suelten y campeen a su antojo mientras el escritor los sigue a cierta distancia, sin molestarlos, y escribe lo que ellos hacen. 
Mi experiencia es que la escritura estalla con más potencia  cuando los demonios se desatan, incontrolables, desde la primera página. Esto me sucedió con Trilogía sucia de La Habana y con El Rey de La Habana. Después, en menor medida con Fabián y el caos y con la reciente Estoico y frugal. Y, por supuesto, la poesía siempre es una bestia desmelenada que destroza todo a su alrededor y no cree en las leyes de la gramática ni en el sentido común. Por eso es tan potente y me hace sentir tan libre. Es una descarga total.
El Rey de La Habana fue una agonía. Me arrastró desde la primera línea y descontroló mi vida durante los 57 días que estuve escribiendo en julio-agosto de 1998. Fue una experiencia terrible pero  considero que fue el costo que tuve que pagar y mereció la pena.
En otras novelas no permito que los personajes se desaten demasiado. Pocos escritores experimentan esa locura de ser arrastrados por los personajes. Da un poco de miedo. A mi por lo menos me gusta saber, más o menos,  dónde está el final. A dónde iremos a parar en la última página. Me da seguridad conocer ese detalle.
Marguerite Duras, sin embargo, decía: "¿Para qué escribir un libro si sabemos el final?"
En una biografía de William Faulkner se cuenta una historia muy curiosa. Invitado por la Universidad de Virginia para que hablara con sus estudiantes de literatura norteamericana, le preguntan sobre Hemingway, que, estilísticamente, es todo lo contrario de Faulkner. Entonces él dice: "Hemingway ha construído un estilo perfecto con muy pocos elementos. Ha construído un estilo muy cuidadoso, un estilo de un hombre que tiene miedo. O sea, nunca arriesga más allá de los límites de un sistema de escritura muy controlado, que le permite producir esas pequeñas obras maestras". Para Faulkner esto era cobardía literaria de alguien incapaz de arriesgarse y equivocarse.
Al día siguiente los periódicos tergiversaron  aquello y publicaron que Faulkner había calificado de cobarde a Hemingway. Éste se enfadó y pidió al general Leclerc, que había estado con él en la campaña de liberación de París, que escribiera a Faulkner y le dijera que Hemingway era un hombre valiente.
Faulkner le contestó a Hemingway en una carta aclarando las cosas y explicándole que sólo se refería al estilo cauteloso de escritura y no a su valor personal. Y añadía que ese estilo cauteloso y controlado suele producir un efecto de aceptación general porque no hay ninguna ruptura ni nada puesto en juego. Es decir, garantiza las ventas y satisface lo que el público está esperando. O sea, convierte cada libro de Hemingway en un best seller.
Y yo recuerdo  como en París era una fiesta Hemingway cuenta que Gertrude Stein lo regañó varias veces por escribir algunos cuentos "impublicables". Hemingway no entra en detalles pero parece que al principio de su carrera arriesgaba más. Quizás usaba "malas" palabras o describía escenas de sexo. Y la señorita Stein, dictatorial, le reprochaba su audacia y le repetía: "¿Para qué escribir eso si ningún editor los aceptará?".
Este tema da para escribir cientos de páginas. Por ejemplo, un libro tan rompedor como Ulises le costó mucho a James Joyce. Silvia Beach lo editó en París y durante años lo confiscaban en correos de USA y de otros países por considerarlo pornográfico. 
Y yo, con la edición cubana de Trilogía sucia de La Habana (Ed. Unión, 2019). Ya lo contaré en su momento. Por ahora es mejor esperar un poco.
Hay unos pocos escritores esencialmente lúdicos y arriesgados como Kafka, Cortázar, Faulkner. Y otros esencialmente controladores como Chejov, Cortázar, Carver. Es decir, tanto unos como los otros pueden ser igual de encantadores y efectivos. Son dos modos de enfrentar el acto creativo. Dos modos   válidos. En realidad dejar que los demonios se desaten y no imponer orden es un lujo que se permiten unos pocos.
 

martes, 18 de junio de 2019

ESTOICO Y FRUGAL

Esta es la cubierta de mi última novela que ya se distribuye desde principios de junio 2019, editada por Anagrama.
Se trata de Pedro Juan en España, Alemania e Italia  en el invierno de 1998. Acaba de publicar un libro en España que ha trastornado su vida.  Y no sabe si para bien o para mal. Él es sobre todo un caribeño juguetón, pero se inquieta por esta nueva e imprevista situación. Los dejo ahí. No merece la pena comentar más. 

BRASILIA


Aquí estoy en estos días de junio 2019 en Brasilia. Esta es la catedral, diseñada por Oscar Niemeyer. Una iglesia extraña, para decir lo mínimo. En realidad toda la ciudad sigue siendo extraña, aunque ya tiene casi 60 años. Se construyó rápidamente entre 1956 y 1960. Se inauguró en este último año. Era la utopía de crear una ciudad perfecta. Tengo algunos buenos amigos aquí y todos coinciden en que tienen una extraña relación de amor y odio con la ciudad. No es una ciudad para caminar. Casi no hay árboles ni sombra. Alrededor han crecido ciudades satélites y el tráfico de autos es intenso, con sólo una persona a bordo. Yo vine ahora para inaugurar una exposición con  24 de  mis pomas visuales, de conjunto con 24 cuadros del reconocido pintor brasileño Gerson Fogaca. Se iba a exhibir en el Museo del Correo, pero algunos de mis poemas y un cuadro de Fogaca fueron censurados por ser demasiado eróticos y a última hora todo se mudó para el Museo Nacional, diseñado por Niemeyer, y mucho mejor. Así que lo que pasa conviene. Después de la inauguración dediqué unos días a recorrer algunas ciudades cercanas. Es una zona hermosa, junto al Mato Grosso. Pasear un poco con buenos amigos, relajadamente. Y dejar que la vida fluya.