Mi casa

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© Héctor Garrido

martes, 1 de mayo de 2018

EL OLOR DEL AZUCAR

Aquí estoy en La Habana Vieja, concretamente en la Avenida del Puerto, en una de las locomotoras antiguas que ha rescatado la Oficina del Historiador de La Ciudad. Creo que son unas 200 máquinas ya restauradas y protegidas  como patrimonio histórico.
El principal recuerdo que me traen estas máquinas es un intenso olor dulzón a azúcar prieta (sin refinar) acabada de fabricar y todavía pegajosa. Yo vivía en Matanzas, en la calle Pavía, frente a la bahía. Los trenes hacia el puerto, cargados de azúcar en sacos o a granel, procedentes de los centrales azucareros, pasaban a escasos diez metros frente a  mi casa. Y dejaban una estela de olor dulce del azúcar mezclado con el olor característico del carbón de hulla o carbón de piedra. 
Tengo una memoria olfativa especial, quizás igual que todos,  pero a mí me  parece especial porque activa siempre una cadena de recuerdos. A partir de un olor y un recuerdo vienen otros y otros. Es como una autobiografía invisible. Absolutamente invisible ya que no se basa en documentos ni nada material. Es sólo un recuerdo guardado en ciertas zonas del cerebro. Aunque no veo todo esto desde un punto de vista científico, sino poético. Son maravillosos recuerdos poéticos. Fragmentos de mi vida, trozos olvidados que regresan cuando los olores destapan algo. En literatura creo que quien mejor utilizó esto fue Patrick Suskind con su estupenda novela El perfume donde los olores son tan protagonistas como el psicópata que centra la historia.  Recuerdo con alta precisión los olores  de algunas mujeres, de lugares donde he trabajado, de ciudades específicas, de casas donde he vivido. A veces sueño con olores. Muchas veces son los olores de una mujer -más que la vista o el tacto- los que  excitan y descontrolan mi líbido.  Y así las asociaciones de ideas son interminables. Infinitas como el Universo. Del olor dulzón del azúcar recién hecha y el ruido de las locomotoras yo pasaba a los olores del barrio de La Marina, el barrio de las putas, a una cuadra de mi casa.
Hace unos días el periodista Ciro Bianchi me invitó a su tertulia en el Centro Dulce María Loynaz, en La Habana.  Hablamos de mis libros, y de Matanzas, mi ciudad natal. En algún momento me comentó que necesitaba información sobre el barrio de La Marina pero al parecer no hay nada escrito. Y le contesté: "Era el barrio de las putas así que encontrarás muy poco o nada". Yo recuerdo que mis padres me prohibían tajantemente entrar en ese barrio, que empezaba en la esquina de las calles Magdalena y Manzano y se extendía hacia la ribera derecha del río Yumurí. En el siglo XIX era una zona pantanosa y muy insalubre, de mangles, cangrejos y mosquitos. Aquí vinieron a asentarse los negros y negras esclavas libertos  en las haciendas azucareras a partir del 7 de octubre de 1886 cuando se abolió la esclavitud. Por supuesto, se creo allí un barrio de gente paupérrima, sin oficios, sin estudios, sin recursos económicos.
Mis incursiones en La Marina, a escondidas para que mis padres no se enteraran, fueron frecuentes. Me  atraía aquel lugar tan diferente a nuestro barrio de clase media. Allí los olores pasaban del olor intenso a comida de una fonda de chinos a los muy desagradables de zanjas y fosas rebosantes de aguas negras y el olor a pudrición de la orilla del río. Después, en 1959, la Revolución prohibió la prostitución y el barrio poco a poco cambió. Ahora hay desde 1996 un proyecto para intentar una mejoría de las condiciones de vida que todavía dejan mucho que desear. Y así podría seguir de un olor a otro, de un recuerdo a otro. Ahora le toca a Los Muñekitos de Matanzas, el genial grupo de guaguancó que funciona desde 1956, con quienes tanto bailé en los carnavales, todos ellos vivieron siempre en La Marina. Y así.  Mi catálogo de olores  es interminable. Un largo y hermoso poema.

3 comentarios:

  1. Me gusta esta idea de "una autobiografía invisible" que conforman los olores. Creo que nos pasa a todos igual, en cuanto a que ciertos olores de nuestras etapas formativas nos transportan a tiempos idos. Es un sentido que parece tender un puente directo a la identidad.

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  2. Qué bién verte. Te echo de menos!

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  3. Cada año voy a Cuba pero no sé si este pueda, que chingona es tu gente y mas sus olores ha, pedro john escribe mas no seas mamon aunque se que te revienta los huevos q la raza te lo pida

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