Mi casa

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© Héctor Garrido

jueves, 9 de julio de 2015

SOBRE EL ASOMBRO Y LOS MANGOS

Esta foto la hice en una azotea de Centro Habana. Han querido denigrarla, pero no han podido. Es de hierro duro y mantiene su dignidad, enhiesta y altiva, como debe ser. Una silla asombrosa. Los escritores nada podemos hacer sin el asombro. Todos mis libros han nacido del asombro. Gente, lugares, situaciones, que me asombran y entonces se me meten dentro hasta que los saco en forma de relatos o poemas. Supongo que lo contrario del asombro es el aburrimiento. Acabo de leer una novela de James Salter (Todo lo que hay, Salamandra, 2014). La publicó en su país en 2013 y murió hace poco, con 90 años. Para algunos es un escritor extraordinario. Para mí es aburrido. Con oficio, es decir maneja la parte artesanal del asunto. Pero no tiene nada que decir. Y, como afirmaba mi admirado Truman Capote, de la artesanía al verdadero arte el trecho es muy largo y pocos lo pueden saltar. Capote añadía algo sobre cierto látigo que Dios te da para que te flageles. Volviendo a Salter: además, se le van cada párrafos rosados que parecen sacados de Corín Tellado o Sidney Sheldon. Es así. Hay gente que tienen vidas rutinarias, grises  aburridas y repetitivas. Y si encima escriben con miedo a ofender, a molestar y a ser incorrectos y quieren guardar siempre los buenos modales, pues no hay nada que hacer, mejor que se dediquen a otra cosa y no nos hagan perder el tiempo.
Siempre recuerdo la respuesta que Dulce María Loynaz (1902-1997) dio a una joven periodista de TV. La Loynaz iba a recibir el premio Cervantes en 1992, después de muchas décadas de olvido y censura, apartada en su arruinado caserón en el centro de El Vedado, en La Habana. Así que la entrevistan. Ella -con 90 años-  está ya muy viejita y desencantada. La joven le pregunta sonriente:
-¿Y qué escribe ahora?
La Loynaz, apesadumbrada,con voz muy  baja, mirando al suelo, le responde:
-Nada, hija, nada. Para escribir hay que estar entusiasmada con la vida. Asombrarse. Un mango maduro que se estremece con la brisa y cae al suelo entre la hojarasca del jardín. Y lo oigo caer. Y me asombro porque es todo un misterio. Ya no. Ya no oigo los mangos.
A mí el asombro todavía me estremece continuamente. Hay que seguir oyendo los mangos maduros cuando chocan en el suelo y revuelven la hojarasca. Ayer voy por la calle. Delante de mí, en una esquina hay una policía. Mujer. La miro con curiosidad malsana. Nunca me he acostado con una policía. Pero me gustaría. Sobre todo si es un poco andrógina. Sin maquillaje. Seducirla. Quitarle el cinturón con la pistola y ponerlo aparte. Y después seguir despacio hasta dejarla desnuda. Y seguir. Todo en mi mente. Un señor de 65 años puede ser más loco que un jovencito de 40. Después seguí caminando. Entré a una tienda a comprar unas sandalias para este verano tan brutal. No me servían. Llevo el 45. Quedaron en pedirlas y me aseguraron que en dos días las tendrían. Sigo caminando hacia el gimnasio. Voy entretenido. Pienso aún en la policía y en las sandalias. Doy un mal paso en el borde de la acera. Se me dobla el tobillo derecho y caigo al piso. Me golpeo además la rodilla izquierda. Y en medio de la confusión veo delante de mí, bien doblado en cuatro, un billete de 5 euros. Lo recojo y lo guardo en el bolsillo. Dos personas se han acercado para ayudarme. Me preguntan si me siento bien. Sí, estoy bien, les digo. Giro el tobillo en varias direcciones. Y sigo hacia el gimnasio. Así de golpe viene a mi mente el Swami Nirmalananda, indio, uno de mis guías espirituales. El otro es un negro africano yoruba, cimarrón del monte, un poco bruto y violento pero nos queremos muchísimo. Me cuesta tenerlo bajo control. Creo que el Swami, que es muy filosófico y sonriente, me ha querido dar una lección: Te das un golpe fuerte y encuentras dinero. Que no es nada material. Cinco euros no es dinero real es sólo un símbolo del dinero. Pero no entiendo la lección. En los próximos días el Swami intentará aclarar su mensaje. En los próximos días o en los próximos años, quién sabe. El Swami en vida fue siempre muy jocoso y la base de su filosofía era: Ríe. Sólo eso. Siempre sonríe.
En fin, por la tarde tengo el tobillo derecho hinchado y me duele la rodilla izquierda, sobre la que cayeron los 87 kilos de mi cuerpecito. Voy a un herbolario y compro un trozo de grasa de camello. Se calienta un poco y se aplica para desinflamar las articulaciones y los músculos. El pedazo de grasa costó 5 euros. Pagué con el mismo billete que me encontré en la calle. 
Empecé hablando sobre los escritores aburridos,  el asombro y los mangos. No sé si todo esto de la caída y el billete es asombroso. Al menos es cierto. Si finalmente llego a entender la lección del Swami volveré sobre el tema.

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