Mi casa

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© Héctor Garrido

jueves, 28 de agosto de 2014

MÍNIMO APENAS, LEVE.

En diciembre de 1999 estuve un par de meses en Chemnitz, una pequeña ciudad industrial de Sajonia, Alemania. Me quedaba en la casa de un gran amigo. Él es pintor. Tenía mucho material y un estudio cómodo. Yo por las mañanas escribía una novela. Animal tropical.  Antes había estado 3 meses en Suecia, donde había escrito unas 300 páginas que serían el capítulo central del libro. Ahora me dedicaba a reducir y mejorar todo aquello. Casi siempre ese es el ingrediente principal de mis revisiones y mejoras a un texto: borrar, quitar, reducir, eliminar, tachar, simplificar. No hay derecho a abusar de la paciencia del lector. Era un trabajo agotador. Tenía dos libretas manuscritas con mi letra microscópica, y a veces ininteligible. Leía y al mismo tiempo reducía, simplificaba y escribía en una máquina. En esa época yo no tenía ni un email ni sabía nada del mundo digital. Todavía se usaba el correo y el fax. En Suecia había revisado las pruebas de galera de El Rey de La Habana. De la editorial me enviaron el paquete por correo. Yo corregí todo y devolví el bulto también por correo a Barcelona. Normal.  Entonces, el trabajo matinal en la novela me agotaba. Para relajarme, por las tardes hacía lo mismo que en mi casa en La Habana: Me preparaba un trago de whisky con hielo, ponía un disco de Mozart, Bach, Schubert, Haydn. Evitaba Wagner, demasiado loco. Y me ponía a pintar.
Al principio intenté pintar como en Cuba: colores fuertes, materiales duros y ásperos. Recogía en la calle pedazos de metal oxidado, tierra, arena, tallos secos, guijarros, cordeles y cuerdas, pedazos de loneta, clavos retorcidos y todo aquello mezclado con verde, amarillo, rojo. ¡No! ¡No funcionaba!
Yo soy muy impetuoso. Me lanzo sin medir las consecuencias. Nada se resiste al impulso del rayo. Eh, pero, ¿qué pasaba? Estuve un par de días desconcertado. ¿Qué pasaba conmigo? Hice tres cuadros. Los rompí a pedazos. Eran tremenda mierda. Ridículos. Lo único que funcionaba era la música, el whisky y unos tabacos alemanes muy buenos. Desalentado, recogí todos los materiales. Los guardé. Y me olvidé. Pasaron unos cuantos días. Una semana quizás. Los fracasos hay que olvidarlos. Pero olvidarlos de verdad. Menospreciarlos.  Y partir de cero. Una y otra vez. Es un juego. Fracasas. No importa. La vida es un juego. La ruleta de la vida. Perdiste un poco pero no importa. La vida sigue. Adelante. Olvida totalmente y ya viene otra oportunidad. Entonces intentas desde otro punto de partida. Sólo que en arte nunca se sabe dónde está ese nuevo punto de partida. Por eso hay que olvidar de un modo perfecto. Para que la intuición quede limpia y funcione nuevamente. Sólo la intuición. Un artista no tiene ninguna otra herramienta. Y la intuición funciona en libertad absoluta. Si la condicionas ya no es intuición, es otra cosa más rudimentaria.
Un tarde estoy con mi vaso de whisky en la mano. Sonaba Mahler. La Quinta. Vigoroso, pletórico. ¡No! Lo pasé al segundo movimiento. Scherzo. ¡No! ¡Esas trompetas! Lo apagué. Silencio. Creo que estaba algo abatido y completamente desconcertado. Me acerqué a una ventana. Afuera un pequeño bosquecillo nevado. Los árboles desnudos. Hacía dos días que nevaba sin parar. Y seguía nevando. Los copos, muy pequeños caían. Todo era blanco y gris. Y triste. Melancolía y silencio. Aquel silencio frío y triste entró hasta mi corazón. Entonces, sin pensar, cogí unas cartulinas, un cutter y un trozo de lápiz  gris y otro negro. Y le entré, a descargar mi furia. En un rato hice 10 versiones de la furia y el silencio. Entonces lo guardé todo y seguí con el whisky, el silencio, la nieve y el frío. Y ya. Me olvidé de todo. Entré en otra dimensión. Entré en el vacío, en el infinito, mínimo apenas, leve.

2 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho tu post, enhorabuena por todo lo que has conseguido y lo que falta por andar, un saludo desde nuestra empresa de alquiler de gruas

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