Mi casa

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© Héctor Garrido

lunes, 16 de junio de 2014

NUESTRAS OSCURAS PROFUNDIDADES

Hace poco Pablo Milanés me decía: "Ya leo poco porque sé lo que me van a decir. Y a Sabina le pasa lo mismo". Era una conversación de sobremesa. Me había invitado a un almuerzo familiar en su casa. Éramos diez o doce o más porque fueron todas sus hijas o casi todas, más los nietos. Pablo es prolífico. La pasamos muy bien. Sobre todo porque Pablo es una de esas personas que rebosa generosidad y alegría de vivir. De él sólo emanan buenas vibraciones. Después por la noche, tranquilo en mi casa, me quedé pensando en aquella frase. Y me llevó a reflexionar sobre mi largo proceso de lectura. 
Estoy leyendo desde los siete años. Tuve mucha suerte porque vivía en Matanzas, cerca de dos estupendas bibliotecas: La Guiteras y la Gener y del Monte. A cuál mejor. Y además una tía tenía un puesto de prensa con todas las revistas y comics del mundo. Almacenaba toneladas de National Geographic, Popular Mechanics y comics ya pasados, los que nunca se vendieron. Todo a mi disposición. A partir de los 13 años más o menos comencé a dedicar más tiempo a la lectura. Sin orden ni concierto, tengo que reconocerlo. A esa edad lo mismo leía a Kafka que a Truman Capote y Hemingway que a Julio Verne, Dickens, Salgari, Stevenson y Poe. Lo que cayera en mis manos. Y eso incluía libros de Federico Engels y manuales rusos horribles de economía y filosofía marxista, que me enredaron mucho la mente. 
A partir de los 18 años más o menos incrementé más el ritmo de lectura. Unos 7-10 libros mensuales. Por ahí tengo las libretas con apuntes de lecturas porque desde que tuve la certeza -hacia los 18 años- que quería ser escritor por encima de todo, me convertí en un lector minucioso. Intentaba desarmar  el mecanismo de cada libro. Necesitaba saber cómo funcionaba por dentro. También compraba muchos libros. Más adelante, hacia los 30-40 años mi biblioteca llegó a tener unos 7 mil ejemplares. Y así se mantuvo muchos años. Yo leía mucho más de 120 libros al año. Unos completos de cabo a rabo.  Otros a saltos. Muchos los repasaba un poco y los guardaba para otro momento.  Tenía mi biblioteca muy bien organizada por temas: desde filosofía, historia del arte y poesía, hasta historia, sicología, sociología, antropología, y mis autores predilectos de ficción.
Por ahí empecé a hacer limpiezas periódicas. Cada unos cuantos años sacaba unos centenares de ejemplares porque mis gustos se fueron afinando y, sobre todo, aprendí a descartar. Cientos de autores intrascendentes, cientos de títulos inútiles fueron a parar a cajones que después regalaba o vendía por unos pocos centavos a libreros de viejo. Jamás he tirado un libro a la basura. 
Y así llegué a  finales de 2006, un año esencial  en mi vida. Ahí tomé decisiones y puse en práctica un cambio radical que me ha permitido llegar a este momento vivo y con buena salud. No quiero ahora penetrar en nuestras oscuras profundidades. No merece la pena. Pero entre otras medidas, estaba la de concentrar más aún mis energías de lector y la biblioteca dio un bajón de unos 7 mil  hasta sólo  mil y pico ejemplares.
Hoy en día, con 64 años, releo mucho. Los nuevos autores que van apareciendo los miro con recelo. Ya tengo mi selección personal de escritores, que no es tan pequeña. Y compro mucho menos cada año. Ya me aburren los editores con esos libros en los que ponen en la contraportada sin el más mínimo pudor: "Este escritor es la revelación del siglo. Lo más importante. Un clásico ya desde este primer libro". ¡Son impúdicos! O se dirigen a tontos. No sé qué pensar. 
Ahora me gusta ordenar y reordenar mis libros porque siempre siguen entrando nuevos títulos. Y la verdad es que se me dificulta mucho hablar de preferidos porque ya todos los que han quedado en los estantes son mis preferidos. Desde Lezama, Carpentier y Eliseo Diego, hasta Cabrera Infante, Cortázar, Kafka, John Cheever, Raymond Carver, Grace Paley, Capote, y un largo etcétera que incluye a Samuel  Johnson, Melville, Defoe, Vallejo, Nicanor Parra, Vila Matas, Houellebeck, Sebald, Bernhart y etc.
Siempre leo varios libros al mismo tiempo. Ahora estoy releyendo El espía que surgió del frío, de Jonh Le Carré, Todos se van, de Wendy Guerra, Diarios 1934-1939, de Anaís Nín, y Mapa dibujado por un espía, de Cabrera Infante. Bueno, el de Le Carré y el de Cabrera Infante acabo de terminarlos y empiezo a dar unas probaditas golosas a dos que acabo de comprar, recién editados: La chica de ojos verdes, de la irlandesa Edna O' Brien, y La locura del arte (prefacios y ensayos), de Henry James.
Creo que uno lee del mismo modo que vive. Mi vida siempre ha sido un poco caótica y desorganizada. Pues así son mis lecturas. Los personajes duros y crueles del espionaje de Le Carré, se mezclan con la generosidad tierna, erótica y femenina de Anaís Nín y Wendy Guerra, o la perversidad desencantada de Cabrera Infante. Todo se mezcla y fluye y uno se va transformando junto con esos personajes. Uno evoluciona  y poco a poco va cambiando. Y ya no eres el mismo. ¿Cuántas vidas he vivido en estos 64 años? Muchas. Muchísimas. No sé. 

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