Mi casa

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© Héctor Garrido

lunes, 10 de noviembre de 2014

NUEVOS POEMAS

En Cuba no hay otoño ni invierno. Desde fines de octubre refresca un poco, hay  días nublados y ventosos, días grises. En fin, el panorama cambia y uno se relaja después del agobiante calor que ha castigado duro desde  marzo o abril. Supongo que el cambio climático es mucho más violento en estas latitudes.
Ese pequeño respiro climático a partir de octubre hace que, imperceptiblemente se me relajen las neuronas y empiece a escribir poemas. Salen solos, sin gran esfuerzo. A veces me siento como un monje errático que flota. Una sensación extraña, inexplicable. Y se repite cada año por estos meses. Aquí les dejo uno. Quizás es sólo el borrador. Porque nunca sé cuándo  un poema está concluido. Creo que nadie lo sabe. Cualquier poema es infinito y nadie sabe dónde comienza y dónde termina.

              LEVES   PERTURBACIONES

A las cuatro de la tarde un pequeño terremoto estremeció a la ciudad. Arriba, en la azotea, cimbró todo. Una sensación inexplicable. Como si el mundo flotara en una balsa. No supe qué pasaba. Por la noche me enteré. Dieron la noticia cuatro horas después. Le restaron importancia. Repitió al día siguiente. Y al tercer día. Terremotos en La Habana, lo que nos faltaba, por si fuera poco, dijo mi vecina, asombrada  y controlando su pánico. Por las noches yo soñaba con gente corriendo y volvieron las pesadillas del tsunami de aguas negras, gigantesco, que arrasa con todo.  Lo observaba como siempre, detrás de un muro sólido, a mucha altura, invulnerable. Yo, tan sereno en medio de la desgracia. Sin miedo. Imperturbable. Después leía algunas páginas de El sobrino de Wittgeinstein. Por las tardes bebía cerveza con una puta de 44 años, extrañamente comedida y discreta. Es una negra menuda y aparenta tener sólo 30 años. Muy pedagógica. Le encanta explicarme todos los detalles de su oficio. Ya no me depilo, me dice.  Mis clientes son viejos italianos pervertidos que prefieren la pendejera  en el bollo, y los olores fuertes. Se excitan con eso. Después me habla de las clases de piano que da tres veces por semana a unas niñas en su barrio, pero pagan poco y tiene que prostituirse con los viejos pervertidos que además son tacaños y también pagan poco. Ella habla y habla mientras yo pago cervezas y tenemos unas tardes agradables. Creo que poco a poco me convierto yo también en un viejo solitario y pervertido. Después pienso que es un gesto. Místico. Y nada más.

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