Mi casa

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© Héctor Garrido

domingo, 20 de abril de 2014

EL ESPÍA QUE OBSERVA Y TRAICIONA

En una entrevista que Silvia Cherem hace al escritor israelí Amos Oz, en Revista de la Universidad de México, noviembre 2013, el gran escritor toca dos temas que son fundamentales en  este oficio: "Escribir es revelar los secretos de otras personas, es ser un traidor". Y más adelante dice: "Un escritor es un espía que observa. A los cinco  o seis años pasaba horas calladito mientras mis padres hablaban con sus amigos sin parar. Me robaba pedazos de conversaciones de las mesas cercanas, miraba el lenguaje corporal,me fijaba en sus  zapatos y en su ropa, en sus expresiones. Y comenzaba a inventar historias sobre esas personas, así es como me convertí en escritor. Todavía hago eso cuando tengo que matar el tiempo en una consulta médica, en una estación de tren, en el aeropuerto,en algún café. No leo el periódico. Observo, espío. Es un maravilloso pasatiempo, se lo recomiendo a todos".

Me gustó leer esas dos afirmaciones porque creo que están en la base del oficio de escritor: observar siempre, incansablemente, porque todo, absolutamente todo, se puede convertir en literatura. Y saber, y aceptar,  que tienes que traicionar.  Podría contar miles de anécdotas de mi afición natural a observar. Creo que todo el que observa apasionadamente al final se convierte en escritor o en sicólogo, sociólogo, antropólogo, pintor, fotógrafo o, cuando menos, en periodista. 

Lo otro es más complicado. Ser un traidor.Aquí entra a jugar la ética. Cada ser humano tiene sus fronteras propias, sus límites, sabe hasta dónde puede llegar para no convertirse en un ser infame. Le llaman ética. Yo le llamo la línea oscura. Todos los escritores (hablo de escritores de verdad, los que van al fondo cueste lo que cueste, no de los artesanos que se dedican a escribir entretenimientos light) tienen que enfrentar siempre el dilema esencial: escribo o no esta historia sobre gente muy cercana a mí. Si la escribo y se publica, ¿qué pasará cuándo la lean? La hija de James Joyce, por ejemplo, recordaba de un modo muy feo a su padre después de muerto: "Era un cabrón que siempre nos estaba observando".

A mí me ha pasado con cada uno de mis libros. En todos aparecen personas y situaciones reales. Cambio nombres, lugares, modifico algo, añado, pero si cambio demasiado el relato deja de funcionar. Así que tampoco me queda un margen amplio. Una novela que acabo de terminar  me mantuvo indeciso durante 21 años. Todo ese tiempo en el limbo. No me atrevía a escribirla. No podía. Porque me parecía que traicionaba a un gran amigo de la infancia y la juventud. Finalmente mi compañera me contó una mañana, mientras desayunábamos, una historia muy simpática relacionada con una tía suya en Madrid. Y ¡Pramm! llegó la iluminación: Claro, el primer capítulo empezaba ahí. Me senté y la escribí de un tirón en muy pocos meses.

Creo que el subconsciente trabaja siempre a favor del escritor. Es algo mágico. Sufres durante dos décadas por una historia que sabes que tienes que contar porque será útil, será necesaria para los lectores, no es un simple divertimento. Y no la puedes escribir. Es agónico. Hasta que de pronto sucede algo y ahí salta la historia completa. Se te ofrece para que la atrapes y la escribas sin perder tiempo.  De algún modo has cambiado lo que realmente sucedió. Así que te quedas con la conciencia tranquila. No has traicionado a nadie y has escrito lo que querías.  Este es un oficio muy extraño.

1 comentario:

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