Mi casa

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© Héctor Garrido

domingo, 1 de mayo de 2016

SEXO EN LA CALLE

Esta foto está tomada de un video que circula hace días en varios sitios de internet dedicados a temas cubanos. Es una pareja templando libremente, a plena luz del día, en el boulevard de San Rafael, en Centro Habana. Lamentablemente no los vi personalmente porque me gusta el porno. No me excita demasiado. No soy pajero. Soy cabillero. Me gusta dar cabilla. Pero el porno es un entretenimiento. Puede ser tan entretenido como coleccionar sellos,  bailar en ruedas de casino o ir a los conciertos de la Sinfónica Nacional. 
Es decir, no le doy mayor importancia. Es sólo un aspecto más de la vida. Es moral para la gente de mente amplia e inmoral para los pueblerinos de mente estrecha y aldeana. Ya sabemos que se puede convertir en vicio y entonces sí daña y trastorna.
He visto decenas de parejas haciendo ésto mismo y más, en locales cerrados en Tijuana, Madrid (en las porno shop de la calle de La Montera), en Viena, en Alemania, en Amsterdam, y un largo etcétera. Menos en Cuba donde el porno está prohibido y es ilegal desde 1959. Sólo que normalmente, en el mundo mundial, estos shows se montan en locales cerrados para poder cobrar la entrada.
Estos muchachos cubanos lo hacen gratuitamente en la calle porque todavía el capitalismo no se les ha metido bien en la sangre. Cuando el bichito diabólico del dinero los penetre yugular adentro ya se acabará el show gratis. ¡A cobrar! Con derecho a masturbación. En  el mismo local te facilitan las servilletas. Ya llegaremos a ese momento, sólo es cuestión de tiempo. 
Es evidente que es una apuesta callejera. ¿Se atreven  o no se atreven? Apostaron y vamos palante. Supongo que los dos protagonistas cobrarían algo. Porque el negrito y la jabá no tienen cara de tontos. Todo lo contrario. Se ve que son dos callejeros despabilaos, que viven en la zona límite de la vida, al borde de la línea oscura. Personalmente me caen bien. Son de los que se arriesgan y viven sin miedo.
Todo esto me recuerda a Gunila 94. En pleno período especial. Febrero de 1994. En el teatro América, en Galiano, se hace un Festival de transformistas, en homenaje a Gunila, uno de ellos, fallecido poco antes víctima del sida. Era un proyecto muy democrático de la UJC (Unión de Jóvenes Comunistas) para revitalizar aquel teatro con grupos muy diversos. Vivo cerca del teatro y me enteré por casualidad. Aún no había teléfonos móviles en Cuba pero la comunidad gay estaba allí en pleno. Se comunicarían por señales de humo, no sé, pero allí estaban aquella noche desbordando el teatro. El único periodista cubano era yo. Toda la prensa extranjera presente. Para la prensa cubana aquel festival nunca existió. Bueno, creo que para la prensa cubana todo el período especial jamás existió. Violín y más violín durante todos esos años. Y siguen. Cómo les gusta dar violín.
Los transformistas eran maravillosos. Sencillamente extraordinarios. Primero se les veía como hombres y después de una hora de maquillaje en los camerinos salían de nuevo al escenario transformados, cantando y alegres. ¡Era increíble! ¡Tremendos artistas! Al otro día gran discusión con la directora de la revista donde yo trabajaba como periodista. Yo quería hacerles un reportaje. Y ella que no, que era mejor olvidar eso porque el partido provincial, y concretamente su secretario general, estaba berreao por aquel libretazo de la UJC. Estuvimos discutiendo días y días. Yo le recordé el teatro griego, el teatro Noh japonés, el isabelino, Es decir, que hay una larga tradición de hombres disfrazados de mujeres en escena. Nada. Jamás pude publicar una línea. Otra gota de amargura en mi copa. 
No obstante, una pequeña aclaración: Los obstáculos, los enemigos, los conflictos, me fortalecen. Así que al final agradezco todo. No guardo rencores ni amarguras. Al contrario, agradezco, porque todas aquellas broncas de esa época con Caridad, mi adorada directora, me endurecían más y más y eran un entrenamiento para pasar a otra etapa de mi vida. Éramos como un matrimonio mal llevado. A veces hasta nos pasábamos varios días sin hablarnos ni saludarnos. Nos ignorábamos mutuamente. Hasta que ella me llamaba -dulcemente, era hija de Ochún- y me encargaba algún trabajo. Y seguíamos adelante. Era una mujer muy inteligente. Me encargó algunos reportajes complicados sobre el racismo en Cuba, sobre jineteras, sobre el alcoholismo y otros temas escabrosos. Y ahí están, publicados en blanco y negro. Así que siempre he pensado que ella hacía lo que podía. No sé. Creo que en el fondo nos teníamos cariño a pesar de todo.

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