Mi casa

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© Héctor Garrido

lunes, 29 de septiembre de 2014

JUGUETES PARA MILLONARIOS

Aquí estoy, jugando. Escondido detrás de una escultura de Jeef Koons, en el Whitney Museum, de Nueva York. Presentan una enorme retrospectiva de ese artista (150 piezas en total) en cuatro pisos del museo, desde junio hasta octubre de este año. Como sabemos, Koons recibe continuos elogios sobre todo por los altísimos precios que se pagan por sus obras. Encarna a la perfección el espíritu de la época: el espíritu mercantil. Fabrica juguetes para millonarios, según la expresión de un conocido estudioso europeo.
Por suerte, la dirección del museo -para equilibrar- ha instalado en el quinto piso una estupenda -aunque pequeña- retrospectiva de Hopper. Apenas seis o siete cuadros pero la verdad es que compensa de tanta frivolidad y uno sale del museo con la sensación de que no ha perdido el tiempo. El Whitney nunca había dedicado tanto espacio a un artista. Koons es el artista vivo más cotizado al día de hoy. Con 59 años, fue corredor de bolsa antes de comenzar su vida de artista, dato clave para entender el resto. Para tener una idea: en noviembre 2013 su obra Balloon Dog fue subastada en Christie's, de NYC en 43 millones de euros. 
Otro día recorrí unas 30 galerías de arte en Chelsea. Y la verdad es que apenas he estado unos pocos minutos en cada una. Suficiente para ver banalidad y superficialidad. Más juguetitos, sólo que mucho más baratitos en comparación con los de Mr. Koons. No obstante, hay que reconocer que Koons es ingenioso y astuto. Utiliza materiales que simulan ser otra cosa. Muñecos de aluminio policromado que parecen de plástico. Y además los manda a fabricar en talleres donde los hacen enormes, fuera de escala. Así impresionan más. ¿Y qué más? Nada más. Eso es todo. 
Es lo mismo que está pasando en la literatura en USA. Se publican muy pocos libros que intentan ir más allá del entretenimiento. Muy pocos. La enorme mayoría sólo se esfuerzan por ser simples y políticamente  correctos. No molestar, no profundizar, no ir hasta el fondo. Sucede en el cine, en la música, en todo. A Europa llegó hace tiempo esa onda de ser correctos y educados, no molestar y no abrir las puertas cerradas. El asunto entonces es: si los artistas respetan las fronteras, la sociedad se estanca. La búsqueda humanista siempre ha sido transgresora. De ahí las muchísimas inquisiciones (no sólo la católica) que ha sufrido y sufre la humanidad. 
Ante este panorama da la impresión de que estamos convirtiéndonos en tontos. Al menos es lo que parece a simple vista. ¿Quedaron atrás tiempos mejores? Esta es la pregunta clásica del típico viejo amargado que siempre mira atrás y dice que ya pasaron los buenos tiempos... En fin, no quiero adoptar ese tono. Todo lo contrario: proyectarnos más allá. La dinámica del desarrollo  supone que siempre se avanza  a pesar de algunos momentos de retroceso o de dar vueltas sobre uno mismo, como el perro que se muerde la cola. Así que tal vez evolucionamos hacia algo mejor. O peor. Pero  tenemos que hablar, dudar, cuestionar y preguntar. Por ejemplo, yo siempre me pregunto: ¿Cada día hay más tecnología, más espíritu tecnológico, y menos humanismo? Y mi respuesta es: Sí, en los países desarrollados sí, definitivamente. Europa y América del Norte. Queda una gran reserva en los países pobres donde seguimos con enormes carencias tecnológicas y no somos tan cuidadosos ni tan educaditos, ni tan correctos, ni tan miedosos. Así que no todo está perdido. Quedan reservas.
Siempre nos quedan otros caminos. Y quedan artistas medio locos que se atreven y no tienen miedo a salirse del homogéneo grupito. No todos vamos por  el mismo camino trillado. Quedan ovejas negras en este jodío rebaño.

1 comentario:

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